Adriano, el emperador más culto de Roma, pero no el más virtuoso
Su obra y legado justifican que entre en el listado de los cinco «emperadores buenos» que realizó Maquiavelo, pero oscuridades no le faltaron tampoco, y algunas de inusitada gravedad
Estatua de Adriano desenterrada en Tel Shalem que conmemora la victoria militar romana sobre Simón bar Kojba , expuesta en el Museo de Israel
Maquiavelo bautizó a los cinco emperadores que, de Nerva a Marco Aurelio, ocuparon el trono desde el año 96 al 180 como los «buenos». Como tales han quedado ya para la historia, aunque alguno, como el primero, Nerva, fuera de lo más efímero; pero, al cabo, hay que reconocerle que supo hacer bien la «transición» entre el terror de Domiciano y el ensalzado Trajano, y que no mandó asesinar a ningún rival, algo en Roma muy fuera de lo común y nada habitual para sus costumbres.
Trajano, ya se ha dicho aquí, el título se lo ganó con muy general aceptación. Adriano, el que nos ocupa ahora, no sé yo qué decir, sino que, por un lado, desde luego que sí: su obra y legado lo ratifican, pero oscuridades no le faltaron tampoco, y algunas de inusitada gravedad.
Acertó, y eso también hay que tenerlo en cuenta, en el «nombramiento» de sus sucesores, pues él designó a dos: tanto a quien le seguiría a él, Antonino –empleó la muy romana fórmula del hijo adoptivo–, como a quien este debía elegir a su vez, Marco Aurelio, al que de muy niño ya adoptó como nieto al detectar su gran inteligencia y rectitud. Y su voluntad se cumplió, y para bien de Roma, además.
Así que, al cabo, habremos de aceptar que el maquiavélico florentino llevaba buena parte de razón y que ese siglo II fue el de mayor prosperidad y, en lo que cabe, paz de la historia romana, su Siglo de Oro.
Un siglo, por cierto, trufado por los hispanos, pues la llegada al poder de estos emperadores tuvo harto que ver con la posición hegemónica de la Gens Hispana en la Ciudad Imperial. Trajano y Adriano eran oriundos, ambos nacidos en Itálica; Antonino Pío, galorromano, estaba con ellos emparentado; y Marco Aurelio, aunque no nacido en nuestra península, sí inequívocamente parte de esa gran «tribu» familiar, política y, en su caso, también intelectual, como adepto a la filosofía estoica, predicada por el cordobés Séneca, pero en él asumida como pauta de conducta personal.
Retrato de Plotina
Vayamos con Adriano. Sobrino segundo de Trajano, siempre estuvo en su pensamiento que fuera quien heredara el Imperio y, ya con solo diez años –nació en el año 76–, a la muerte de su padre, Afer, lo acogió y tomó bajo su protección.
Pero aún lo tuvo más claro su tía Plotina, que no tuvo hijos y él, de alguna forma, los sustituyó; procuró que aquello no se torciera al final y no dejó resquicio para que algún último pretendiente apareciera de improviso y le quitara el sitial, que algo de ello pudo haber, pero que Plotina aventó preparando la escena final en el lecho de muerte de su marido para que nadie pudiera dudar de quién era el elegido.
Adriano, de hecho, había sido preparado para ello por el propio Trajano y, como hizo su padre con él, lo tuvo a su lado en sus campañas militares, tanto en las fronteras germánicas como en la de la Dacia e incluso en la última contra los partos, ya asumiendo cargos de gran responsabilidad, donde demostró ser un comandante competente y un administrador eficaz. Como señal clave de su decisión, le había entregado ya el anillo de diamante que Nerva le había hecho llegar a él, y que el propio Adriano había llevado.
Como era preceptivo para alguien de su clase y posición, la formación militar no podía faltar, y Adriano la superó con buena nota; pero, al contrario que su tío, su verdadera pasión siempre estuvo en otro lado: en el intelecto, en las letras y las artes, desde la filosofía a la arquitectura.
La cultura griega le había subyugado desde muy joven y el helenismo le cautivó de tal manera que fue apodado Graeculus («grieguecillo»), y con no muy buena intención, pues entre los conservadores la cultura helena era considerada en exceso disoluta y manantial de corrupción de los valores netamente romanos.
Con su tío también compartió la condición homosexual y el matrimonio de conveniencia en tal sentido. Se casó, merced otra vez a los buenos oficios de Plotina, en el año 100 y cuando Trajano ya era emperador, con otra sobrina suya por vía materna, Vibia Sabina, y así anudar más aún la conexión con la familia imperial. Como su predecesor, no procreó ningún hijo y por ello los tuvo que adoptar para que pudieran sucederle.
