De 'Cordobés' a 'Bragao': los caballos que hicieron la conquista de América con Cortés, Pizarro y De Soto
El caballo es, tras el mestizaje con la población indígena, el legado más sentido y asimilado como propio por sus habitantes, desde las llanuras y praderas montañosas de los Estados Unidos hasta las inmensidades pamperas argentinas del sur del continente
'El camino a Tenochtitlan', de Augusto Ferrer-Dalmau
Hay algo en lo que, por encima de todas las polémicas, coinciden todos los historiadores: la Conquista de América por los españoles no hubiera sido posible sin el caballo. Añado: y el caballo es, tras el mestizaje con la población indígena, el legado más sentido y asimilado como propio por sus habitantes, desde las llanuras y praderas montañosas de los Estados Unidos hasta las inmensidades pamperas argentinas del sur del continente. El jinete indio, el cowboy y el gaucho fueron las traslaciones de los caballeros y caballistas castellanos.
Quizás algo tenga que ver con ello que el equino, en cierta manera, volvía, aunque millones de años más tarde —unos 55, dicen—, a los parajes originarios de sus ancestros, el Eohippus o Hyracotherium, un animalejo del tamaño de un perro de los bosques y praderas americanas que cruzó hacia Asia por el estrecho de Bering, dando lugar en aquellas grandes estepas al Equus ferus caballus, o sea, el caballo actual, mientras su antepasado se extinguía en su continente primigenio.
Los españoles lo que hicimos fue devolverlo a casa, donde reencontró su paraíso perdido, y al cabo también propiciamos que se reencontrara con los humanos que habían llegado allí por vez primera hacia unos 15 o 20.000 años, también por Bering desde el extremo asiático de Kamchatka hasta Alaska, y luego tiraron hacia abajo, hasta llegar al límite terrestre, que ni tenían memoria de que tal animal existía ni, menos aún, que había sido domesticado, montado y convertido en el máximo ayudante del hombre, tanto para la paz y el trabajo como para la guerra.
Su contribución para imponerse a los enormes, poderosos y militarizados imperios —el mexica y el inca— con los que chocaron fue determinante y decisiva en los momentos. Unos y otros lo han dejado reflejado tanto en los pictogramas aztecas como en las crónicas españolas de quienes vivieron aquellos primeros momentos de encuentro.
Juan Manuel Yllanes del Huerto. Lienzo de Tlaxcala, Siglo XVIII
Los equinos fueron ya parte de la segunda singladura colombina en el año 1493, donde también tuvo ya lugar la primera confrontación violenta: la batalla de la Vega Real, en lo que es ahora República Dominicana, entonces La Española, y que abarcaba también a Haití.
Una confederación de los cacicazgos taínos, pacíficos y sin apenas armas, alentados por el belicoso caribe Caonabo, que se había hecho con el poder en parte de la isla y había acabado con la totalidad de los 39 españoles que se quedaron en el Fuerte Navidad, dejándolo reducido a cenizas, se había rebelado y unido para presentar batalla.
Aunque el líder de los invasores caribes había caído prisionero del valiente y habilidoso Ojeda, que lo capturó merced a una añagaza, presentaron batalla y pusieron en liza unos 10.000 guerreros.
Alonso de Ojeda (1465–1515) siendo guiado por nativos en su búsqueda de las minas de oro en la región de Cibao
Las fuerzas españolas, comandadas por el hermano del Almirante, Bartolomé Colón, apenas llegaban a los 400, pero la carga del pequeño destacamento de caballería —quizás una veintena—, al mando del capitán Ojeda, que había traído y cuidado con esmero durante el viaje al suyo, los desbarató por completo y los hizo huir despavoridos cuando la infantería y los perros alanos llegaron tras ellos.
Alonso de Ojeda, considerado el héroe del día, fue después apodado por ello como el Centauro de Jaquimo, nombre indígena del lugar. El nombre de su caballo, que es descrito como de capa negra y de gran alzada, no aparece reflejado en las crónicas más relevantes, pero sí se le menciona como «Malabestia» en algún lugar debido a su envergadura y genio. Solo el capitán de la Virgen, como también se conoció al conquistador conquense, sabía dominarlo y hacerlo obediente y presto a sus órdenes, como el día que a su grupa se trajo engrilletado a Caonabo.
Los caballos que Cortés llevó a México están ya muy bien documentados y tienen más bonitos nombres. Su protagonismo aquí fue además muchísimo más determinante, pues los castellanos aquí hubieron de enfrentarse a las más poderosas, aguerridas y feroces tropas, que habían sojuzgado a todas cuantas etnias y tribus tenían a su alcance, haciendo gala de un formidable y bien adiestrado ejército perfectamente organizado y al que no había rival que consiguiera vencerlo.
