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Tropas españolas en El Aaiún, capital del Sáhara español, en 1962

Tropas españolas en El Aaiún, capital del Sáhara español, en 1962

50 años

Los últimos del Sáhara español: así fue la salida definitiva de España en febrero de 1976

El día 28 de febrero de 1976, los pocos españoles que quedaban, muy incómodos con la situación, estaban deseando tomar el avión y salir de lo que fue su casa durante años o meses

Hace cincuenta años, en los últimos días de febrero de 1976, los españoles que quedaban en la antigua posesión del Sáhara Occidental salían del territorio. Fueron escenas irrepetibles donde se combinó la dignidad de los que se vieron obligados a cumplir las órdenes, incluso contra su íntima opinión, con la actitud miedosa y contraria al decoro político de un gobierno débil, desnortado y sin planes, sin capacidad de resistencia, sin fuerza en la negociación.

En los últimos años se había desarrollado la idea de un proceso de autodeterminación. El Sáhara era entonces un territorio no autónomo según el derecho internacional y España pasaba a ser potencia administradora (aunque oficialmente se trataba de una provincia). A finales de 1975, tras la impresión de la Marcha Verde y la presión de Estados Unidos y Francia, el gobierno del timorato Arias Navarro abandona sus obligaciones en el territorio y se inhibe de organizar un referéndum.

Pero España no podía renunciar unilateralmente a ser potencia administradora: era una huida. Marruecos y Mauritania pasan a ocupar lo dejado por nuestro país, como si fuera una res nullius (y no lo era). En ese traspaso de administración, Marruecos intentó que España admitiera por escrito la transmisión de la soberanía. No lo consiguió.

El 26 de febrero de aquel año pocos españoles quedaban en el Sáhara. El gobernador Valdés era solo un teniente coronel y le acompañaban algunos padres de la misión católica, algunos maestros que llevaban el Centro Cultural, los médicos del hospital, trabajadores de la mina de fosfatos y algunos funcionarios como depositarios de los bienes españoles, con Bartolomé Peláez a la cabeza, y el resto del Ejército (algunos en Villa Cisneros).

El grueso de la población peninsular, algo más de diez mil personas entre civiles y militares, y los bienes que se pudieron trasladar habían salido a partir de noviembre del año anterior, en el principio de un plan de evacuación complejo que se llamó Operación Golondrina y duró hasta finales de febrero. Franco había muerto en noviembre; el gobierno de Arias estaba más preocupado en lo interno que en lo externo y tuvo prisa por quitarse un muerto de encima.

Tras una negociación rápida, con tintes de claudicación, el amigo del rey Hassan II, que era el ministro Solís, y el hombre de confianza para todo de Arias en el gobierno, que fue Antonio Carro, aceptaron cualquier cosa. Otros ministros más favorables a sostener la autodeterminación y con competencia en esos asuntos, como el de Exteriores, Cortina Mauri, ni aparecieron. Fue pronto relevado por Areilza.

El príncipe de Marruecos Moulay Hassan (futuro rey Hassan II) con el coronel Touya (izq.) y André Louis Dubois, ex embajador de Francia en Marruecos

El príncipe de Marruecos Moulay Hassan (futuro rey Hassan II) con el coronel Touya (izq.) y André Louis Dubois, ex embajador de Francia en MarruecosGTRES

El ambiente era extraño. Muchos saharauis habían huido de las ciudades por temor a los marroquíes. Los delegados de Marruecos y Mauritania se hicieron dueños de la situación con muy poca diplomacia y poca consideración hacia los españoles y hacia el enviado de la ONU, el sueco Rydbeck, con una violencia inicial que no estaba en los pactos. La guerra había comenzado con escaramuzas en el desierto.

El 27, en el oasis de Bir Lahlu, el Polisario proclamó el nacimiento de la República Árabe Saharaui Democrática. La confusión empezaba a distinguir a los naturales que se oponían a Marruecos de los que acudieron a su amparo buscando una buena vida o, quizá, porque entendían que era lo mejor. Los planes previstos por Waldheim, secretario general de Naciones Unidas, no eran los planes del rey Hassan II y pronto lo vieron todos.

El día 28 de febrero de 1976, los pocos españoles que quedaban, muy incómodos con la situación, estaban deseando tomar el avión y salir de lo que fue su casa durante años o meses. Algunos inmuebles fueron vendidos a Marruecos; hay opiniones que aseguran que se pagaron con dólares americanos; otros, como los cuarteles y edificios oficiales, se dejaron intactos para el nuevo ocupante.

El acto de arriar la bandera del Gobierno General fue la última ocasión solemne de España, hecha ante testigos privilegiados, los que iban luego a coger el último avión con destino a Las Palmas. Allí volaron también las ilusiones de una autodeterminación pacífica, los esfuerzos vanos de muchos españoles de buena fe y la esperanza de un pueblo.

Cincuenta años después no se habla de potencia administradora. Marruecos tiende con velocidad hacia la soberanía, tal vez con una autonomía que ya no controlarían los saharauis autóctonos, sino los desplazados desde Marruecos, que son mayoría en el territorio, con los parabienes de países occidentales y el asentimiento de parte de la izquierda española, que antes peregrinaba a Tinduf. ¿Qué queda por ver? El esfuerzo para pasar página y admitir el hecho consumado.

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