Bustos de Adriano y Antínoo en el Museo Británico
Fue en sus relaciones efébicas donde tuvo el percance que más daño hizo a su prestigio, en vida y para la posteridad. Se enamoró perdidamente de un joven de Bitinia, Asia Menor, Antínoo, y su relación traspasó los cánones más tolerantes. Cuando este se suicidó o murió accidentalmente ahogado en el Nilo –hay versiones contradictorias y alguna donde Adriano sale muy mal parado–, su duelo alcanzó ribetes delirantes, pues le erigió estatuas, lo divinizó y hasta le dedicó una ciudad. Demasiado «griego» incluso para los romanos más helenizados.
Estoico de formación, pero epicúreo de devoción, aprovechó su condición para compaginar a su conveniencia y placer ambas filosofías. Desde sus aficiones culturales y estéticas al cuidado de su cuerpo, el disfrute de todo aquello que le atraía, de los viajes a la caza, otra de sus pasiones.
Sin embargo, todo ello en su conjunto —su gran cultura, su devoción por las artes, su impresionante legado monumental y arquitectónico, y su compleja personalidad— ha sido un gran trampolín para que su nombre y su obra sean hoy mundialmente reconocidos y admirados.
No poco tiene que ver con ello la famosísima obra de Marguerite Yourcenar Memorias de Adriano, escrita en primera persona y donde la autora se transmuta en el propio personaje para contarnos, con enorme poder de convicción, los más ocultos vericuetos de su intimidad, sus luces y oscuridades, sus certezas y sus dudas. La reflexión y el juicio que ella, como si fuera él, hace de sí mismo resulta extraordinariamente creíble y acertado:
«La mayoría de los hombres gusta resumir su vida en una fórmula, a veces jactanciosa o quejumbrosa, casi siempre recriminatoria; el recuerdo les fabrica, complaciente, una existencia explicable y clara. Mi vida tiene contornos menos definidos. Como suele suceder, lo que no fui es quizá lo que más ajustadamente la define: buen soldado, pero en modo alguno hombre de guerra; aficionado al arte, pero no ese artista que Nerón creyó ser al morir; capaz de cometer crímenes, pero no abrumado por ellos. Pienso a veces que los grandes hombres se caracterizan precisamente por su posición extrema; su heroísmo está en mantenerse en ella toda la vida. Son nuestros polos o nuestros antípodas». Escribe la una y escuchamos al otro.
La muerte de Trajano le pilló muy lejos de Roma, en Antioquía (Siria), donde se había quedado al mando de las legiones para controlar al Imperio parto. Sus tropas le proclamaron ya allí emperador y de lo demás se encargó su tía Plotina. El Senado lo aceptó como un hecho consumado cuando, además, y antes de regresar, sofocó con éxito una nueva revuelta judía, la II Guerra judeo-romana, y aún le quedaba por delante otra más. Adriano acabó por tomarles una inquina particular.
Y eso que ya desde el inicio y como «no hombre de guerra» buscó acuerdos y paces con todos, y más que querer conquistar puso su empeño en asegurar lo que Roma ya tenía en su poder y lo que le pareció que tenía garantías de mantener. A la luz de esta visión general de la situación es como mejor se puede entender que su primera decisión fuera buscar y lograr un acuerdo con los partos y ceder parte de los territorios conquistados en Mesopotamia hacía apenas nada por Trajano y con él al lado, que consideró insostenibles.
Su objetivo fue estabilizar las fronteras y en ese espíritu se encarna la obra defensiva descomunal y por todos conocida que puso en marcha en Britania: el Muro de Adriano, la impresionante fortificación de 117 kilómetros que protegía la zona romanizada y marcaba la línea divisoria entre Roma y lo que quedaba fuera de ella, en las «tinieblas exteriores».
Muro de Adriano en el norte de Britania
La magna obra es algo impactante y que dicen –parece que no es cierto, pero yo no he estado para asegurarlo– que hasta desde el espacio se puede ver, como la Muralla China. Pero en ambos casos su presencia esconde de fondo una cierta sensación no de fortaleza, sino de temor, y desde luego define un cambio trascendental.
Roma, en cierta forma, renunciaba a avanzar y a expandirse y se colocaba, a partir de ese momento, en posición defensiva y de mantenimiento, disfrute y romanización de todo lo conquistado y que entendía como posible de controlar, administrar y sostener.
Adriano asumió la pluralidad de aquellos inmensos y diversos territorios con las muy diferentes culturas, dioses, hábitos, costumbres y formas y maneras de ser y de actuar. De todas ellas quiso saber y aprender, aunque su predilección por la griega, que consideraba superior, era evidente. Viajó por su Imperio y, de manera que más de la mitad de su tiempo estuvo fuera de Roma, logró que Roma llegara a todos los rincones de lo conquistado y allí dejara su impronta, su cultura, sus leyes y, por supuesto, su control administrativo y su poder militar.
