Carabela San Lesmes

Carabela San Lesmes

Grandes gestas españolas

La gesta de la Carabela 'San Lesmes': la odisea de una nave española en los enigmas de la Historia

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A mediados del siglo XVIII, cuando las grandes potencias europeas comenzaron a internarse en los confines del Pacífico, surgía el enigma: la posibilidad de que marinos españoles hubieran llegado siglos antes a Nueva Zelanda y Australia. Una incógnita con nombre propio: la Carabela San Lesmes, uno de los navíos de la segunda expedición de Juan Sebastián Elcano. Su desaparición en 1526 daba pie a una de las narrativas más fascinantes de la historia de la navegación oceánica.

Carabela San Lesmes

Carabela San Lesmes

La expedición Loaysa-Elcano

Tras culminar Elcano la primera circunnavegación y con ella, la demostración empírica de la esfericidad de la Tierra, Carlos I le encomendó una segunda empresa hacia las Molucas. Y cuatro naos, dos carabelas, un patache y casi medio millar de marinos partían en junio de 1525 desde La Coruña.

Expedición

El monarca le daría el mando de la flota al sacerdote García Jofré de Loaysa. Y aunque este fue estigmatizado a posteriori por los historiadores al haber ocupado el puesto que por mérito hubiera correspondido a Elcano, su figura ha crecido con el tiempo. La travesía fue devastadora: las tormentas desgarraban las velas, y el hambre y el escorbuto abatieron a los hombres. Fue una expedición marcada por la ambición y el peligro, una empresa que exigía atravesar el estrecho de Magallanes, desafiar los vientos australes y adentrarse en el océano más vasto del planeta. Aun así, consiguieron llegar al Pacífico una nao, dos carabelas y el patache.

Elcano y la Victoria. Fuimos los primeros.

Elcano y la Victoria. Fuimos los primeros.Ferrer-Dalmau

Cuando bordeaban la costa oriental de la Isla Grande de Tierra del Fuego, la Carabela San Lesmes se separó del resto de la flota. Fue entonces cuando su capitán, Francisco de Hoces, avistaba el vasto brazo de mar que conecta el Atlántico y el Pacífico entre América y la Antártida: el llamado Mar de Hoces. Debido a la propaganda inglesa, tan imbricada en la Leyenda Negra antiespañola, hoy se cartografía como pasaje de Drake, cuando lo cierto es que el inglés jamás lo cruzó. Fue uno de los momentos fundacionales de la exploración austral y Hoces merece recuperar su lugar en la historia marítima universal.

Pasaje de Drake

La desaparición de la San Lesmes y la Victoria llega a las Molucas

La carabela, tras descubrir el Mar de Hoces, se reunió con la expedición y cruzarían el Estrecho de Magallanes, pero se desataba una galerna gélida y la San Lesmes se perdía sin dejar rastro. Era el 1 de junio de 1526. Un mes después, con apenas cuatro días de diferencia, morían Elcano y Loaysa, dejando a la flota huérfana de mando en el momento más crítico de su travesía.

Urdaneta

Urdaneta

En una vuelta de tuerca, poco más de un año desde que zarparan de La Coruña, como en la primera circunnavegación, quien alcanzaría al fin las Molucas volvía a ser una sola nao y de nombre Santa María de la Victoria. Del medio millar de los embarcados, entre muertos, desaparecidos y desertores, quedaban ciento cinco hombres. Entre ellos, el adolescente Andrés de Urdaneta, que tras once años de aventura, ya marino curtido, descubriría el tornaviaje. La ruta uniría Asia y América y el Galeón de Manila, engarzado con la Flota de Indias, haría a la Monarquía Hispánica ser pionera de la globalización.

Portada de La Carabela San Lesmes de Luis Gorrochategui.

La Carabela San Lesmes se convertía en el espectro errante que siglos después, permitiría a Luis Gorrochategui reconstruir La carabela San Lesmes: El viaje más épico de la historia. El autor, que marcó un antes y un después en la Historia Moderna con su relevante obra Contra Armada, avanza que no se hundió, sino que logró sobrevivir a la furia del Pacífico. El destino de su tripulación, hombres endurecidos por el mar, gallegos en su mayoría, sería extraordinario y escribirían una epopeya que desafía los límites de lo verosímil.

