La gesta del jesuita leonés, diputado estadounidense y esquimal de corazón
Grandes gestas españolas
La gesta del jesuita leonés, diputado estadounidense y esquimal de corazón
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Hay vidas singulares que desafían los límites, como la del leonés Segundo Llorente Villa, nacido en Mansilla Mayor en 1906. Una existencia en la que la fe, la antropología, la historia y la política se unen en un relato tan inverosímil como épico.
En un tiempo en el que las estaciones marcaban el ritmo vital fue el primogénito de doce hermanos de una familia labradora. Por ello, se forjó en la responsabilidad y el sacrificio en un hogar donde la austeridad no era una carencia, sino algo natural. Creció entre las labores del campo, el catecismo y la misa dominical de una España profundamente católica en la que Dios que impregnaba cada gesto cotidiano. Nadie podía prever lo que aquel muchacho criado entre surcos y rezos acabaría viviendo.
Mientras otros niños aún corrían por las eras, él ingresaba en el Seminario de León. Con diecisiete años, era novicio en la Compañía de Jesús. Estudió Humanidades en Salamanca y Filosofía en Granada, y comprendió que su vocación no era solo sacerdotal, sino misionera: soñaba con horizontes lejanos y con pueblos que vivían al margen de Dios y en el joven jesuita surgía una idea sorprendente: Alaska.
Destino Alaska, la misión más heroica en la Iglesia
La palabra Alaska despertaba en él una mezcla de fascinación y desafío, pero fue crucial la afirmación de Pío XI: «La tarea misionera en Alaska es la más heroica en la Iglesia». Era un territorio recóndito que posiblemente ni él mismo, ni la inmensa mayoría de los españoles de hoy, saben que había sido dominio español desde el siglo XV y que en el XVIII, marinos insignes exploraron la costa y sus expediciones dejaron una huella científica, cartográfica y diplomática de enorme valor como Malaspina Perez, de Heceta, de la Bodega o Salvador Fidalgo que levantó actas de posesión y trató de frenar el ilegal avance ruso. Aunque en el XIX, con las independencias hispanas Alaska dejó de ser legalmente española, sus topónimos se mantuvieron en cartas náuticas, diarios de navegación y mapas oficiales, y muchos pasaron a la cartografía estadounidense tras la compra de Alaska a Rusia: Valdez, Córdova, Isla Fidalgo o Puerto Fidalgo, nombre impuesto por Vancouver.
Salvador Fidalgo
Rumbo a Alaska
A los 23 años, Segundo cruzaba el Atlántico rumbo a Washington, a la Universidad Gonzaga, en Spokane. Aprendió inglés y descubrió que la docencia podía ser también una forma de misión: llegar a las almas a través del conocimiento. Su pasión despertó vocaciones. Le ofrecieron ir a China, destino tradicional de los jesuitas, pero lo rechazó. Solo pensaba en Alaska.
Estudió teología en Kansas y California, fue ordenado sacerdote y en 1932 recibía la ansiada noticia. Tuvo que pasar duras pruebas médicas que fueron concluyentes: «Si alguien puede resistir el frío de Alaska es este boxeador», porque el leonés era muy fuerte. Sus padres rogaron a su primogénito que se quedara en España, y esta fue su respuesta.
Alaska
En España el que no es bueno es porque no le da la gana, que llenas están las ciudades de sacerdotes, iglesias y conventos. Cada pueblo tiene un cura con el que pueden arreglar holgadamente los negocios de su alma. Son muchos los frailes que ofrecen el ponerse en paz con Dios. En cambio, en Alaska, 50.000 indios que no tienen más misioneros que los PP. Jesuitas para convertirlos. Estoy dispuesto a ir con mucho amor a esa Misión y predicarles lo que tienen que saber para salvarse.
El razonamiento de su madre fue demoledor: «Siempre ha de ser el nuestro: en el Seminario a él le atraparon, ahora a él lo envían a que los indios lo coman vivo. ¡Cuando yo digo que mis hijos son los más tontos!» Hacían referencia también a su otro hijo misionero en Cuba que por cierto fue tutor de Fidel Castro.
