Hundimiento del acorazado Maine en el puerto de La Habana el 15 de febrero de 1898
España y Estados Unidos: cómo pasaron de aliados en 1776 a enemigos en 1898
España y Estados Unidos ya no son vecinos, pero siguen siendo viejos conocidos que se debaten entre la cercanía y la confrontación, una dinámica tan antigua como vigente
Este año se celebra el 250 aniversario de la independencia de Estados Unidos, una independencia que no habría sido posible sin el decidido apoyo de España. Pero, aunque la gran república americana comenzó su andadura histórica de la mano de España, la relación entre ambos países no ha sido ni fácil ni amistosa.
El último enfrentamiento, provocado por la negativa de Pedro Sánchez a secundar la operación estadounidense contra Irán, es solo uno más en una larga lista de choques que han ido desde el chantaje diplomático hasta la guerra abierta.
Cuando las Trece Colonias declararon su independencia en 1776, España observó el proceso con una mezcla de prudencia y cálculo geopolítico. Aunque en la corte de Carlos III se impuso el deseo de apoyar a los rebeldes para debilitar al enemigo común británico, muchas voces advertían de los riesgos que el nuevo país podría suponer para España.
La relación entre ambos países debía superar el recelo derivado de sus diferencias políticas, religiosas y culturales. Las ideas republicanas de la nueva nación se oponían a la monarquía absoluta de Carlos III, y su carácter protestante y anglosajón hacía que mirase con disgusto a una España católica sobre la que proyectaban los fantasmas de la Leyenda Negra. En Madrid se temía, además, que el nuevo país se convirtiera en modelo para las ansias de independencia en sus vastos territorios americanos.
Pero más importantes que las diferencias ideológicas fueron los problemas territoriales. Tras la victoria sobre Gran Bretaña en 1783, ambos países se convirtieron en vecinos incómodos. Exceptuando la franja de la frontera norte con el Canadá británico, el nuevo país se encontraba teóricamente rodeado por los vastos dominios del virreinato de Nueva España.
La joven república era un vecino en expansión que miraba hacia el oeste; para el Gobierno de Washington, España era una potencia colonial que bloqueaba su avance natural hacia el Misisipi.
Tras la independencia estadounidense, los conflictos se centraron en la navegación del río Misisipi y en los límites de Florida. El Tratado de San Lorenzo (1795) ofreció una solución temporal al reconocer derechos de navegación a los estadounidenses. Sin embargo, las tensiones persistieron: los colonos avanzaban, los mapas se reescribían y ambas naciones desconfiaban mutuamente.
Cuando estallaron las guerras de independencia de la América española, Estados Unidos aprovechó la debilidad de su vecino para avanzar. Su atención se centró en Florida, que los españoles tenían escasamente defendida. El presidente Madison impulsó una serie de incursiones militares ilegales para intentar hacerse con el territorio.
En 1813, pese a no mediar declaración de guerra, tropas estadounidenses se apropiaron de la ciudad española de Mobila. En 1817, bajo el pretexto de castigar a los indios seminolas, el general Andrew Jackson invadió la Florida española y ocupó San Marcos y Pensacola.
La situación de España era desesperada, pues, arruinada por la guerra contra Napoleón y enfrentada a la rebelión en gran parte de la América española, no podía permitirse un enfrentamiento con su vecino del norte. El Gobierno del presidente James Monroe amenazó a España con la guerra si no se alcanzaba un acuerdo satisfactorio sobre Florida y las fronteras occidentales.
Al mismo tiempo, presionaba con la posibilidad de reconocer a los gobiernos insurgentes sudamericanos y prestarles apoyo económico y militar. El embajador español, Luis de Onís, evitó la guerra in extremis al negociar el Tratado Adams-Onís de 1819. En este acuerdo, España cedió a Estados Unidos las Floridas y sus derechos sobre el territorio de Oregón, dando a los norteamericanos salida al Pacífico. A cambio, consiguió salvar Texas y fijar una frontera mucho más al norte del río Grande, donde pretendía situarla el Gobierno de Monroe.
El mapa ilustra el Tratado Adams-Onís de 1819
Los logros de Onís valieron de poco, ya que pocos años después la independencia de México en 1821 hizo que España perdiera el control de aquellos territorios. Con ello, España y Estados Unidos dejaban de ser vecinos fronterizos, pero no desaparecieron sus tensiones.
Una vez consolidado su crecimiento, Estados Unidos comenzó a mirar abiertamente hacia los territorios españoles del Caribe, especialmente Cuba, que consideraba una pieza natural de su esfera de influencia. España respondió defendiendo férreamente su soberanía. Este pulso no era solo territorial, sino también ideológico: una potencia emergente frente a una monarquía que trataba de conservar lo que le quedaba de su pasado global.
Durante casi un siglo, España consiguió mantener un delicado equilibrio y contener la ambición de la que ya era la potencia hegemónica del hemisferio americano. La abolición de la esclavitud en Estados Unidos añadió un nuevo elemento de tensión respecto a Cuba, cuya economía seguía basada en plantaciones esclavistas. Las presiones abolicionistas se sumaron a la ambición económica y generaron una opinión pública norteamericana favorable a expulsar a España de la isla.
La abolición de la esclavitud en España en 1886 no calmó la situación. Las tensiones se intensificaron mientras Washington apoyaba —a veces discretamente, a veces no— a los movimientos independentistas cubanos. La Guerra Hispano-Estadounidense de 1898 fue la culminación de más de un siglo de recelos, fricciones y ambiciones cruzadas. El hundimiento del acorazado USS Maine en el puerto de La Habana fue el detonante, pero el conflicto tenía raíces profundas: intereses económicos, tensiones geopolíticas y un clima mediático exacerbado en Estados Unidos.
La derrota española puso fin al imperio colonial y marcó el ascenso definitivo de Estados Unidos como potencia global. Desde entonces, la relación entre ambos países se transformó, pero nunca perdió por completo esa herencia de desconfianza histórica. Más de un siglo después, el panorama es distinto, pero algunos patrones de fricción parecen persistir.
España y Estados Unidos ya no son vecinos, pero siguen siendo viejos conocidos que se debaten entre la cercanía y la confrontación, una dinámica tan antigua como vigente.