Hernán y sus hombres llevaron con ellos desde Cuba un total de 16, entre caballos y yeguas, cuyos propietarios y nombres quedaron todos cuidadosamente anotados por Bernal Díaz del Castillo, al principio un joven soldado de a pie que añadió su juicio sobre su desempeño y carácter, señalando a los mejores en la carrera y también una descripción.
Nada más ser desembarcados en Tabasco, en bastante malas condiciones por la larga travesía, y en cuanto se desentumecieron un poco y pudieron caminar un poco, se les pusieron las protecciones de acero, de las que además colgaban cascabeles para hacer un ruido mayor y sembrar más miedo aún al galopar, hubieron de entrar en combate contra una concentración de indios en formación de guerra tres veces superior en número.
Su carga rompió las líneas y los infantes completaron la victoria, que se saldó con cerca de 800 bajas indígenas y varios de sus jefes apresados. Cortés, con astucia, los dejó marchar a sus pueblos en gesto de paz y permitió además que retiraran y enterraran a sus muertos.
De ese primer contacto con ello se dijo venir la creencia, que duró muy poco, eso sí, de que caballo y jinete eran un mismo ser, aunque el susto fue aún mayor cuando, al tropezar uno, caer el hombre también y levantarse uno por cada lado, pensaron que la criatura podía desdoblarse y volverse a juntar a su antojo.
La partida de la expedición de Hernán Cortés desde Cempoala
Pero, para infundirles todavía más pavor y hacerles creer que el caballo por sí mismo quería hacerles mal, recurrió a una treta en un segundo encuentro, este ya amistoso, con los caciques del territorio. Una yegua había parido hacía poco e hizo traerla al aposento donde luego iba a recibir a los indios y la retiró antes de que estos la vieran.
Luego hizo traer un caballo «muy rijoso que una vez tomó el olor de la hembra se puso a piafar, relinchar y dar corcovas como un verdadero demonio». Ello hizo entender a los caciques que el animal, por su propia voluntad, quería atacarles a ellos, lo que les llenó de un pavor aún mayor.
«Los caciques creyeron que por ellos hacía aquellas bramuras, y estaban espantados. Y desque Cortés los vio de aquel arte, se levantó de la silla y se fue para el caballo y mandó luego a dos mozos de espuelas que se lo llevaran de allí lejos y dijo a los indios que ya mandó al caballo que ya no estuviese enojado, pues ellos venían en son de paz y eran buenos». La habilidad, astucia y diplomacia de Cortés comenzaron a funcionar y, unido a que hizo disparar un cañón y colocarse al ejército tras él en formación, acabó por aterrorizarlos y que, amén de declarar la paz, le trajeran abundantes provisiones y presentes.
La descripción que los propios indios hicieron del animal al emperador Moctezuma, aunque le llaman «ciervos» al no reconocer su especie, es ya mucho más precisa: «Los ciervos avanzaban con los soldados montados sobre sus lomos (sic). Estos animales iban guarnecidos con numerosas campanillas. Cuando galopaban, el repiqueteo de tantas producía un ruido ensordecedor. Estos 'ciervos' resoplaban y sudaban en abundancia y el sudor se deslizaba por sus cuerpos. La espuma salía de sus bocas a borbotones. Caía al suelo en grandes gotas, como espuma de amole (planta con la que ellos hacían jabón). Al correr hacían gran estruendo, con un clamoroso estrépito como de piedras arrojadas contra el suelo, y el camino quedaba luego picado y lacerado por las huellas de sus cascos. A cada golpe los cascos dejaban un pequeño hoyo».
Entrada de Hernán Cortés y sus aliados indígenas en Tenochtitlán. Cuadro de Augusto Ferrer-Dalmau
En su primera entrada en Tenochtitlán, Cortés les otorgó un protagonismo principal. Marchó en cabeza a lomos de «Arriero», un hermoso tordo, y tras él iba una fila de cuatro jinetes más, un abanderado y los perros alanos con sus defensas de cuero y carlancas con hierros en punta en sus cuellos. En una tercera fila iban los ballesteros y luego varias hileras de caballistas, con los escopeteros detrás. Unos diez metros después venía el grueso de los infantes y de los aliados tlaxcaltecas que se habían unido a él. Vamos, una puesta en escena perfecta.
