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Carlos III impulsó una estrategia diplomática para aislar a Inglaterra tras la paz de 1763

Cómo España aisló diplomáticamente a Inglaterra en 1780 y preparó su revancha

En plena guerra de independencia de Estados Unidos, la diplomacia de Carlos III tejió una red de alianzas que dejó a Inglaterra cada vez más aislada y preparó la revancha española tras la paz de 1763

Desde la Paz de París (1763) hasta la sublevación de las Trece Colonias inglesas de Norteamérica, iniciada en 1775, España desarrollará una actividad diplomática tendente a aislar a Inglaterra, favorecida por la dinámica internacional y los errores ingleses. Tal actividad dio fruto en 1766, cuando llegó a Madrid Ahmed el Gazelh, enviado por el sultán marroquí Mohamed ben Abdalah (1757-1790), quien, para compensar el protagonismo comercial y político británico en el Mediterráneo, decidió aproximarse a España y Francia.

Se acordaron entonces la libertad de navegación y comercio, la compra de granos marroquíes y la devolución de esclavos. Por parte de Madrid, se nombró embajador en Marruecos a Jorge Juan, que logró la firma del primer tratado de paz y comercio (1767).

Cuando llegan las noticias de la rebelión de los colonos ingleses, el Gobierno español se debatirá en un dilema, pues deseaba la derrota de Inglaterra, pero la victoria de los insurgentes significaría la aparición de un nuevo Estado independiente y podría resultar un peligroso ejemplo que imitar en las colonias españolas. Por eso, la ayuda española fue soterrada y, a la vista de todos, la postura del Gobierno español resultó inicialmente indecisa.

Mientras, nuestro embajador en París, el conde de Aranda, se entrevistaba con Franklin, enviado por los rebeldes para lograr una alianza favorable a su causa; Franklin había llegado a París acompañado de Silas Deane y Arthur Lee. Este último, por mediación de Aranda, salió hacia Madrid el 7 de febrero de 1777, donde pretendía entrevistarse con el Rey.

No agradó en Madrid la presencia de Lee en España, pues no pasaría desapercibida para el espionaje británico; localizado en Burgos el 28 de febrero, se le ordenó que esperara allí a los negociadores españoles. En representación española actuaría Jerónimo Grimaldi, exministro de Estado y nombrado embajador en los Estados Pontificios. Como no hablaba inglés y Lee no hablaba español, fue preciso recurrir a un intérprete, siendo designado Diego de Gardoqui, comerciante bilbaíno que tendría un destacado protagonismo posterior en la revolución norteamericana.

Se prometió a Lee que España apoyaría financiera, logística y militarmente a los insurgentes a cambio de una ventajosa posición comercial. La empresa de Gardoqui puso a disposición de los sublevados el puerto de La Habana, desde donde se enviaron múltiples cargamentos de armas, municiones, ropa, provisiones y unos 3.260.000 dólares.

En realidad, desde el 4 de julio de 1776, fecha en que proclamaron su independencia, los rebeldes estaban recibiendo ayuda española para el ejército de George Washington, socorros que hicieron posible la primera victoria de los sublevados en Saratoga (1777). Los franceses declararon la guerra a Inglaterra en 1778. El 12 de abril de 1779, España y Francia firmaron la Convención de Aranjuez, preludio de la participación española en la guerra.

Rendición del General Burgoyne tras la batalla de Saratoga, por John Trumbull

La sublevación de las Trece Colonias proporcionó a Francia y España la ocasión de resarcirse y vengar las duras condiciones impuestas por Inglaterra en la Paz de 1763. Carlos III volvía a enfrentarse a una guerra que sería predominantemente marítima. Continuando los planes del marqués de la Ensenada, se logró disponer de una flota que situaba a España en el tercer puesto, inmediatamente detrás de Francia, aunque ambas muy distantes de Inglaterra.

En febrero de 1780, la situación internacional empeoró para Inglaterra al formar Rusia, Suecia, Dinamarca, Prusia y Holanda la Liga de la Neutralidad Armada, lo que significaba el aislamiento inglés. Además, España establecía relaciones diplomáticas con Prusia y se formalizaban también las relaciones diplomáticas con Rusia, desapareciendo las fricciones entre ambos países, consecuencia de la presencia rusa en Alaska.

Los planteamientos ingleses de la guerra en el Mediterráneo se vieron alterados ante la evolución de los contactos hispano-marroquíes, reanudados en 1779 al enviar el sultán a Muhammad ibn Otmán con una nueva embajada. El tratado se firmó en marzo de 1780 y obligó a los buques británicos a abandonar Tánger, mientras los españoles podían utilizar todos los puertos marroquíes.

Cuatro años después de la declaración de independencia de las Trece Colonias, la diplomacia española había consolidado la posición internacional de España. En el Mediterráneo, su posición era muy sólida; estaba en paz con Turquía y Marruecos, con buenas perspectivas para una relación favorable con las Regencias, y en la península italiana el enclave borbónico de Parma, Plasencia y Guastalla estaba protegido por el entendimiento con los vecinos.

Todo ello supuso que el Mediterráneo quedara cerrado para los ingleses. Inglaterra también había quedado aislada en Europa al provocar, con su avasalladora conducta de inspecciones y abusos navales, la réplica defensiva de los neutrales.

En 1780-1781, cuando en América los ingleses no podían someter a sus colonos ni oponerse con éxito a los soldados franceses de Lafayette, ni evitar que Bernardo de Gálvez tomara Pensacola, la situación se presentaba muy favorable; la hora de la revancha militar había llegado para España y Francia.

  • Enrique Martínez Ruiz es miembro de la Academia de las Ciencias y Artes Militares (ACAMI).