El enigma que emergió del océano

Cuando los europeos del siglo XVIII –como Samuel Wallis o James Cook– exploraron la Polinesia, quedaron sorprendidos al observar que en algunas zonas se cosían redes y se construían embarcaciones siguiendo un sistema muy similar al europeo. Pero hubo algo que les inquietó aún más: entre los tahitianos se distinguía un grupo que se percibía como socialmente superior. Eran más altos, de piel más clara, evitaban los trabajos bajo el sol y algunas de sus mujeres mostraban rasgos inequívocamente occidentales. Los exploradores asistieron a un espectáculo que evocó en ellos el teatro clásico inglés y en el que uno de los instrumentos musicales eran unas castañuelas. Y hubo un elemento adicional que les desconcertó: en sus ceremonias religiosas, los asistentes se sentaban, se arrodillaban y se ponían en pie siguiendo un patrón que recordaba la liturgia de la Santa Misa.

James Cook

James Cook

El territorio, según la historiografía oficial, se mantenía aislado hasta entonces. Sin embargo, resultaba evidente que en aquellas islas se había producido un contacto occidental previo. ¿Y quiénes pudieron ser? Todo apuntaba a los supervivientes de un antiguo naufragio español. Ya en el siglo XIX, el marino Fernández de Navarrete, sugería que la nave que pudo alcanzar aquellas costas, tras perderse en el océano era la carabela San Lesmes. Así nacía un episodio fascinante de la navegación universal que, de la mano de Luis Gorrochategui, emergía con la fuerza de una verdad verosímil.

Raiatea: el refugio probable

Según Gorrochategui, siguiendo las tesis del investigador australiano Robert Langdon, la San Lesmes fue arrastrada hacia una isla en el corazón del Pacífico Sur, probablemente hasta Raiatea, sagrada para los polinesios. Allí, los indígenas auxiliaron a los náufragos, ofreciéndoles agua, alimentos y cobijo. En aquel escenario de palmerales y playas de arena blanca, los marineros españoles encontraron un refugio.

Isla de Raiatea

Isla de Raiatea

Algunos tripulantes intentaron reparar la nave y emprender el regreso a España. Otros, se integraron en la comunidad local, dejando descendencia y generando un intercambio cultural insólito. Con el paso del tiempo, la presencia española se fue diluyendo en la vida cotidiana de la isla.

Hórreo de la Polinesia.

Hórreo de la Polinesia.

Para el autor, la huella genética ofrece una clave para interpretar por qué Pedro Fernández de Quirós, ochenta años después, o James Cook, dos siglos y medio más tarde, se encontraron con indígenas de piel clara, ojos claros y cabellos rubios o pelirrojos que no encajaban en los patrones antropológicos de la región. En su lectura, aquellos rasgos serían el eco remoto de los supervivientes de la San Lesmes.

Indígenas australes de rasgos europeos

Indígenas australes de rasgos europeos

Amplía esa impronta biológica hacia una influencia espiritual. En la isla de Raiatea surgió una religión en torno al dios Oro cuya cosmovisión presenta paralelismos sorprendentes con el cristianismo: un relato de la creación que evoca el Génesis y la existencia de un concepto trinitario cuya sofisticación teológica resulta casi imposible de explicar sin algún contacto previo con la fe europea.

También identifica un impacto en la esfera técnica. La piragua doble con vela latina, la construcción de embarcaciones con casco, el modo de anudar trenzas y cestas a la manera europea, las banquetas de cuatro patas, ciertos tipos de azuelas y hachas, prendas masculinas, la afición por pendientes y brazaletes, e incluso la práctica de aplicar sangrías a los enfermos. Gorrochategui considera que en conjunto, todos estos elementos —técnicos, rituales y sociales— dibujan un patrón que apunta a la presencia y transmisión cultural de los supervivientes de la carabela perdida.

Huellas españolas en Tahití

La presencia española en la zona quedó reforzada por hallazgos posteriores. Cuando llegó dos siglos después Bougainville, el que dio nombre a las famosas flores buganvillas, los polinesios le entregaron una gola, un adorno de cuello moda española del XVI. Demasiada coincidencia para ser casual.

