Fernando VII y Pedro Sánchez

Fernando VII y Pedro Sánchez

Fernando VII y Pedro Sánchez: dos siglos, dos «felones» y una misma obsesión por sobrevivir

Tanto Fernando VII como Pedro Sánchez comprendieron que en política estar aparentemente derrotado no significa necesariamente haber perdido

«Felón» no es precisamente una palabra que uno escuche mientras toma un café. Suena a siglo XIX, a pronunciamiento militar, levita y Constitución de Cádiz. Sin embargo, doscientos años después ha regresado al vocabulario político español para acompañar, especialmente entre sus adversarios, el nombre de Pedro Sánchez. Y eso lleva a preguntarse quién fue nuestro felón por excelencia y, sobre todo, qué hizo para merecer semejante apodo.

Ese hombre fue Fernando VII, uno de los monarcas que peor recuerdo ha dejado en la historia de España y, paradójicamente, uno de los políticos más hábiles a la hora de conseguir algo que parece mucho más sencillo de lo que realmente es: sobrevivir, resistir. ¿Les suena de algo?

Fernando VII sobrevivió a su padre, Carlos IV; a su principal ministro, Manuel Godoy, a quien detestaba; a Napoleón; a la Guerra de la Independencia; a los liberales de Cádiz; al pronunciamiento de Riego y al Trienio Liberal.

Prometió, conspiró, rectificó, abrazó causas que después abandonaría y se adaptó a las circunstancias con un objetivo que permaneció prácticamente inalterable durante toda su vida: conservar la Corona y ejercer el poder con las menores limitaciones posibles. ¿Empiezan a encontrar ya las similitudes con Pedro Sánchez? Hay muchas más.

Comparar a un monarca absoluto del siglo XIX con el presidente de un Gobierno de una democracia parlamentaria del XXI requiere unas cuantas precauciones, ya que las instituciones no son las mismas, ni lo son las reglas del juego ni, mucho menos, las consecuencias de las decisiones políticas.

Pero la Historia no sirve únicamente para encontrar acontecimientos idénticos, que casi nunca existen. Sirve también para reconocer comportamientos, estrategias y mecanismos de poder que, bajo circunstancias completamente diferentes, presentan semejanzas llamativas.

Fernando VII empezó muy pronto.

Siendo todavía príncipe de Asturias conspiró contra el entorno de su propio padre. La enorme impopularidad de Godoy y el deterioro de la monarquía de Carlos IV convirtieron al futuro Fernando VII en una especie de esperanza nacional.

El motín de Aranjuez de marzo de 1808 precipitó la caída de Godoy y la abdicación de Carlos IV en su hijo. Fernando era entonces «el Deseado». España esperaba de él prácticamente todo, como muchos españoles esperaron mucho de Sánchez tras la moción de censura de 2018. Pero para ambos aquello duró poco porque pronto empezaron a dar su verdadera cara.

Napoleón aprovechó la crisis de la familia real española para llevar a Carlos IV y Fernando VII hasta Bayona. Allí se produjo una de las páginas más humillantes de nuestra historia monárquica: padre e hijo terminaron renunciando a sus derechos y Napoleón colocó en el trono español a su hermano José Bonaparte.

Fernando VII tenía que decidir qué clase de rey quería ser y decidió declarar nula la Constitución

Mientras España se levantaba contra los franceses en nombre de Fernando VII, el propio Fernando permanecía en Valençay. Y mientras los españoles combatían, morían y elaboraban en Cádiz una Constitución que proclamaba la soberanía nacional, el rey cautivo mantuvo una actitud hacia Napoleón bastante menos heroica de lo que posteriormente quiso recordar la propaganda fernandina.

Cuando regresó a España en 1814 lo hizo convertido nuevamente en símbolo. Habían pasado seis años. Napoleón había sido derrotado y los españoles esperaban recuperar al rey por el que habían luchado. Pero durante su ausencia había ocurrido algo extraordinario: las Cortes de Cádiz habían aprobado en 1812 una Constitución que limitaba el poder de la Corona y convertía a España en una monarquía constitucional.

