Trajano, el emperador hispano que llevó al Imperio romano a la máxima expansión de su historia
Celebrado tanto por sus éxitos militares como por su buen gobierno, fue ya enaltecido por sus contemporáneos, pero su memoria ha seguido siendo respetada y aún sigue creciendo hasta nuestros propios días
La justicia de Trajano, de Eugène Delacroix
Al decir de mi amigo Posteguillo, que es a quien más se ha leído en la historia de España sobre romanos, Marco Ulpio Trajano, Trajano a secas para nosotros sus paisanos, fue entre todos los grandes de aquellas gentes grandiosas uno de los primeros. Como mucho lo rebajaría al segundo puesto por poner por delante a su César, Cayo Julio, claro, al que me parece que, en veneración muy documentada, sitúa en lo alto de su personal y no declarado, podio.
Pero cerquita, cerquita, estaría el hispano y dado que César era republicano y todavía no existía el imperio, Trajano podría por tanto y ya entre los emperadores ser el mejor de todos. Eso, además, se han cansado de decirlo los historiadores, los de aquel entonces y los de ahora. Y también, y eso creo que le da más mérito, no habiendo nacido en Roma, ni en Italia tampoco sino en Itálica, en la Bética (Hispania), por cerca de donde ahora es Sevilla.
En lo que no hay duda es que fue el primer «extranjero» en llegar a tal cargo. A las claras lo dicen los historiadores Dion Casio y Herodiano: era un alloethnés y un externus: es decir, un hombre de otra raza y un extranjero. O sea, no solo no nacido en Roma y la Península donde se sitúa, sino que tenía ascendencia indígena del territorio de donde provenía, Hispania.
Origen e infancia del emperador hispano
En el fondo y ya para aquel entonces eso es lo de menos, un mero apunte geográfico, pues su familia era ya parte de la élite romana y su padre Senador, nada menos, y de la familia Ulpia. Vamos, romanos y bien romanos como tantos otros lo eran, aunque no de origen ni nacimiento, por las urbes, villas y campamentos de todo el poderoso y replicado imperio que hasta tenía un mar propio, el Mare Nostrum. Porque el Mediterráneo, en efecto también era suyo.
Turdetanos de origen su linaje ya parece del todo integrado en la ciudad de Itálica, fundada por los romanos en el 205 a. C. Los Trahi ya aparecen en un mosaico de la villa donde señala que uno de ellos, Marcus, ya era pretor de la ciudad en el año 80 a. C. y el padre de este, Gaius, ya era ciudadano romano.
Pero el gran ascenso cualitativo lo había protagonizado su padre, el general, cuando se casó con la hija y heredera de la gens Ulpia que lo adoptó como propio. Estos sí que eran romanos de pura cepa, aunque llevaban en Hispania desde los tiempos de la rebelión de Viriato (143 a. C.) y, además, estaban emparentados con los todavía más linajudos Marcios. Estas cosas suponían mucho en Roma y de ahí que a nuestro emperador se le pusiera el nombre de Marco Ulpio Trajano, el mismo que llevaba su progenitor.
La influencia de su padre
Trajano, así le llamaremos nosotros para abreviar, le debe, desde luego, mucho a su padre. Y no solo por la substanciosa herencia en buena parte proveniente de su madre sino por la educación recibida y la experiencia acumulada a su lado. Poco después de su nacimiento en Itálica, en el año 53 ya de la Era Cristiana, lo llevó con él a Roma, donde había alcanzado la condición senatorial por su hazañas y servicios, algo que también conseguiría también a su tiempo el hijo. El Senado romano estaba por aquel entonces muy nutrido de hispanos y también de bastantes galos.
Pero el contacto con Hispania del jovencísimo Trajano se restablecería muy pronto. Su padre, en continuo y fulgurante ascenso, fue nombrado pretor y procónsul de la Bética, la más próspera y pujante de las tres provincias de la Península, junto a la Lusitania y la Tarraconense.
Aquello había sido en tiempos de los emperadores Claudios, de Nerón, para mejor situarnos. Tras acabar este malamente como sabemos todos por las docenas de películas con él de «malo» quemando Roma para echarle la culpa a los cristianos, se lio parda y el padre supo elegir el bando apropiado, el de los Flavios, y apoyar a Vespasiano, que acabaría por conseguir el trono y mantenerlo con firmeza. Vespasiano fue, además, quien concedió a Hispania su famoso edicto de «latinidad».
Marco Ulpio se mantendría siempre fiel a la dinastía sirviéndoles con eficacia en las misiones encomendadas. Participó a las órdenes de Tito, hijo del emperador y su sucesor, en la campaña para sofocar la rebelión en Judea que acabó con la destrucción del Templo de Jerusalén en año 70. Ese mismo año el padre fue elegido Cónsul y en los años siguientes patricio y censor para ser nombrado en el 76 Gobernador de Siria.
