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Asesinato de Francisco Pizarro a manos de los almagristas, según un grabado del siglo XIX

Asesinato de Francisco Pizarro a manos de los almagristas, según un grabado del siglo XIX

Así fue el asesinato de Francisco Pizarro en su palacio de Lima

La muerte de Francisco Pizarro a manos de los partidarios de Almagro el Mozo en Lima pareció sellar la victoria de los almagristas. Sin embargo, la historia terminó girándose contra ellos en una sangrienta venganza que llegaría apenas un año después

Las campanas de la iglesia mayor comenzaron a repicar pausadamente para recordar a los feligreses que pronto la misa de aquel domingo de san Juan iba a comenzar. Ese tañer quejoso se coló por las estancias del palacio de gobierno aquella mañana del año 1541. El edificio estaba situado en esa misma plaza de la Ciudad de los Reyes, a la que también llamaban Lima por la proximidad al río Rímac.

Sin embargo, el gobernador de Nueva Castilla no acudió a los servicios religiosos ese día. Cada vez le llegaban más rumores de conspiraciones y de la venganza que podría estar tramando el hijo de Almagro, a quien llamaban el Mozo debido a su juventud, por lo que, por prudencia, se quedó en palacio almorzando con su medio hermano Francisco Martín de Alcántara y su amigo Gómez de Luna.

Sin embargo, a media comida escuchó un griterío furioso. Veinte hombres se habían plantado, toledanas en mano, en el recibidor del palacio al grito de: «¡Viva el rey! ¡Mueran los tiranos!». Mientras, en el piso de arriba, el gobernador Francisco Pizarro, su medio hermano, el de Luna y dos de sus pajes, temiendo lo peor, echaban mano de sus espadas.

El capitán Francisco de Chaves, junto a algunos criados, salió al paso para intentar calmar los ánimos. Los «almagristas», liderados por Juan de Herrada, que ya se habían plantado en la estancia superior, no dieron opción: allí mismo los despacharon. El capitán y dos de los sirvientes murieron en el acto; el resto escapó descolgándose por las ventanas hacia el huerto.

A pesar de la enorme diferencia numérica, los Pizarro, Gómez de Luna y los dos pajes valientes plantaron cara a la turba. El de Alcántara cayó primero; el resto les siguió poco después. El gobernador, pese a sus 63 primaveras, luchó con la misma destreza y tesón de los que había hecho gala toda su vida. El mismo empeño que demostró luchando junto a Balboa contra los belicosos indios cuarecuá del Darién, en aquellas ya lejanas jornadas de 1513 en las que descubrieron un nuevo océano, el Mar del Sur.

La misma decisión que cuando trazó una línea con su acero en la playa de la isla del Gallo y proclamó: «Por este lado se va a Panamá, a ser pobres; por este otro al Perú, a ser ricos», y el mismo con el que, junto a los trece valientes que cruzaron la línea y los refuerzos enviados por Almagro y Luque, conquistó el Tahuantinsuyo.

Los 13 de la Isla del Gallo. Óleo de Juan B. Lepiani, que representa a Francisco Pizarro en la isla del Gallo, invitando a sus soldados a cruzar la línea trazada en el suelo

Los 13 de la Isla del Gallo. Óleo de Juan B. Lepiani, que representa a Francisco Pizarro en la isla del Gallo, invitando a sus soldados a cruzar la línea trazada en el suelo

Pero ahora estaba solo y, en aquel macabro baile de toledanas, llevaba las de perder. No obstante, como buen esgrimista y antes de que lo rodeasen, se llevó al otro barrio a tres de los conspiradores e incluso a un cuarto, un tal Narváez, que fue empujado intencionadamente por Herrada contra el extremeño y que, al atravesarlo, le impidió girarse a tiempo.

Las primeras estocadas le entraron por la espalda; la última, tirada por Martín Bilbao, ya con la guardia caída, le acertó en la garganta. El extremeño se derrumbó con estrépito. Dicen que aún tuvo tiempo de dibujar sobre las baldosas una cruz con su propia sangre y besarla antes de expirar. También dicen que unos días antes hubo un gran eclipse de luna, que los indios tomaron por mal presagio, y también dicen, por último, que tras besar la cruz hizo el gesto de pedir confesión y entonces Juan Rodríguez Barragán le estrelló un jarrón en la cabeza aullando: «Al infierno os iréis a confesar».

La muerte de Francisco Pizarro, óleo de Manuel Ramírez

La muerte de Francisco Pizarro, óleo de Manuel RamírezMuseo del Prado

Pero… ¿por qué se había llegado a aquella celada? Es una larga historia que tiene que ver con la conquista del Imperio inca y con la quiebra de la confianza de sus dos principales protagonistas: el hombre de armas, el valiente y despiadado conquistador Francisco Pizarro, y el gran organizador, el hombre de los dineros y la intendencia, su socio Diego de Almagro.

