Soldados a bajas temperaturas durante la batalla de Teruel

Soldados a bajas temperaturas durante la batalla de Teruel

«Más harto de la carne rusa que de la propaganda», el hombre que desertó en Teruel en 1938

El diario de Paco, la odisea de un católico que fue reclutado por el bando republicano y desertó al bando nacional durante el infierno de Teruel en 1938

«Para los que se quieran pasar tengo yo una buena pistola y una puntería mejor», le dijo el teniente a un soldado de la 219.ª Brigada Mixta del Ejército republicano. Ese soldado se llamaba Paco y llegó a la primera compañía de casualidad. Tras recorrer más de cien kilómetros, parte en tren y casi la mitad a pie, la brigada llegó a la segunda línea del frente de Teruel.

Eran principios de mayo de 1938. Cuando alcanzaron las trincheras, encontraron unos 40 hombres que «nos dicen que de toda su brigada no ha quedado más que un puto batallón y que los otros tres los han aniquilado totalmente». Los que seguían vivos y luchando tuvieron que enfrentarse al frío, a la mala alimentación y a la sarna mientras el bando nacional bombardeaba sin descanso las posiciones republicanas.

La brigada se había trasladado desde Ciudad Real, donde estuvieron unos cuantos días instruyendo a los nuevos reclutas forzosos y al resto de la tropa. A las 7.00 h tocaban diana; le seguía la instrucción. Realizaban marchas y prácticas con el armamento: «He tirado 6 tiros. A decir verdad, no tendrá queja de mí el blanco porque, aunque estaba a 200 m, no ha oído ni el silbido», escribió Paco el 18 de febrero de 1938.

Para preparar el viaje a Teruel, realizaron varias marchas. La más dura fue una de 25 kilómetros en la que el «calor cae como plomo derretido y eso que es invierno. Pobre don Quijote, qué negras las debió pasar por este infierno. A las 5.30 h de la mañana nos han hecho levantarnos para hacer una marcha de las que tanto le gustan al comandante, porque va a caballo», comenta el recluta en su diario.

La comida tampoco era nada agradable, según la crónica, tanto que Paco estaba «ya más harto de la carne rusa que de la propaganda rusa». Unos días intensos que acabaron el 25 de febrero de 1938, cuando la brigada recibió las órdenes de marchar hacia el frente de Teruel.

«Las jóvenes nos despiden con pena y los viejos con alegría porque ya no los molestamos ni pisamos sus huertos», comentó Paco, dejando ver su sentido del humor como recurso en plena guerra y dejando para los historiadores una crónica de esa intrahistoria de lucha cotidiana que vivieron tanto unos como otros durante la Guerra Civil española.

La guerra que nadie quiso

El caso de Paco es el de tantos otros españoles que se vieron obligados a elegir bando cuando empezó la contienda. Siendo católico y poco afín a los comunistas, acabó como «miliciano del Ejército Rojo o republicano en la 219.ª Brigada Mixta, de tendencia comunista, 873.º Batallón, 1.ª Compañía». Pero, ya en el frente de Teruel, esperó el momento adecuado para evadirse al lado nacional.

El 17 de abril de 1938 se produjeron las dos primeras deserciones en plena noche, a las que se sumarían otras tantas en los siguientes diez días. Para evitarlo, el capitán «nos ha nombrado a cuatro para que esta noche vayamos entre las dos líneas de fuego por delante de los escuchas y vigilemos si intenta pasarse alguno», relató en su crónica.

«Como los escuchas ignoraban este servicio, uno de ellos, al divisarnos a ocho metros de distancia, nos ha disparado el fusil creyendo que éramos los nacionales y otro tenía la anilla de una bomba quitada, pero hemos comenzado a gritar». Salvaron la vida y Paco empezó a planificar su fuga.

El primer paso fue estudiar el terreno. Una vez que se lo supo de memoria, pensó que la mejor forma de evadirse era bajar a por agua a una vaguada cercana, junto a la avanzadilla nacional. Por supuesto, logró su objetivo, pero no sin intentos fallidos, varios sustos y una tensión constante que afectó a sus planes en varias ocasiones.

No fue el primero ni tampoco el último, pero, 90 años después del comienzo de esta guerra fratricida, conocer brevemente testimonios como el de Paco sirve para humanizar un conflicto que enfrentó a vecinos, compañeros de trabajo y familias enteras.

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