Segundo Llorente
Un viaje iniciático, un mundo y pueblo incomprensible
El viaje hacia el norte fue iniciático. Desde Spokane tomó un tren hasta Seattle y allí embarcó en un vapor que bordeaba la costa del Pacífico. 37 jornadas de travesía por mar, tierra y el río Yukón, hasta llegar a Alaska en 1935. Comprendió que nada le había preparado ni para aquel mundo, ni sus habitantes a los que llamó esquimales, como siempre se les llamó aunque hoy lo políticamente correcto sea anuit, basándose en que esquimal es una palabra ofensiva, pero ni para Segundo, ni para los españoles jamás lo fue.
La misión era una construcción sencilla de madera y pieles, un refugio diminuto en medio de la inmensidad blanca. Tuvo que aclimatarse a temperaturas de hasta 50 grados bajo cero y embozarse en pieles de nutria o de castor y calzarse con las botas de piel de foca.
Durante las primeras semanas vivió en un asombro continuo. Su universo mental era completamente distinto al europeo, sin palabras para ciertos conceptos abstractos, ni una noción de divinidad trascendente, pero poseían una sabiduría ancestral que le impresionaba.
Para hablarles de Dios, antes debía aprender su lengua. El idioma era muy complejo y con sonidos guturales y con dificultad comenzó a «chapurrearlo» escuchando a los niños, repitiendo palabras y anotando todo. Lo observaban con curiosidad: no era habitual que un hombre blanco llegara solo y tan dispuesto a aprender. Pasaba horas junto a los ancianos, atento a historias, mitos y recuerdos que le acercaban a pensar como ellos.
Niños en Alaska
Con el tiempo, la confianza creció. Le enseñaron a manejar el trineo, a distinguir los tipos de hielo, a interpretar el cielo, a pescar bajo la capa helada, a encender fuego en condiciones extremas y a orientarse en las tormentas. Él, a cambio, les hablaba de Dios y no imponía su fe: Descubrió que, aunque su cosmovisión era distinta, poseían una sensibilidad espiritual capaz de dialogar con la fe cristiana y comenzó a celebrar misa en su cabaña de pieles, iluminada por una lámpara de aceite y hacer conversiones.
Segundo Llorente
Fue entonces cuando comenzó a escribir sus crónicas: un parto en un iglú, cacerías de focas, travesías en trineo bajo una aurora boreal. Sus textos, enviados a El Siglo de las Misiones, circularon por España y los lectores se fascinaban con aquel sacerdote que vivía entre hielos perpetuos en un mundo remoto, desde Akulurak y posteriormente de Bethel, Kotzebue y Alakanuk.
Salir en trineo era cotidiano. Visitaba aldeas lejanas, llevaba sacramentos a enfermos, asistía partos, consolaba a familias, se ocupaba de niños abandonados, y mantenía el contacto con comunidades aisladas durante meses. Cada viaje era una prueba de resistencia. Aprendió a confiar en los perros, a los que dio nombres de colores y en su instinto para detectar grietas invisibles. De hecho, una vez los canes rescataron de morir congelado. Su relación con la comunidad esquimal se volvió estrecha: participaba en sus celebraciones, compartía sus comidas, se reía con su humor directo. Con el tiempo comenzaron a considerarlo uno de los suyos, al ver su capacidad de adaptación y su pragmatismo para afrontar la vida, como cuando casi pereció arrastrado por la corriente en el Yukón, o cuando un tifón arrasó su cabaña de la que providencialmente solo pudo salvar su máquina de escribir.
Cuando una epidemia asoló las aldeas. Sin defensas frente a los virus traídos por los blancos, enfermaron por decenas. Segundo hizo cientos de kilómetros, llevando medicinas, alimentos y consuelo. Pasó noches velando enfermos, acompañó a familias y cuando la enfermedad remitió, había consolidado su prestigio más que con cualquier homilía. Sus crónicas, leídas con entusiasmo en España, seguían sorprendiendo y ya no por el paisaje, sino por la humanidad de cada línea.
Segundo Llorente
El Padre Llorente, un puente entre dos mundos
Con los años, Segundo se integró como miembro pleno de la comunidad y un puente vivo entre dos mundos. Un papel crucial cuando la llegada de comerciantes, funcionarios y aventureros blancos alteró el equilibrio tradicional de las aldeas inuit. Nuevas leyes, sistemas de propiedad y formas de organización social que generaban y eran tensiones difíciles de comprender para los nativos.
