José I retratado hacia 1809 por Joseph Flaugier
Dinastías y poder
La profecía de José Bonaparte a Napoleón: «Vuestra gloria se hundirá en España»
José I era consciente de que un pueblo bravo y de convicciones firmes como el español no se plegaría dócilmente a las imposiciones francesas
Napoleón debía mucho a su hermano José. Quizá por eso lo convirtió en rey de España, dejando atrás el reino de Nápoles. Pero su manera de entender la Península era diferente: mientras que el Emperador se presentó a los españoles como el «regenerador de vuestra patria», José I era consciente de que un pueblo bravo y de convicciones firmes como el español no se plegaría dócilmente a las imposiciones francesas. La religión y las tradiciones seculares iban a pesar en el ánimo combativo de los españoles. Y José I advirtió: «Sire, estáis en un error: vuestra gloria se hundirá en España».
José Bonaparte era el hermano mayor de Napoleón. Le llevaba casi dos años. Ambos habían compartido el fervor revolucionario de los días de la Convención e incluso amores con las hermanas Clary, hijas de un acaudalado comerciante de Marsella.
Fue José quien ayudó a encumbrar al general Bonaparte, proponiéndolo para tomar parte en el golpe de Brumario de 1799, que terminaría con la inestabilidad de un Ejecutivo débil como el que representaba el Directorio.
Después llegó el Consulado y, finalmente, un Imperio en el que el nuevo emperador estaba dispuesto a crear una suerte de aristocracia o realeza diferente: la suya. Al hermano menor, Luis, lo hizo rey de Holanda; a Jerónimo, rey de Westfalia; y a José, soberano de Nápoles. Se lo acababa de arrebatar a Fernando IV (en el futuro Fernando I de las Dos Sicilias).
El único que no entró en el juego de los nuevos repartos fue Luciano, quien había ocupado el cargo de embajador en Madrid en 1800. Las chicas, Carolina, Elisa y Paulina, también se beneficiaron de la prodigalidad del corso en las prebendas regias.
Napoleón I. Bonaparte y su Familia, 1832
José Bonaparte vivió entre 1806 y 1808 en Nápoles. Pero cuando Napoleón decidió poner sus garras sobre España, pensó que era el mejor candidato para hacerse cargo del botín peninsular. La nefasta relación entre Carlos IV y su hijo Fernando, así como la debilidad mostrada ante el francés, decidieron al Emperador a quedarse con el trono de los Borbones.
Tras las degradantes abdicaciones de Bayona, José I aceptó un Estatuto aprobado para regir el nuevo destino de los españoles y convertirse en su Rey. Lo hizo en julio de 1808. Poco después, el Emperador lanzaba una proclama a los españoles en la que manifestaba que «quiero que mi memoria llegue hasta vuestros últimos nietos y que exclamen: es el regenerador de nuestra Patria» (25 mayo 1808).
Pero el pueblo español ya estaba en armas. Desde el 2 de mayo, lo que había comenzado como una revuelta —«sedición» en palabras de un Joaquín Murat que se quedaba sin el trono— se convertía en una guerra. Por la independencia o por su identidad; la identidad nacional aun en días de veleidades soberanas.
Quizá en el ánimo de Napoleón estaba la idea de desmembrar España; incorporar al Imperio parte de los territorios situados por encima de la línea del río Ebro y amputar la territorialidad patria. Teníamos también al vecino portugués.
La derrota de Bailén, al poco de comenzar el conflicto, había enfurecido a Napoleón. Y se presentó en España, a las puertas de Chamartín, como magistralmente cuenta Galdós en uno de sus Episodios nacionales. Luego se marchó y dejó a su hermano al frente de una nación enemiga de doce millones de habitantes, bravos y exasperados hasta el extremo.
José I tuvo años de buenas campañas al frente del Ejército y, en 1810, parte de la Península parecía dominada por los franceses. Pero los españoles no se iban a amedrentar. El Empecinado, Espoz y Mina, el cura Merino… erosionaban seriamente la capacidad operativa gala, al tiempo que en Cádiz se ponía en marcha el inicio de la revolución liberal española. ¿Qué pensaba Fernando desde su exilio en Valençay?
Podía no saberlo; estaba lejos, mal informado y las comunicaciones no eran como ahora. Aunque tampoco parece excusa. ¿Pedir como esposa a una hermana de quien le había usurpado el trono?
En 1813, José I abandonaba Madrid. Tras la derrota de su ejército en la batalla de Vitoria, salía definitivamente de España. Y con él, parte del patrimonio artístico de nuestro país. Fue uno de los grandes expolios patrimoniales ejecutados por los franceses.
Pinturas de Velázquez, Mengs, Murillo… y la famosa Peregrina, que, de pertenecer a Felipe II, terminará formando parte del exuberante joyero de Elizabeth Taylor. No el único saqueo, pero sí el nuestro.
José I pasó una temporada en París antes de la derrota final. Leipzig y, finalmente, Waterloo. Quien había ocupado el trono de España huyó a América; a los nacientes Estados Unidos, que habían iniciado su construcción como Estado. Allí vivió unos años e incluso volvió a coquetear con el poder.
Sus hijas, Zenaida y Carlota, que jamás pisaron suelo español, sí lo visitaron en Nueva Jersey. Luego José Bonaparte regresó a Europa. Murió en Florencia, capital del Gran Ducado de Toscana, en 1844. No se había equivocado cuando advirtió a su hermano: «vuestra gloria se hundirá en España».