En estas últimas misiones ya tendría al lado a su hijo Trajano, que había comenzado su formación militar, tras unos años de los debidos aprendizajes humanísticos que su rango requería. De hecho, sabía hablar griego, pero lo que le tiraba era la milicia y ello fue su vocación y devoción de por vida y hasta sus últimos momentos, haciéndose famoso por caminar a pie junto a sus legionarios en muchas de sus largas marchas.
El Cursus Honorom de Trajano
Su Cursus Honorom comenzó a cimentarse de la mejor manera. En Siria ya logró el mando de su primera legión como Tribuno laticlavio, que solo tenía por encima al Legado de la misma, cargo que él conseguiría ya muy pronto y de vuelta de nuevo a Hispania, en este caso a la Hispania Tarraconense como «legatus legionis» al mando supremo de la VII Legio Gemina, acantonada en lo que ahora es León y por lo que así, y no por el felino, se llama.
Para entonces ya había muerto Tito, el joven pero muy querido y por muchos ponderado emperador y le había sucedido su hermano pequeño, Domiciano, que de inicio siguió los buenos pasos marcados por su padre y su hermano, aunque acabaría torciéndose, y de qué manera, propiciando al cabo su asesinato y que a la postre Trajano acabara por ocupar su trono.
Busto del emperador romano Domiciano
Bajo Domiciano, el hispano siguió su carrera con lealtad y su consabida eficacia. Su siguiente misión fue acudir con su VII Legio Gemina a Germania –al Rin– en el año 89, para sofocar una revuelta contra Domiciano, no de los barbaros, sino de un general romano, Antonio Saturnino, y los ejércitos de la zona. Llegó, a marchas forzadas y acabó con éxito con ella. Era ya uno de los militares más respetados y tras ser el primer Cónsul en el 91 y darle su nombre por ello al año, en el 96 estaba de nuevo en Germania esta vez como Gobernador de la misma y custodio de aquella peligrosa frontera.
Consta su residencia en las ciudades de Maguncia y Colonia. Su prestigio seguía creciendo cuando Domiciano, cada vez más enloquecido –sus desvaríos homicidas pudieron verse acelerados por el venenoso plomo con cuyas finísimas láminas los romanos endulzaban el vino– y tras unos últimos años violentísimos y terroríficos fue asesinado por la propia Guardia Pretoriana.
Nerva, emperador de transición
La dinastía Flavia concluyó con él. Se eligió, como emperador de transición, que diríamos ahora, al anciano senador Nerva, muy hábil en saber nadar y guardar la ropa y hacerlo encima entre dos aguas –por ello había logrado llegar a viejo–, que no tenía hijos y que sin apoyo ninguno en el ejército y tras una nueva revuelta de parte de los pretorianos hubo adoptar y por tanto señalar como heredero al trono a Trajano.
Áureo de época de Trajano en cuyo reverso aparece representado con el divino Nerva
El Senado apoyó, o incluso impulsó, aquel movimiento de elegir un general con prestigio y, aunque de nobleza reciente, muy popular y cuyas legiones le tenían fe ciega, algo que podía ser muy conveniente.
No había sido el único pretendiente, pues según ha demostrado una inscripción localizada no hace mucho en nuestra Valencia actual, también había pujado por recibir el anillo sucesorio que el emperador enviaba al elegido, Marco Cornelio Nigrino Curiacio Materno, también prestigioso militar, gobernador de Siria e igualmente hispano de origen, lo que da buena medida de la influencia que estos tenían en Roma y que había comenzado a crecer ya en tiempos de Séneca, cuando este, en la juventud primera de Nerón, fue el verdadero dirigente de los destinos del Imperio.
Inscripción procedente de Edeta (Liria, Valencia), dedicada a Marco Cornelio Nigrino
La mayoría de lo que ya se empezaba a motejar como la Gens hispana le acabó por aupar al poder, que alcanzó a la muerte de Nerva a principios del año 98. El futuro sucesor de Trajano, Adriano, entonces tribuno, fue quien, según la Crónica Augusta, le llevó la noticia de su fallecimiento cuando se encontraba en Colonia.
Trajano, emperador
Trajano se lo tomó con mucha calma y se mantuvo en sus posiciones cercanas de las fronteras del Rin y del Danubio. Allí siguió hasta dar por entero pacificada la frontera durante casi dos años y entonces sí, hizo su entrada triunfal en Roma. La gran urbe, tras la angustiosa época final de Domiciano y las carencias de autoridad de Nerva, lo recibió aliviada y con júbilo. Y ciertamente el tiempo le dio la razón a aquel buen recibimiento.
