Trujillo (centro) y Rafael Estrella Ureña (izquierda) prestando juramento como presidente y vicepresidente, 16 de agosto de 1930

Trujillo (centro) y Rafael Estrella Ureña (izquierda) prestando juramento como presidente y vicepresidente, 16 de agosto de 1930

El asesinato de Trujillo: la conspiración que puso fin a 31 años de dictadura en República Dominicana

En 1936, Santo Domingo, la capital, cambió su nombre por el de Ciudad Trujillo, lo que constituye una muestra de la manera en que decidió gobernar

Rafael Leónidas Trujillo (1891-1961), miembro de la Guardia Nacional, ascendió al rango de general de brigada al transformarse la Policía en Ejército Nacional en 1927. Tres años más tarde, fue elegido presidente de la República Dominicana tras una campaña electoral caracterizada por las amenazas y la violencia, que hizo que otros candidatos se retiraran.

Bien personalmente o bien mediante hombres de confianza, durante los siguientes 31 años ejerció el poder de manera autoritaria, gobernando la nación como si se tratara de una hacienda familiar.

En 1936, Santo Domingo, la capital, cambió su nombre por el de Ciudad Trujillo, lo que constituye una muestra de la manera en que decidió gobernar. Su política económica estuvo al servicio de los latifundistas y de las compañías azucareras estadounidenses.

Asimismo, su política exterior se caracterizó por su servilismo hacia Estados Unidos. Una muestra fue la que desarrolló con España, donde había estallado la Guerra Civil. Como Washington reconoció hasta el final al Gobierno del Frente Popular, así lo hizo Trujillo, aunque sus simpatías podían estar más cerca de la España del general Franco.

Al finalizar el conflicto civil, el Gobierno dominicano se mostró dispuesto a acoger a exiliados republicanos, sobre todo técnicos, universitarios, funcionarios, profesores, abogados, médicos y todo tipo de profesionales que necesitaban en la isla. Ello no fue óbice para reconocer al régimen franquista cuando lo hizo Estados Unidos.

Trujillo en Washington, D.C. en 1939

Trujillo en Washington, D.C. en 1939

El 50 % del presupuesto dominicano se destinaba a las Fuerzas Armadas y a la Policía, herramientas del poder de Trujillo, mientras buena parte de la población vivía en la indigencia. La oposición estuvo reprimida, por lo que no resulta extraño que los intentos de atentado contra el dictador provinieran de las mismas familias trujillistas. Los conjurados lo fueron por motivos de venganza personal, por el férreo dominio al que los sometía la Policía, incluso a ellos.

El caso Galíndez fue el origen de la conspiración. Jesús de Galíndez era un español que se exilió en Santo Domingo después de la Guerra Civil. Desde allí se trasladó a los Estados Unidos, donde impartió clases en la Universidad de Colombia, al tiempo que preparaba una tesis doctoral sobre el régimen de Trujillo, con abundancia de denuncias y críticas.

Al enterarse del asunto, el dictador ordenó a sus agentes que Galíndez «desapareciera» en marzo de 1956. El FBI investigó el asunto y creyó encontrar su origen en Trujillo, quien ordenó su secuestro y envío a Ciudad Trujillo, donde fue torturado y asesinado, y su cuerpo, arrojado al mar. También ordenó que se eliminase a todos los testigos, incluido el piloto norteamericano que había pilotado el avión del secuestro.

El coche de Trujillo tras el asesinato del 30 de mayo de 1961

El coche de Trujillo tras el asesinato del 30 de mayo de 1961

El FBI ordenó la detención de Octavio de la Maza, amigo del hijo de Trujillo y organizador del secuestro, pero este miembro de una de las principales familias del país fue encontrado muerto más tarde. Se suicidó por temor a que se descubriera que, además, había asesinado al piloto norteamericano. Antonio de la Maza, hermano del suicida, juró vengarse, por lo que fue uno de los primeros que dispararon contra el dictador el 30 de mayo de 1961.

Ese día, por la noche, Trujillo partió de la capital hacia la ciudad de San Cristóbal en un Chevrolet de color azul cielo, conducido por el chófer Zacarías de la Cruz. Fue seguido por otro automóvil de color negro. Un tercer vehículo, un Oldsmobile, esperó en las afueras de la capital, aparcado en una cuneta, para interceptar el coche presidencial.

Sorprende que el presidente no tuviera ninguna escolta personal para su seguridad. Quizá su megalomanía y su confianza en sí mismo lo llevaron a descartar cualquier intento de asesinato. Sabía que tenía amedrentada a la oposición, pero no llegó a pensar que tendría una respuesta dentro de las familias más ricas.

El coche de los conspiradores comenzó la maniobra de adelantamiento. Al llegar a la altura del de Trujillo, Antonio de la Maza disparó e hirió en el hombro al viajero. Luego sonaron más disparos que destrozaron el cristal trasero del Chevrolet. El chófer quiso huir, pero Trujillo le ordenó que parara, abrió la puerta y disparó su revólver de calibre 38.

Zacarías de la Cruz también cogió una pistola ametralladora que tenía en el asiento de al lado, pero no llegó a disparar el arma, pues cayó al suelo herido por varios disparos. Trujillo logró alcanzar a uno de los atacantes y lo dejó herido, pero cayó al suelo acribillado por nueve balazos.

Ramfis Trujillo, hijo del dictador, regresó de París, donde se encontraba, y ordenó una oleada de represión. Con las declaraciones del chófer y de uno de los asaltantes heridos, se fueron conociendo los nombres de los integrantes de la trama, organizada por Román Fernández, quien fue detenido e ingresó en prisión.

Antonio de la Maza y Juan Tomás Díaz fueron asesinados por miembros del Servicio de Inteligencia Militar, mientras que otros dos conjurados fueron ocultados en el consulado de los Estados Unidos. Seis meses después del atentado, la familia abandonó el país tras una oleada de huelgas, protestas y presión internacional. Se inició una transición democrática, hasta que Juan Bosch fue elegido presidente.

comentarios
tracking

Compartir

Herramientas