Hombres transportando en una camilla a un herido tras los bombardeos de la aviación nacional sobre la ciudad de Gijón
El cónsul de Cuba que salvó más de 100 vidas en el Gijón republicano durante la Guerra Civil
En 1936 comenzó una persecución contra todo aquel sospechoso de connivencia con el enemigo, católico y derechista
Al comenzar la Guerra Civil en julio de 1936, Gijón quedó en manos de los dirigentes de la anarquista CNT, que la sometieron a órdenes disparatadas, anulando el dinero, requisando todos los comestibles y almacenándolos en lugares que solo las organizaciones conocían. Paralelamente, comenzó una persecución contra todo aquel sospechoso de connivencia con el enemigo, católico y derechista.
Ante la represión republicana, el cónsul de Cuba en la ciudad, Fernando Pena Poldo, comenzó una labor humanitaria de salvamento de vidas amenazadas, tanto de familias de Gijón como de pueblos cercanos. Visitó cárceles y logró la libertad de numerosos presos bajo la excusa de ser ciudadanos cubanos o argentinos, ya que el cónsul de Argentina abandonó la ciudad y cedió su representación al de Cuba.
Pena comenzó a facilitar pasaportes cubanos a personas que habían nacido en la isla cuando aún estaba ligada a España o que podían presentar un certificado de nacimiento, aunque residieran desde hacía más de veinte años en Asturias y hubieran perdido sus derechos de nacionalidad al no reclamarlos. En otros casos, otorgó pasaportes a personas inscritas como cubanos en los libros de registro del consulado, lo que resultó claramente comprometedor. Las pruebas testificales eran firmadas casi siempre por los mismos testigos, residentes en Gijón, y, en algunos casos, se presentaron telegramas del cónsul cubano en Oporto como garantes de la ciudadanía de los citados.
Como cónsul interino de Argentina también certificó la nacionalidad a un número de personas difícil de precisar. Y es que los pasaportes pronto se convirtieron en la única esperanza para evitar la prisión o la muerte, ya que las autoridades locales respetaron —en principio— a las personas, bienes y domicilios de los extranjeros.
Fernando Pena distribuyó banderas y documentos para ser fijados en las puertas de los domicilios de los «ciudadanos cubanos», pero algunos de ellos se convirtieron en centros de acogida de destacados derechistas o falangistas, hecho que fue detectado por los mandos del Frente Popular.
Ante la queja de las autoridades republicanas, el 21 de septiembre el cónsul de Cuba tuvo que publicar en la prensa un aviso advirtiendo a todos aquellos ciudadanos a los que había concedido dichos documentos que la protección de los mismos no se hacía extensiva a ningún familiar o amigo que viviera en el mismo domicilio.
El texto tuvo una doble lectura: si bien respondió adecuadamente a las protestas de los mandos locales, también avisó abiertamente del peligro de registro y arresto a todas esas familias que habían abierto sus casas como amparo a otras personas.
21 de octubre de 1937. Entrada de las tropas nacionales
El domicilio del cónsul se convirtió también en refugio de asilados, muchos de ellos provenientes de los pueblos de la provincia, conocidos por sus actividades políticas a favor de las derechas. Ante la llegada de barcos británicos, franceses y norteamericanos encargados de sacar a los ciudadanos extranjeros, Pena logró evacuar a numerosos cubanos y españoles, sobre todo a los más significados.
Las actividades humanitarias del cónsul de Cuba en Gijón fueron siendo observadas cada vez más minuciosamente, sobre todo porque también trató de impedir que varios jóvenes se incorporaran al Ejército republicano, amparándose en su ciudadanía cubana. Finalmente, la Jefatura de las Milicias de Vigilancia de la Retaguardia ordenó el registro del consulado el 1 de diciembre. Los milicianos acusaron al cónsul de albergar enemigos del régimen y de adjudicar pasaportes ilegalmente, sin registro de expedientes ni documentos. Ante la posibilidad de ser arrestado y encarcelado, Pena solicitó permiso al gobernador para abandonar Gijón inmediatamente.
Al día siguiente, las milicias continuaron el registro del consulado, hallando listas de asilados, algunos de ellos señalados con la palabra «Necesario», que seguramente aludía a la necesidad de embarcar y trasladarse fuera de la ciudad. No obstante, pese a las denuncias de las milicias, Fernando Pena consiguió la autorización para viajar a Santander, al objeto de embarcarse para Cuba, el 7 de diciembre, escapando de los milicianos.
No obstante, fueron arrestados tres de sus refugiados en varios pisos bajo bandera cubana. El sucesor del cónsul, José Salcedo y Fernández, vicecónsul del Brasil e interino de Cuba, tuvo que hacer frente al problema del embarque de aquellos ciudadanos cubanos que todavía estaban asistidos y amparados por el consulado de Gijón y que deseaban evacuar hacia Francia, consiguiéndolo algunos. El día 21 de octubre de 1936 la ciudad cayó en poder de los nacionales, por lo que los presos fueron puestos en libertad por las nuevas autoridades.
Fernando Pena, tras la guerra, se instaló con su familia en La Coruña, continuando en su cargo como cónsul de Cuba desde 1939 hasta 1951. Si bien recibió felicitaciones por su humanitaria labor, también se comprobó que había solicitado elevadas sumas a varios de sus protegidos para gestionar su liberación, permanencia en algunos pisos y evacuación de Gijón. Indudablemente, Fernando Pena necesitó fondos económicos para realizar sus gestiones, distribuir sobornos, comprar favores… pero no fue denunciado por fraude o abuso por ninguno de sus protegidos. Si se toma la cifra de 114 personas auxiliadas por Fernando Pena, comparándola con la de 1.896 asesinadas por represión en la Asturias republicana, puede concluirse que el cónsul evitó que este último número se incrementara en un 6 %, al menos.