Tras la conquista, la Corona firma la Capitulación de Toledo (1529). En ella se reparte el territorio del antiguo Tahuantinsuyo en dos zonas de influencia: Nueva Castilla, la más rica en recursos, la más poblada, con ciudades más importantes y más pacificada (comprendía el actual sur de Ecuador y las zonas norte y central del Perú), cuya gobernación es adjudicada a Pizarro; y la zona sur, la más árida, menos poblada y menos rica (sur de Perú, la actual Bolivia y el norte de Chile), que se adjudica a Almagro.

Además de este reparto asimétrico, el problema añadido fue que la importante ciudad de Cuzco se encontraba justo en la frontera y ambos la reclamaron, lo que llevó a una guerra civil. En la batalla de las Salinas (1538), los dos ejércitos se vieron las caras. Almagro, por estar muy enfermo (posiblemente de sífilis), cedió el mando a Rodrigo Orgóñez, y Pizarro, que andaba ya por los sesenta años, a sus hermanos Hernando y Gonzalo.

La lucha fue encarnizada, pero una vez caído Orgóñez, las tornas favorecieron a los pizarristas. Posteriormente Diego de Almagro sería capturado, juzgado y sentenciado a muerte.

La facción derrotada quedó en una situación muy delicada. Totalmente empobrecida y con un líder imberbe, el hijo natural de Almagro con una india panameña, Ana Martínez, el ya mencionado Diego de Almagro el Mozo. Pizarro, como castigo a la rebeldía de su padre, lo privó además de la encomienda que tenía. En consecuencia, y espoleados por la pobreza y el ánimo de venganza, una veintena de almagristas dieron el fatídico paso revanchista aquel 26 de junio de 1541.

Tras la muerte de Pizarro, los almagristas proclamaron al Mozo gobernador, nombramiento que fue ratificado por el cabildo pero que no fue, obviamente, reconocido por la Corona. Por ello, para algunos historiadores, aquel nombramiento constituyó la primera insubordinación contra el rey de España en territorio sudamericano, aunque lo cierto es que el Mozo siempre se declaró súbdito de Carlos V, pese a que este nunca lo ratificó en el cargo.

Fue, en cualquier caso, una época de gran inestabilidad, de luchas fratricidas, de revanchas de almagristas contra pizarristas y lo contrario, hasta que Álvarez de Holguín en Cuzco y Alonso de Alvarado en Chachapoyas se sublevaron y alzaron los estandartes reales. Almagro el Mozo partió entonces con su ejército hacia Cuzco para hacerles frente.

Mientras tanto, el juez enviado por Carlos V para detener los enfrentamientos civiles, Cristóbal Vaca de Castro, se enteró de todos estos acontecimientos en Popayán. Llegó a Lima el 7 de agosto de 1542, proclamándose nuevo gobernador, y salió hacia Cuzco para unir fuerzas con Holguín y Alvarado y enfrentarse a Almagro el Mozo. La batalla entre los dos ejércitos tuvo lugar en la llanura de Chupas, cerca de la actual Ayacucho, el 16 de septiembre de 1542.

Escena de la batalla de Chupas. Grabado de la "Descripción de las Indias" de Antonio de Herrera.

Escena de la batalla de Chupas. Grabado de la «Descripción de las Indias» de Antonio de Herrera.

Las fuerzas realistas contaban con 700 españoles y mejor caballería; los almagristas eran solo 500, pero con mucha mejor fuerza artillera y una posición más elevada. Ambos bandos contaban con aliados indios. La batalla se inició tarde y se extendió hasta la noche. Fue tremendamente sangrienta y en ella la artillería almagrista marcó una clara ventaja al principio.

Sin embargo, cuando cargó la caballería realista, el Mozo cometió el tremendo error de salirles al paso en vez de aguantar su favorable posición, por lo que desde ese momento cambiaron las tornas, su ejército se desmoronó y, aunque él pudo escapar, posteriormente, al igual que su padre, sería apresado, juzgado y ejecutado.

Se uniría así a los más de 500 españoles que fallecieron aquella jornada (curiosamente los realistas tuvieron más bajas que los almagristas). En cualquier caso, se consumó una cierta venganza de ultratumba de Francisco Pizarro.

Por último, y como dato curioso, habría que señalar que la mayoría de los almagristas huidos se refugiaron en la Pampa del Cangallo, donde, con los años, terminaron integrándose con la población local. Por eso se afirma que, hoy en día, los habitantes de esa región son más blancos que los de regiones vecinas y que su familiaridad con los caballos españoles los ha hecho, tradicionalmente, unos excelentes jinetes. Un peculiar legado almagrista que ha llegado hasta nuestros días.

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