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1976, año decisivo de la TransiciónÁlvaro de Diego

Adolfo Suárez torpedea a Fraga para convertirse en presidente

Suárez se propone boicotear los planes de Fraga para ser luego el hombre que, desde la Presidencia, protagonice la auténtica Reforma Política

Torcuato Fernández Miranda y Adolfo Suárez

A la muerte de Franco, el hombre fuerte del nuevo Gobierno, que también encabeza Arias Navarro, se llama Manuel Fraga. El mismo 20 de noviembre de 1975 se ha presentado en Madrid para acudir al sepelio del general, pasar una nota de lo que debe hacerse al todavía Príncipe Juan Carlos e integrarse en el nuevo Gobierno del aún no proclamado Rey.

Entra en el gabinete como ministro de la Gobernación y vicepresidente segundo, con mando en plaza sobre los ministros «políticos». Sin tiempo que perder (como una 'workaholic' Cenicienta, Fraga abandona los restaurantes a las doce en punto de la noche, haya terminado o no la cena), redacta la declaración programática del Gobierno, que se viste de largo el 13 de diciembre.

Antes del Día de Reyes ya tiene el borrador de su reforma política, que entrega al Rey el 7 de enero de 1976. Como hizo cuando era ministro de Información y Turismo, concede varias entrevistas a cabeceras extranjeras. Se trata de comprometerse públicamente con la democratización del país, como entonces lo hizo con la Ley de Prensa. También debe salir al quite de las inseguridades de Arias, que presenta un titubeante programa ante las Cortes el 28 de enero.

Fraga ha sido embajador en Londres, de donde ha regresado convencido de las bondades del reformismo y de los cambios evolutivos. Su plan de reforma es complejo y depende de la modificación de varias de las Leyes Fundamentales del franquismo. El objetivo básico pasa por establecer Cortes bicamerales. La cámara alta, como desarrollo de la representación «familiar» franquista, será elegida por sufragio universal y dará lugar a un Congreso elegido por sufragio universal a partir de un sistema electoral mayoritario con circunscripciones uninominales.

Fijadas las líneas rojas de la próxima «democracia española» (el terrorismo, el separatismo y un comunismo al que irá admitiendo con matices en los meses siguientes), el volcánico gallego imagina cierto pluralismo político. Según confiará a Felipe González en mayo de 1976, espera que el PSOE pueda gobernar el país en un margen de cinco años. Todo suena a resucitar un 'canovismo' algo ajado, pero constituye un acceso factible a la democracia. Desde el poder nadie ha ofrecido nada mejor en cuarenta años.

Fraga siente ahora el peso de la púrpura y, con el rabillo del ojo, vigila a los militares. Ha elegido dirigir la Transición bajo el paraguas, cuyas varillas más asemejan grilletes, de un presidente ciclotímico y desde la ingrata garita del Ministerio de la Gobernación. Su estrategia procesal de reforma, por prudente, resultará arriesgada. Tantos pequeños cambios permiten que el «búnker» disponga su respuesta y obstruya los avances.

Pagado de sí y de su valía intelectual, el número uno de tantas oposiciones no va a saber de dónde procede la amenaza. Se lanza a la reforma política sin cinturón ni frenos. Y no repara en quien se demostrará un político de una eficacia sorda y definitiva. Adolfo Suárez ha entrado en el Gobierno a última hora, merced a un sibilino movimiento ante Arias de Torcuato Fernández-Miranda.

Torcuato Fernández-Miranda

Al presidente no le molesta el joven cumplidor, que políticamente apenas significa nada, sobre todo si se le mide con Fraga, a quien tolera; con Areilza, a quien acabará aborreciendo; con Osorio, a quien espía por su proximidad a Zarzuela; o con el propio Fernández-Miranda, el auténtico adversario, momentáneamente alejado a la presidencia de las Cortes.

Pero Suárez jugará sus cartas como el tahúr del Misisipi con el que le identificará más tarde Alfonso Guerra. Por lo pronto, conseguirá que los anteproyectos legales de Fraga pasen por una comisión mixta que integran ministros y consejeros nacionales del Movimiento. La apuesta expresa una mano ganadora de Suárez. Se mire por donde se mire.

Contenta a Arias, que presidirá las reuniones con un vicepresidente, Suárez, que, a diferencia de Fraga, resulta políticamente un peso pluma. Agrada a su protector Fernández-Miranda, quien ya esgrimió la baza en 1972 con semejantes propósitos dilatorios. Y beneficia, finalmente, al secretario general del Movimiento, empoderado en su calidad de gran valedor del Movimiento. Suárez se propone boicotear los planes de Fraga para ser luego el hombre que, desde la Presidencia, protagonice la auténtica Reforma Política.

De momento, habla poco, pero, cuando lo hace, se erige en garante de la ortodoxia: no se puede prescindir del Movimiento, ni siquiera contempla la desaparición en el nuevo sistema de los «cuarenta de Ayete», los consejeros que digitalmente nombraba Franco. Es por entonces mucho más conservador que Fraga. Cuando la comisión mixta se reúne por primera vez, el 11 de febrero, ya le ha presentado un proyecto alternativo de reforma a Fraga, del que ha hecho llegar una copia al presidente. El restrictivo escrito molesta —por conservador— a Fraga, que lo despacha de forma expeditiva, pero quizá agrade a Arias, celoso del vuelo solitario de su vicepresidente.

No hay probablemente un ministro más anticomunista entonces que Suárez, ni quien sepa dorar tan bien la píldora a los militares. No va a desaprovechar una sola oportunidad de sumar puntos. La siguiente ocasión se le va a presentar en marzo, en una ciudad incendiada por la agitación laboral: Vitoria.

  • Álvaro de Diego es catedrático de la Universidad CEU-San Pablo y autor del libro La Transición sin secretos (2017).

1976. El año decisivo de la Transición

Esta serie repasa, deteniéndose en el acontecimiento clave de cada mes de un año crucial, cómo el Rey Juan Carlos I impulsó la desvinculación de España de la dictadura franquista. Desde el titubeante programa de reforma de Arias Navarro a la aprobación en referéndum de la Ley para la Reforma Política.