La piedra en su zapato fue siempre Judea. El monoteísmo exclusivo y la negativa de los judíos a aceptar los dioses romanos y a tratar como tales a sus emperadores los percibió siempre como la peor y más obstinada amenaza a su autoridad y a la del Imperio.
La nueva revuelta, en el año 132, lo sacó de quicio y, tras haber derrotado los rebeldes a dos legiones, hizo venir tropas hasta de Britania y los aplastó con la mayor brutalidad. La guerra duró más de dos años, pero al final la poderosa máquina militar romana se impuso, acorraló a los sublevados en las montañas y, tras diezmarlos y derrotarlos, vendió como esclavos a todos cuantos habían logrado sobrevivir. Hizo levantar una estatua de Zeus donde antes estuvo el Templo de Jerusalén y una de Afrodita en el Gólgota, donde había sido crucificado Jesús de Nazaret.
Judea desapareció como provincia y se incorporó a Siria como apéndice, bajo la denominación de Siria-Palestina, cambiando su nombre por el que los enemigos filisteos le daban anteriormente y que ahora se tiene por musulmán, cuando de tal religión no había aún ni noticia de que pudiera surgir algún día.
El episodio se conoce en el Talmud como «la guerra del exterminio» y, aunque la diáspora judía hubiera empezado ya antes, se entiende ese momento como el de su culminación y la consolidación de una situación de desarraigo que iba a durar hasta el inicio del movimiento sionista, ya bien entrado el siglo XIX.
Al nuevo monoteísmo, el cristiano, Adriano le prestó escasa atención. Su doctrinario, tan alejado de sus preferencias helenísticas, ni siquiera le interesó. Lo toleró siempre y cuando no hicieran pública ostentación de su religión.
Pero, sobre todas las cosas, Adriano ha pasado a la posteridad como referente cultural y por su legado arquitectónico en particular, haciendo grandes proyectos urbanísticos y embelleciendo muchas de las ciudades de las diferentes provincias del Imperio. Como muestra, bastará este botón, que refleja también sus predilecciones: hizo restaurar el Partenón de Atenas, ciudad en la que llegó a residir algún tiempo.
Partenón de Atenas
Se las daba él mismo de arquitecto, pero en ello se llevó un severo correctivo de entrada que nunca olvidó ni perdonó tampoco… Cuando tan solo era un protegido de su tío, el emperador, que presenció la escena, le enseñó al famoso Apolodoro de Damasco, encargado de la construcción del Foro de Trajano, un diseño que él mismo había compuesto, con retoques un tanto exóticos y vistosas cúpulas.
Apolodoro lo desdeñó y le dijo que lo dejara en paz y se fuera a «dibujar a otro lado sus calabazas». Adriano no se lo perdonó nunca y, cuando fue nombrado emperador, lo hizo desterrar y hasta parece que, al cabo, ejecutar. Venganzas como esa se le tienen en cuenta y algunas más que perpetró, aunque puestas en marcha con sordina y sin que se le pudieran achacar, también ensombrecen su fama. Varios senadores de los que al principio se le opusieron corrieron igual suerte que Apolodoro.
Pero sí es cierto que le dio a Roma un gran impulso cultural, fundando bibliotecas, revitalizando academias y, en suma, impulsando todo lo que pudo, y pudo mucho, el renacimiento cultural en sus dominios. Él mismo se afanó en escribir algunos tratados filosóficos, aunque fue la poesía lo que más le atrajo siempre.
Villa de Adriano
Para su propio deleite hizo construir, proyectada personalmente por él, la fabulosa Villa Adriana, en Tivoli, donde se dan cita los diferentes estilos y culturas de todo el Imperio. En uno de sus canales, que recrea el Nilo, colocó incluso un cocodrilo. Por fortuna, de piedra.
Sus últimos años de vida fueron penosos debido a su mala salud y a una enfermedad que, unida a una crónica y muy dolorosa inflamación de los riñones, lo fueron deteriorando en medio de crecientes sufrimientos y dolores cada vez más difíciles de soportar.
Hubo quienes vieron en ello el efecto de la maldición que uno de los senadores que había mandado asesinar lanzó sobre él, profetizándole que, al contrario que mientras él deseaba vivir, Adriano iba a desear morir y la muerte se demoraría largamente para hacerlo sufrir más. Esta le alcanzó al fin, el 10 de junio de 138, un año después de la muerte de su esposa, tras cerca de 21 años como emperador.
Sus restos acabaron depositados en el mausoleo que llevó su nombre y hoy, el Vaticano, Castel Sant’Angelo. En su lecho de muerte nos dejó estos versos como postrera reflexión y despedida: «Pequeña alma, blanda, errante, / huésped y amiga del cuerpo, / ¿dónde morarás ahora, / pálida, rígida, desnuda, / incapaz de jugar como antes…?».