Distintos cascos hallados en las islas

Distintos cascos hallados en las islas

Cuando el vasco Domingo Boenechea halló una cruz en un atolón cercano a Tahití erguida en un territorio jamás evangelizado era otro testigo de un contacto mucho antes de lo que la historiografía admitía. Más revelador aún fue el obsequio que el jefe Tu de Tahití entregó al intérprete y marino Máximo Rodríguez: el Umete, un cuenco sagrado tallado con herramientas metálicas. Según Luis Gorrochategui, aquel metal solo podía proceder de la San Lesmes. El Umete trascendía su condición de objeto ritual: era la memoria material de una epopeya.

El Umete, un cuenco sagrado tallado con herramientas metálicas

El Umete, un cuenco sagrado tallado con herramientas metálicas

En fechas relativamente recientes, en una isla polinesia, el jefe local relató al cartógrafo francés Hervé un episodio transmitido oralmente de generación en generación: un barco de hombres blancos había naufragado en aquellas aguas y su tripulación devorada por los isleños. Hervé pidió que le mostraran el lugar del siniestro y semienterrados en el coral, descubrió cuatro cañones y una pila de piedras de factura y composición inequívocamente europeas. Restos mudos que reforzaban una presencia hispana anterior.

El cañón en la obra de Langdon

El cañón en la obra de Langdon

Nueva Zelanda: la hipótesis extrema

Langdon llevó la teoría más lejos: Algunos tripulantes habrían logrado reparar la carabela y continuar navegando, convirtiéndose en los primeros europeos en pisar hasta Nueva Zelanda. Señaló similitudes lingüísticas entre el maorí y el español, como la palabra pero para designar al perro. Y que la influencia cultural se manifestaba en gestos como el saludo con las manos alzadas que recuerda fórmulas de cortesía europeas; y algo más sorprendente: la construcción de inequívocos hórreos. La mayoría de los tripulantes de la San Lesmes eran gallegos y su memoria material había echado raíces en ese mundo remoto.

Hórreo de la Polinesia.

imagen de otro hórreo de la Polinesia.

La imagen de aquellos marineros, los primeros europeos en contemplar la abrupta orografía de Nueva Zelanda, dialogando con los maoríes, dejando su huella en un territorio que la historia atribuye al holandés Tasman (de donde viene Tasmania) es extraordinaria.

Casco del siglo XVI del Museo de Nueva Zelanda

Casco del siglo XVI del Museo de Nueva ZelandaMuseum of New Zealand Te Papa Tongarewa

También Australia: la ruta secreta

Otra línea interpretativa, defendida por Hervé, sitúa a los supervivientes en Australia, cuyo nombre por cierto proviene de los Austrias españoles. El cartógrafo localizó mapas del siglo XVI que representaban la costa oriental australiana y que, según su hipótesis, pudieron llegar a Europa a través de un marinero gallego capturado por una expedición portuguesa. A partir de estos indicios, concluyó que la San Lesmes navegó por aquellas aguas antes de desaparecer, dejando un legado cartográfico que desafía la historia aceptada.

Mapa de Robert Langdon de la expansión de la descendencia de la tripulación de la San Lesmes

Mapa de Robert Langdon de la expansión de la descendencia de la tripulación de la San Lesmes

En esta lectura, la carabela española se convierte en la primera nave europea en recorrer las costas australianas: décadas antes que los portugueses y siglos antes que los británicos. Una posibilidad que, de confirmarse, reordenaría la cronología de la exploración oceánica y otorgaría a la expedición española un protagonismo insospechado en los confines del mundo conocido.

La carabela y la epopeya oceánica española

Independientemente del destino final de la San Lesmes, se trata de uno de los mayores misterios de la navegación planetaria. La gesta de la carabela, sumida durante siglos en la penumbra historiográfica, y eclipsada por empresas más conocidas, emerge hoy como una epopeya de enorme potencia narrativa y emocional. Un puñado de marineros gallegos perdidos en la inmensidad del océano, capaces de transformar culturas enteras y de anticipar por siglos la presencia europea en Oceanía, obliga a reconsiderar la verdadera dimensión de la expansión española en el Pacífico.

Es tiempo de devolver a la toponimia y a la memoria hispana episodios que, por su grandeza y alcance, merecen ocupar un lugar propio en la tradición marítima universal. La San Lesmes no es solo un enigma: es un contundente recordatorio de que aún quedan capítulos por escribir en la historia de España.

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