Sabino Arana, Enric Prat de la Riba, Castelao y Blas Infante
Arana, Prat, Castelao e Infante: los cuatro nombres del nacionalismo contra la idea de España
Los cuatro elaboraron proyectos intelectuales distintos en su forma, pero comparables en su finalidad: redefinir el sujeto político desde la identidad y cuestionar la idea de España como nación histórica compartida
Los nacionalismos periféricos que han marcado la España contemporánea tienen raíces intelectuales concretas y bien delimitadas en el tiempo. No surgieron como fenómenos espontáneos ni como simples expresiones culturales, sino que fueron formulados o adquirieron su forma doctrinal entre las últimas décadas del siglo XIX y el primer tercio del XX, en un contexto de crisis del Estado liberal, industrialización desigual y redefinición del poder político tras la Restauración.
En ese marco, Sabino Arana, Enric Prat de la Riba, Castelao y Blas Infante elaboraron proyectos intelectuales distintos en su forma, pero comparables en su finalidad: redefinir el sujeto político desde la identidad y cuestionar la idea de España como nación histórica compartida, sustituyéndola por identidades alternativas concebidas como incompatibles, cuando no como superiores.
Cada uno empleó un lenguaje propio. Arana apeló a la raza; Prat de la Riba, a la nación orgánica; Castelao, al pueblo cultural; y Blas Infante, al mito civilizatorio. Sin embargo, la operación intelectual fue similar en todos los casos.
Una condición moral superior
Sabino Arana escribe en la década posterior al desastre del 98. En esos años redefine incluso su propio apellido y fija una simbología nueva —bandera, terminología y calendario— con el propósito explícito de separar lo vasco de lo español.
Entre la publicación de Bizkaya por su independencia en 1892 y su muerte en 1903, Arana fijó los principales elementos doctrinales del nacionalismo vasco, desde el léxico político hasta la simbología identitaria.
Formula el nacionalismo vasco desde una versión más explícita y descarnada, con una concepción esencialista de la identidad. Para él, lo vasco no es una pertenencia política, sino una condición moral superior, casi biológica, incompatible con lo español. España aparece como una realidad extraña y corruptora. Cuando escribe que «Bizkaya no es España, ni ha sido jamás parte de ella», o cuando define al español como maketo, está estableciendo una frontera identitaria insalvable.
La nación no se construye por convivencia, sino por exclusión. España no es una nación discutible, es una anomalía que corrompe. El otro no es un adversario político, es un extraño.
«Cataluña es una nación»
Enric Prat de la Riba introduce esta misma lógica en clave más sofisticada y, precisamente por ello, con mayor eficacia histórica. En La nacionalitat catalana formula una teoría de la nación como realidad orgánica y moralmente plena, frente a una España rebajada a mera estructura administrativa.
Publicada en 1906, esta obra precede a la creación de la Mancomunitat de Catalunya en 1914, institución que Prat de la Riba presidirá y desde la cual tratará de trasladar su concepción nacional al plano administrativo y cultural.
Grupo de políticos de la Lliga Regionalista en 1912
La ruptura conceptual se resume en una afirmación de largo recorrido: «Cataluña es una nación. España es un Estado». La legitimidad moral se concentra en la nación catalana, mientras España queda reducida a estructura política sin densidad histórica como proyecto común.
«Galicia no es España»
Castelao actúa desde otra sensibilidad. Escritor, dibujante y político, elabora buena parte de su pensamiento desde el exilio tras la Guerra Civil. Galicia aparece como pueblo homogéneo, portador de una identidad frustrada por una España presentada como ajena y centralista. En Sempre en Galiza, redactada en gran parte entre 1937 y 1943 y publicada en Buenos Aires en 1944, afirma que «Galicia non é España, aínda que estea sometida a España».
La nación compartida desaparece como espacio de integración y es sustituida por una relación de dominación, en la que lengua y cultura adquieren un papel central como criterios de pertenencia política.
La construcción de imaginarios
Blas Infante, por su parte, trabaja desde el símbolo y el mito. Su obra Ideal Andaluz, publicada en 1915, constituye el núcleo doctrinal de su pensamiento y precede a la fijación de símbolos como la bandera y el himno andaluces en la Asamblea de Ronda de 1918.
Su andalucismo no se apoya en una lengua diferenciada ni en una etnia, sino en la reconstrucción simbólica del pasado, de un mito fundacional alternativo. Andalucía es presentada como civilización singular, anterior y ajena a España, desposeída por un proceso histórico injusto.
Cuando afirma que «Andalucía fue la luz de Europa cuando otros pueblos aún vivían en la oscuridad», muestra menos interés por la precisión histórica que por la construcción de un imaginario fundacional propio, desligado del marco nacional compartido.
Los cuatro comparten, por tanto, un mismo esquema. La identidad se define por oposición y la nación común aparece como realidad secundaria o ajena. España deja de ser entendida como continuidad histórica compartida y pasa a ser concebida como una usurpación que habría quebrado un desarrollo propio considerado más auténtico.
Sin embargo, el recorrido histórico efectivo del ámbito vasco, catalán, gallego y andaluz muestra una realidad más compleja. No fueron periferias pasivas ni espacios ajenos al proceso de construcción nacional.
Participaron activamente en él desde la política, la economía, la cultura y la vida espiritual. Ese devenir no puede entenderse como una visión del pasado reducida a la opresión, sino como un proceso de integración gradual, mestizaje y convivencia imperfecta, similar al de otras grandes naciones históricas.
Considerados en perspectiva histórica, los planteamientos de Arana, Prat de la Riba, Castelao e Infante fijaron marcos interpretativos que trascendieron su tiempo y condicionaron la forma de pensar la identidad y la política en amplios sectores de la España contemporánea. En ese proceso, la historia compartida se diluye y el sujeto político deja de ser el ciudadano para convertirse en miembro de una comunidad definida por rasgos previos, ya sean la raza, la lengua, el espíritu o el mito.
La persistencia de estas figuras en el discurso público actual, tanto desde posiciones nacionalistas como desde ámbitos políticos de alcance nacional en determinados territorios, confirma la vigencia simbólica de unos esquemas construidos sobre una lectura distorsionada de la historia, nacidos en un momento de profunda transformación y proyectados más allá de él.