Fernando tenía entonces que decidir qué clase de rey quería ser y decidió declarar nula, el 4 de mayo de 1814, la Constitución junto a la obra legislativa de las Cortes. Fallaba así a su primera promesa para con su pueblo.

El Borbón restauró el absolutismo y comenzó la persecución de numerosos liberales que, paradójicamente, habían defendido sus derechos al trono durante la ocupación francesa.

Pedro Sánchez no llegó al poder prometiendo abolir una Constitución, aunque se la salta

Y fue ahí donde se empezó a entender el apodo, ya que la acusación que acompañaría a Fernando VII no fue únicamente la de gobernar como un absolutista, sino la de haber defraudado sucesivamente las expectativas de quienes habían confiado en él. El Deseado terminó convertido en el Felón porque no cumplía nada de lo prometido.

Y aquí aparece también el primer punto de contacto con nuestra política actual.

Pedro Sánchez no llegó al poder prometiendo abolir una Constitución, aunque se la salta, por ejemplo, al no presentar presupuestos anualmente.

Ciertamente, no puede establecerse una equivalencia idéntica, pero una parte importante de la crítica que recibe no se refiere únicamente a las decisiones que ha tomado, sino a la distancia entre algunas de ellas y las posiciones que él mismo había defendido anteriormente.

Pactos que descartó, acuerdos con fuerzas cuya participación en la gobernabilidad había rechazado o una ley de amnistía que durante años el PSOE sostuvo que no tenía cabida constitucional terminaron formando parte de su acción política. O, en román paladino, «donde dije digo, digo Diego».

La cuestión interesante, por tanto, no consiste en decidir si Pedro Sánchez es Fernando VII. Evidentemente no lo es

La cuestión interesante, por tanto, no consiste en decidir si Pedro Sánchez es Fernando VII. Evidentemente no lo es. La cuestión es otra: ¿por qué, dos siglos después, algunos españoles han recuperado precisamente aquella palabra para describir a un presidente del Gobierno? Para entenderlo quizá haya que observar algo que Fernando VII dominó extraordinariamente bien: el arte de sobrevivir cuando todos creen que estás políticamente acabado.

Y en eso, en sobrevivir cuando muchos ya han escrito tu epitafio político, Fernando VII fue un auténtico especialista.

En 1820, seis años después de haber restaurado el absolutismo, el pronunciamiento del teniente coronel Rafael del Riego obligó al rey a aceptar precisamente aquella Constitución de Cádiz que había anulado en 1814. Comenzaba el Trienio Liberal y Fernando VII volvía a encontrarse ante una situación que no había elegido. Su reacción fue adaptarse, pero solo en teoría.

El 10 de marzo pronunció aquella frase que terminaría persiguiéndolo: «Marchemos francamente, y yo el primero, por la senda constitucional». El problema es que Fernando no tenía intención alguna de recorrerla durante demasiado tiempo. Provoca una sonrisa comprobar el paralelismo con nuestro actual jefe del Ejecutivo.

Durante los tres años siguientes convivió con el régimen constitucional mientras maniobraba para librarse de él. Finalmente, en 1823, la intervención francesa de los Cien Mil Hijos de San Luis permitió restaurar nuevamente su poder absoluto. Fernando VII regresaba al punto de partida después de haber jurado una Constitución que no respetaba y de haber convivido con un sistema político que pretendía destruir.

Es aquí donde la comparación con Pedro Sánchez se vuelve más interesante, siempre salvando una distancia fundamental: Fernando VII era un monarca que aspiraba al poder absoluto; Sánchez es presidente dentro de una democracia constitucional, sometido a elecciones, Parlamento, tribunales y al resto de contrapesos institucionales. Confundir ambos escenarios sería hacer mala Historia, pero las formas de conservar el poder sí permiten muchas comparaciones.

Pedro Sánchez también ha demostrado una capacidad de supervivencia política extraordinaria

Pedro Sánchez también ha demostrado una capacidad de supervivencia política extraordinaria. En 2016 dimitió como secretario general del PSOE después de perder el pulso con buena parte de la dirección de su partido. Parecía acabado, pero meses después recorrió España para recuperar el liderazgo enfrentándose al aparato socialista y ganó las primarias.

