El general De Gaulle junto al general Leclerc y otros oficiales franceses en la estación de Montparnasse en París , el 25 de agosto de 1944
La promesa de Leclerc en Kufra que impulsó a la Francia Libre en la Segunda Guerra Mundial
Este juramento se convirtió en un símbolo de resistencia moral, un objetivo estratégico, un compromiso colectivo más allá de las circunstancias desfavorables
En la historia de la Segunda Guerra Mundial, hay episodios que trascienden lo militar y se transforman en símbolos. Uno de ellos es el Juramento de Kufra, pronunciado por el entonces coronel Philippe Leclerc de Hautclocque en pleno desierto del Sáhara en 1941. Aquel compromiso —aparentemente imposible en ese momento— se convirtió en un motor moral para las Fuerzas Francesas Libres y en una promesa que Leclerc cumpliría cuatro años más tarde.
Philippe Leclerc, nacido en 1902 en Belloy-Saint-Léonard, fue uno de los militares franceses más atrevidos de la Segunda Guerra Mundial. Su verdadero nombre era Philippe François Marie de Hauteclocque, pero adoptó «Leclerc» como seudónimo para proteger a su familia tras unirse a la Francia Libre de Charles de Gaulle, que tomó como símbolo la cruz de Lorena de Juana de Arco tras la derrota francesa de 1940.
Demostró audacia estratégica al ser capaz de realizar operaciones de riesgo extremo, por lo que inspiraba una lealtad profunda entre sus tropas. Compromiso político con la liberación de Francia: veía la guerra no solo como una lucha militar, sino como una misión nacional.
El general de división Philippe Leclerc de Hauteclocque, comandante de la 2.ª División Blindada en operaciones
Tras la rápida caída de Francia en 1940, la colonia del Chad —bajo la autoridad del gobernador Félix Éboué— fue la primera en declararse leal a De Gaulle. Leclerc llegó allí para organizar fuerzas que, aunque pequeñas y mal equipadas, realizarían acciones contra el Eje. Las columnas saharianas que dirigió debían operar en un territorio enorme, casi sin recursos, enfrentándose a guarniciones italianas bien establecidas en Libia.
Kufra era un oasis estratégico en el sudeste libio, controlado por tropas italianas. Tomarlo era casi un acto de fe: las fuerzas de Leclerc eran muy inferiores en número y armamento. Hubieron de realizar marchas de cientos de kilómetros en desierto puro, en una acción conjunta con el Long Range Desert Group británico, con ataques rápidos, desgaste continuo y una moral sorprendentemente alta.
Tras varios días de hostigamiento y maniobras engañosas, los italianos se rindieron el 1 de marzo de 1941. La victoria, más simbólica que material, demostraba que la Francia Libre podía luchar y ganar.
El Juramento de Kufra
Tras la toma del oasis, Leclerc reunió a sus hombres. No era un discurso formal, pero quedó grabado en la memoria: «Hagan lo que hagan los demás, no depongamos las armas hasta que nuestra bandera vuelva a ondear en Estrasburgo».
Este juramento se convirtió en un símbolo de resistencia moral, un objetivo estratégico, un compromiso colectivo más allá de las circunstancias desfavorables.
Para soldados aislados en el desierto, pensar en Estrasburgo —ocupada por los nazis y situada a miles de kilómetros— era casi quimérico. Pero ese era precisamente el punto: crear una visión que sostuviera la lucha.
La trayectoria de Leclerc después de Kufra es la de un líder en ascenso meteórico, con campañas en el desierto apoyando al VIII Ejército británico en su reconquista del norte de África.
En 1944 mandó la 2.ª División Blindada, a la que permitieron los Aliados ser la primera en la liberación de París (agosto de 1944).
El general Leclerc (izquierda) pasa revista a sus tropas en la plaza Kléber tras la liberación de Estrasburgo
Entró en Estrasburgo el 23 de noviembre de 1944, cumpliendo literalmente el juramento de Kufra.
Solo hay un episodio oscuro en la brillante trayectoria del general Leclerc: la ejecución sin juicio de 12 soldados franceses capturados de la División SS Charlemagne el 8 de mayo de 1945, cuando Alemania se había rendido. El día de la capitulación, Leclerc se encontraba en Bad Reichenhall, en la Alta Baviera.
Allí fueron presentados ante él 13 prisioneros franceses capturados con uniforme de las Waffen-SS, concretamente de la 33.ª División SS «Charlemagne», formada por voluntarios franceses al servicio del Tercer Reich.
Juramento de Kufra, 2 de marzo de 1941
Leclerc. Al saber que eran franceses que habían combatido con las SS, el general les increpó por vestir un uniforme foráneo. Uno de los SS respondió al general Leclerc: «Señor, usted también lleva un uniforme extranjero… ¡el americano!».
Tras esto, Leclerc perdió los estribos y ordenó la ejecución inmediata de los prisioneros, sin juicio o corte marcial.
Los prisioneros de guerra fueron liquidados esa misma tarde, a las cinco. Rechazaron ser fusilados por la espalda o vendados. Algunos murieron gritando «Vive la France». La aniquilación tuvo lugar en Karlstein (Alta Baviera). Los cuerpos los dejaron sin enterrar hasta que paracaidistas estadounidenses compasivos los inhumaron días después.
El hecho quedó encubierto bajo la figura heroica de Leclerc tras la guerra.
La historia subraya el contraste entre el héroe de la Liberación y el comandante que ordena una ejecución sumaria el mismo día de la victoria aliada en Europa.
Es otra muestra de la complejidad moral en tiempos de guerra. Vae victis.