También entró a caballo la segunda vez que lo hizo, tras haber tenido que huir en la jornada de «la Noche Triste» y tomada al fin la ciudad tras un largo asedio por tierra y agua. Lo hizo en esta ocasión a lomos de «Romo», «un caballo muy bueno de capa castaña oscura».
Y uno más, quizás el más famoso de todos: «el Cordobés», el que se dice que le salvó en aquella aciaga noche y con el que cargó en Otumba en aquel combate decisivo y a la desesperada, en que su arrojo y estrategia convirtió la casi cantada derrota y muerte en la victoria decisiva. A «Cordobés». Hernán Cortés murió en Castilleja de la Cuesta (Sevilla) en 1547 y en un patio de lo que pudo ser su residencia existe una lápida que lleva grabado tan solo ese nombre, Cordobés. ¿Dedicada a él por Cortés? Crean ustedes lo que gusten creer.
En la conquista del imperio inca los caballos fueron decisivos también, aunque Francisco Pizarro era mucho más avezado en el combate a pie, en el que se había curtido en las guerras de Italia antes de partir para el Nuevo Mundo. Su hermanastro mayor, Hernando, sí combatió montado en Cajamarca, pero él mismo se desmontó sin asestar golpe alguno, pues se golpeó la cabeza en la arrancada con un galpón de los soportales de la plaza de la ciudad.
La carga, que parecía suicida, y acabó derribando a Atahualpa de su palanquín y desatando el pánico, la encabezaron Sebastián de Benalcázar y Hernando de Soto, considerado para la posteridad como el mejor jinete de todos los caballistas que cabalgaron por las Indias.
Él fue quien, la noche anterior, en Los Baños del Inca, situados en lo alto de unos montes con la ciudad en el valle a sus pies, le metió el caballo a un palmo de las caras de los guardias imperiales que protegían a Atahualpa.
Y fue su famoso «Bragao» el que se llevó a La Florida y al descubrimiento del Misisipi, de quien se dijo ser padre de las caballadas cimarronas que luego se extendieron por las llanuras americanas. Cuenta la leyenda que, al morir Soto, soltaron a su caballo, que no estaba castrado, y con él algunas yeguas que se habían quedado sin jinete. Un poco raro se me hace, pero lo dejo apuntado.
Cabeza de Vaca, que anduvo luego por allí y atravesó de costa a costa el sur de Estados Unidos, también afirmó que eran tan hábiles y bravos aquellos guerreros indios —sioux, comanches y apaches— que «solo con los caballos se les podrá sojuzgar», y ciertamente fue un factor decisivo.
Aunque con un giro en el guion. Los indios no tardaron en comprender que ellos también podían utilizarlos y, de hecho, acabaron por convertirlo en su bien más preciado y ellos en maravillosos jinetes que de continuo lo utilizaron para la caza, los combates entre sí y contra los conquistadores también. Y ello sucedió tanto en el norte como en el sur.
En Chile, ya aprendieron a hacer del caballo su mejor arma y llegaron a derrotar y matar nada menos que a Pedro de Valdivia, uno de los grandes capitanes de los Pizarro. En el norte, los famosos Dragones de Cuera se las tendrían que ver con la nación comanche y su jefe Cuerno Verde, al que no sin gran esfuerzo consiguieron vencer en la primera gran batalla de tropas de caballería de Oeste americano.
Un Dragón de Cuera. Obra de Augusto Ferrer Dalmau
Los caballos de todo aquel territorio, por cuya posesión los indios estaban dispuestos a matar y a morir, eran los descendientes de aquellos de la expedición de Vázquez Coronado, cuyo capitán García López de Cárdenas fue el primer blanco en divisar el Gran Cañón del Colorado, que escaparon en el largo periplo y acabaron por medrar en todo aquel inmenso territorio. Y al cabo de no mucho, el indio los capturó, los domó, los montó y fue a la caza y a la guerra a lomos de ellos.
Hace unos años recorrí buena parte de los cañones y parques naturales del río Colorado y otros, por Utah, Arizona y Nevada. En uno de ellos, del Estado mormón, en «Canyons Land», creo recordar, se encuentra un extraordinario testimonio de aquel primer momento en que sucedió. Está grabado en «La piedra que cuenta una historia».
Es una gran roca casi en su totalidad llena de figuras de animales y de ellos mismos dándoles caza y otros aspectos de su cotidiano devenir. Fremont, utes y navajos han dejado su huella allí. Durante muchas de las imágenes, en hileras de abajo hacia arriba, se retratan a pie, pero en un lugar especial y manifiestamente elegido como especial aparece un indio a caballo. Todo un testimonio de lo que aquello fue y supuso para ellos.