Segundo Llorente
Y llegado el momento en el que Alaska, se preparaba para convertirse en un estado de pleno derecho. ¿Encajarían las costumbres en un sistema tan ajeno a su forma de vida? Durante décadas, los nativos habían estado marginados de las decisiones políticas y Segundo se convirtió en una figura indispensable para interpretar y traducir. No tenía un cargo oficial, pero su presencia era solicitada en reuniones, disputas y decisiones importantes. Los blancos valoraban su inteligencia, su capacidad de análisis y su conocimiento del territorio. Los esquimales confiaban plenamente en él.
El primer sacerdote católico diputado
Y en 1958, bajo el gobierno de Eisenhower, que los españoles de entonces llamaban IKE, Alaska fue admitida como el estado número 49 de los Estados Unidos. Los inuit necesitaban un representante que conociera de verdad sus necesidades y su forma de vida. Solo podía ser Segundo Llorente.
La decisión se tomó sin consultarle y presentaron su candidatura al Congreso. La primera reacción del leonés fue rechazarlo, pero rogaron que llevase su voz donde nunca había sido escuchada. Consultó a las autoridades jesuíticas esperando que le negaran el permiso. Al revés, le pidieron que aceptara.
En la campaña electoral no hubo mítines ni discursos, sino visitas a aldeas, conversaciones junto al fuego, reuniones en cabañas de pieles. Cuando llegaron los resultados, había sido elegido diputado convirtiéndose en el primer sacerdote católico con voz y voto en una legislatura estadounidense. La noticia dio la vuelta al mundo: Time abrió con el jesuita español que representaba a los esquimales en el parlamento norteamericano. Su elección coincidió con la presidencia de John F. Kennedy, lo que alimentó rumores sobre una ofensiva católica.
Su experiencia fue intensa. No era un político profesional, pero poseía una autoridad moral que imponía respeto. Defendía los derechos de los nativos con firmeza y serenidad, y aunque añoraba su labor religiosa veía la gratitud en sus ojos y comprendía que su presencia en el Congreso no era un desvío de su misión. Cuando terminó su segundo mandato, consideró que ya no era necesario y volvió a sus aldeas del hielo.
La despedida, como uno de ellos
En 1975 su fortaleza comenzó a menguar. Tenía 70 y sus superiores decidieron darle un destino menos exigente: capellán del hospital de Spokane. Con tristeza, se despidió del lugar que había sido su hogar durante más de cuarenta años y se volcó en la oración y a la escritura. Murió en 1989 a los 82 años y sus últimas palabras, fueron de felicidad y esperanza: «Muero contentísimo. Desde aquí al cielo, ¿qué más puedo esperar? Allí nos veremos todos. Amén
Cuando falleció ocurrió algo que reveló la huella profunda que había dejado. Los nativos solicitaron que fuera enterrado en el cementerio indígena de De Smet, Idaho, en una hermosa loma frente a las Montañas Rocosas. Y es que no lo consideraban un extranjero: era uno de los suyos.
En el entierro nativos vestidos con sus ropas tradicionales, acompañaron el féretro. Cuando el ataúd descendió a la tierra, un anciano depositó sobre él una piel de foca —símbolo de protección y respeto— y pronunció unas palabras en su lengua. Aquel gesto, se interpretó como una muestra excepcional de reconocimiento hacia el misionero leonés y su integración profunda entre las aldeas del Ártico.
A lo largo de su vida escribió muchas crónicas, cartas, y libros sobre Alaska. El más conocido Cuarenta años en el Círculo Polar donde aflora su humor, espiritualidad, etnografía y una profunda humanidad que inspiró muchas vocaciones. Sus fotografías, siempre sonriendo bajo el cielo polar, conservan la memoria de un mundo que desapareció con la modernización.
Voces de Alaska
Una vida inverosímil movida por la fe
Vista desde la distancia, su vida parece una novela inverosímil: un niño nacido en un pequeño pueblo de León, hijo de labradores, convertido en figura espiritual del pueblo esquimal, en uno de los grandes cronistas del Ártico y primer sacerdote católico diputado y uno de los cofundadores del estado 49 de la Unión.
Pero más allá de eso, su vida solo se entiende desde la fe que llevó a miles de misioneros españoles durante siglos a territorios remotos. Se le llamó «Hércules de Dios y de las Misiones». Porque Segundo Llorente no viajó al Ártico, antiguo territorio español, movido por la aventura ni por la curiosidad antropológica, sino por una certeza profundamente cristiana: que ningún lugar está demasiado lejos para el Evangelio y que ningún pueblo es ajeno a Dios.