Por qué Charles Darwin aparece en la etiqueta del anís más famoso de España
Dinastías y poder
Por qué Charles Darwin aparece en la etiqueta del anís más famoso de España
El «mono» de gesto casi humano guarda un parecido bastante razonable con los grabados y fotografías que se conservan del propio Darwin. ¿Es algo más que una estrategia publicitaria?
Hay historias que, a primera vista, parecen no tener nada en común. La vida de Charles Darwin, naturalista inglés del siglo XIX, y la de la popular marca de licor español Anís del Mono parecen, en principio, materias destinadas a no cruzarse. Y, sin embargo, si nos fijamos en la etiqueta de esa botella tan reconocible en barras y sobremesas, nos damos cuenta de un detalle curioso: el «mono» de gesto casi humano guarda un parecido bastante razonable con los grabados y fotografías que se conservan del propio Darwin. ¿Es algo más que una estrategia publicitaria?
Darwin nació en 1809 en Shrewsbury, en una familia acomodada vinculada a la ciencia. Su abuelo, Erasmo Darwin, fue un médico y naturalista de prestigio, autor de obras en las que ya se intuían ideas evolucionistas. Su padre, Robert Darwin, era médico. El joven Charles comenzó estudios de Medicina en la Universidad de Edimburgo, pero los abandonó por la repulsión que le provocaba la cirugía.
Terminó en Cambridge con la intención de ordenarse como clérigo y allí empezó a asistir como voluntario a las clases de un reputado botánico y comenzó a interesarse metódicamente por escarabajos e insectos.
En 1831, Darwin se embarcó en el HMS Beagle como naturalista. Era un bergantín topográfico de la Marina Real Británica. A su regreso publicó su diario de viajes. Cruzó el Atlántico y conoció toda la costa del continente suramericano. A lo largo de cinco años, Darwin acumuló datos sobre geología, flora y fauna.
Sus observaciones en las islas Galápagos, en particular, fueron decisivas: pequeñas variaciones entre especies similares sugerían que la naturaleza no era fija, sino «cambiante». De estos apuntes surgió, décadas más tarde, su obra El origen de las especies (1859), donde formuló la teoría de la evolución por selección natural.
La idea hoy parece asimilada, pero no lo estaba cuando se dio a conocer: las especies evolucionan porque los individuos mejor adaptados a su entorno tienen más probabilidades de sobrevivir y reproducirse. Su planteamiento, en plena era victoriana, generó un profundo debate entre la comunidad científica y la sociedad en general, pues abría discusiones sobre evolución y creación.
Es conocida la polémica que en el Museo de Historia Natural de Oxford mantuvieron el obispo Samuel Wilberforce y el biólogo Henry Huxley en 1860. En el imaginario popular aquello se simplificó hasta el extremo de resumirse en una frase de barra de café: «venimos del mono». No era exactamente lo que Darwin había dicho, pero así quedó en la memoria colectiva. Y en este punto entra en escena Anís del Mono.
La destilería se fundó en Badalona a finales del siglo XIX por los hermanos Bosch, en plena época del crecimiento industrial catalán. Su éxito no se debió únicamente al producto, sino también a una buena estrategia publicitaria: la botella de cristal facetada en rombos y el rótulo del mono se convirtieron desde el principio en sus señas de identidad.
En su etiqueta, el gracioso «simio», con un gesto entre socarrón y pensativo, parece estar inspirado en el rostro de Darwin. «La ciencia lo dijo y yo no miento», se lee en el pergamino que sostiene el animal en sus manos. Las botellas animaron también muchos villancicos navideños. Contaba su fundador que se inspiró en un frasco de perfume que había visto en la plaza Vendôme de París mientras buscaba un regalo para su esposa.
Los carteles del Anís del Mono, «anisado refinado», estaban firmados por artistas destacados como el propio Ramón Casas, maestro del modernismo. El más conocido es el que representa a una folclórica que lleva de la mano un mono con una botella de anís. Ganó el primer premio del concurso de carteles de la Casa Vicente Bosch en 1898.
Decoraban los cafés, tabernas y espacios emblemáticos de Madrid y de otras ciudades españolas. Lugares donde se discutía de política, de toros y realezas, con un chato de «anís en la mano». Entre humo y tertulia, el mono, con cara de Darwin o sin ella, se convirtió en un personaje más del paisaje español. Casi como el toro de Osborne.
En febrero de 1936, a punto de celebrarse las elecciones del Frente Popular, el anuncio de Anís del Mono vigilaba la madrileña Puerta del Sol sobre un enorme cartel electoral con la imagen de Gil Robles y una flecha que apuntaba a «estos son mis poderes». «Dadme la mayoría absoluta y os daré una España grande», podía leerse.
Charles Darwin, el científico más influyente del siglo XIX, acabó asociado a una etiqueta de anís. Del «mono» español, para ser exactos.