No obstante, hubo algunos que no se alegraron nada. Ya desde Colonia comenzó a dictar las órdenes que consideró oportunas y necesarias. Marco Cornelio Nigrino Curiacio Materno, su rival para el trono, fue cesado fulminantemente de su cargo y condenado al borrado y el olvido, la damnatio memoriae, hasta que hace solo unos años se descubrió la inscripción en Valencia. Para las costumbres de la época era lo mejor que pudo haberle pasado, pero Trajano también en esto manifestó una cierta grandeza.
Como otra de sus primeras medidas hizo castigar a los pretorianos que se habían rebelado contra Nerva, aunque ello le hubiera favorecido en su día. Y el pueblo no tardó en cogerle un gran afecto, pues entre sus prioridades estuvo el liberar a muchos ciudadanos encarcelados sin motivo ni prueba alguna por Domiciano, así como por la devolución de múltiples propiedades que este les había confiscado.
La máxima extensión del Imperio
De la historia y obra de Trajano se sabe mucho y no dejamos de conocer más detalles de sus peripecias y fructífero mandato. Celebrado tanto por sus éxitos militares como por su buen gobierno, fue ya enaltecido por sus contemporáneos, pero su memoria ha seguido siendo respetada y aún sigue creciendo hasta nuestros propios días.
La columna que lleva su nombre que aún se yergue en Roma es uno de los grandes símbolos del imperio que el llevó a su cénit en extensión y poderío y no le faltan monumentos que se preservan por todo el territorio sobre el que él imperó durante 19 años que fueron de esplendor y prosperidad para los romanos.
Columna de Trajano
Para sus enemigos menos, claro. Su primera gran campaña y por la que fue más ensalzado fue la conquista de la Dacia, en la actual Rumanía, a la que convirtió en una nueva provincia romana tras derrotar y traerse prisionero a su rey Decébalo junto a un inmenso botín que exhibió en su entrada triunfal en Roma. Comenzada en el año 101, venció al grueso del muy aguerrido ejército dacio al año siguiente cerca de Tapae y acabó por conquistar y anexionar todo aquel reino en el 106.
Su siguiente expedición se dirigió al este y con ella incorporó al Imperio el reino nabateo. No hizo ya más hasta la que sería su última expedición en el año 113 contra los belicosos partos. Los venció y llegó hasta la ciudad de Susa, en el actual Irán, y a lo que fue ya para la historia la máxima expansión del Imperio Romano.
El Imperio romano en su máxima expansión en el año 117, al final del reinado de Trajano
Enfermó a la vuelta y falleció en el camino de regreso a Roma en 117 en Selinunte (Cilicia). Deificado por el Senado, de ello da muestra una de las estatuas a él dedicadas que se encontró en su natal Itálica y se encuentra en el museo Arqueológico de Sevilla. Sus cenizas fueron enterradas al pie de la Columna Trajana, que glorifica su triunfo contra los dacios.
Pero no solo ha pasado a la historia por sus glorias militares. Tanto o más lo ha hecho por sus reformas y su buen gobierno, balsámico y prudente que hizo florecer no solo a Roma sino a todo el Imperio y por la obra pública que hizo construir, que transformó la urbe y de la que algunos edificios han perdurado, hasta ser hoy parte del acerbo de la Ciudad Eterna, como el Foro y el Mercado de Trajano y la famosa columna.
El lado más personal del emperador
No tuvo hijos. Estuvo casado desde que era un joven veinteañero y hasta su muerte, ella le sobrevivió, con Pompeya Plotina, natural de Nemausus en la Narbonense, o sea, el actual Nimes famoso por su circo, hoy maravilloso coso taurino. Fue un matrimonio muy bien avenido y sin sobresaltos, pues cada cual cumplió con lo convenido. El único problema es que a Trajano no le gustaba tener sexo con mujeres sino con hombres. Era homosexual, vaya, y tenía preferencia por los efebos.
No era algo extraño sino en buena parte tolerado en el mundo romano como lo había sido en Grecia y no suponía impedimento alguno al igual que allí. La prueba eran los tebanos y espartanos, merma de virilidad alguna pues donde era más frecuente era el que se propiciaba por la camaradería entre los más duros soldados. Sabida y convenida la situación, Plotina fue una extraordinaria esposa, que le ayudó siempre, convirtiéndose incluso en una gran colaboradora de su gobernanza.
La otra tacha que se le achacó fue la de su afición, muy mediterránea, latina e hispánica, al vino. Pero en ello se reconoce que tomó las debidas precauciones ante su posible y propio abuso pues tenía dadas estrictas órdenes, y hacía cumplirlas, de que cuando se le comenzaran a ver signos de embriaguez se dejara de servirle aunque lo pidiera.