En 2018 llegó a la presidencia mediante una moción de censura contra Mariano Rajoy. Después llegaron elecciones, repetición electoral, una coalición con Podemos que antes había rechazado y, tras las elecciones de 2023, una nueva investidura sustentada en una mayoría parlamentaria que necesitó también los votos de Junts. Y con ellos llegó la amnistía.

Durante años, dirigentes socialistas, incluido el propio Sánchez, habían rechazado esa posibilidad. Tras las elecciones generales de julio de 2023, cuando los votos independentistas resultaron imprescindibles para alcanzar la investidura, la posición cambió.

Aquí aparece una de las características que explican por qué sus detractores recurren a una palabra tan antigua como «felón». No porque Sánchez pueda compararse jurídicamente con Fernando VII ni porque las decisiones de uno y otro tengan la misma naturaleza, sino porque el término contiene una acusación política muy concreta: la ruptura de la palabra dada cuando las circunstancias del poder cambian. Fernando VII hizo de esa capacidad de adaptación casi un sistema de gobierno.

Pero existe otro elemento común mucho más interesante: ambos comprendieron que en política estar aparentemente derrotado no significa necesariamente haber perdido.

Fernando fue el Deseado, después el rey absoluto, más tarde el monarca constitucional que decía marchar el primero por la senda constitucional y, finalmente, volvió a ser absoluto.

Sánchez fue el secretario general expulsado por su propio partido, el candidato que recuperó ese partido, el dirigente que aseguró que no pactaría con determinadas fuerzas y el presidente que terminó necesitando algunas de ellas para continuar en La Moncloa. Los contextos no pueden ser más diferentes, pero la lógica de supervivencia resulta idéntica.

También lo es la relación con los aliados. Fernando VII se apoyó en unos u otros según las necesidades del momento y terminó decepcionando incluso a algunos de los absolutistas que habían esperado de él una política todavía más radical. Los últimos años de su reinado estuvieron marcados por tensiones dentro del propio campo absolutista y por el problema sucesorio que acabaría desembocando, después de su muerte, en la Primera Guerra Carlista.

Sánchez, por su parte, ha construido mayorías parlamentarias con partidos que mantienen proyectos políticos profundamente diferentes entre sí y, en algunos casos, también del PSOE. La comparación debe detenerse ahí: pactar en un Parlamento forma parte de la normalidad democrática. Lo históricamente interesante es observar hasta qué punto la necesidad de conservar una mayoría puede transformar posiciones que anteriormente parecían innegociables.

Fernando VII murió el 29 de septiembre de 1833. Había conseguido algo extraordinario: después de invasiones, guerras, revoluciones, conspiraciones y pronunciamientos, murió siendo rey. Podría decirse que ganó. Y, sin embargo, perdió una batalla que ningún gobernante puede librar mientras ocupa el poder: la de la posteridad.

El hombre al que los españoles habían llamado «el Deseado» terminó pasando a los libros como «el Rey Felón». Poco importaron entonces sus victorias tácticas, las conspiraciones que había conseguido superar o las veces que había logrado regresar al poder cuando parecía perdido. La Historia hizo su propio balance.

Con Pedro Sánchez ocurre algo que a veces olvidamos cuando analizamos nuestro presente: todavía estamos demasiado cerca. Sus partidarios ven en él a un político extraordinariamente resistente, capaz de negociar en un Parlamento fragmentado y de sobrevivir a situaciones que habrían terminado con la carrera de muchos otros.

Sus detractores ven exactamente en esa misma capacidad otra cosa: un dirigente dispuesto a modificar sus posiciones con tal de mantenerse en el poder. De ahí que se haya recuperado para él el viejo calificativo de «felón».

Quién tiene razón no puede decidirlo este artículo porque existe una diferencia enorme entre Fernando VII y Pedro Sánchez que nada tiene que ver con absolutismo o democracia: a Fernando VII ya lo ha juzgado la Historia y a Pedro Sánchez todavía no.

Pero lo hará.

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