Voltaire encarcelado en la Bastilla escribiendo La Henriada en 1728. Obra de Francois Bouchot

Voltaire encarcelado en la Bastilla escribiendo La Henriada en 1728. Obra de Francois Bouchot

Cómo la Ilustración francesa convirtió la Leyenda Negra española en una verdad aceptada por Europa

Tras fracasar durante siglos en el campo de batalla, la Francia ilustrada terminó imponiéndose en un terreno mucho más duradero: el de las ideas

Durante buena parte del siglo XVI, Francia fue incapaz de derrotar militarmente a la Monarquía Hispánica. Francisco I cayó prisionero en la batalla de Pavía en 1525; las victorias españolas de San Quintín (1557) y Gravelinas (1558) consolidaron la hegemonía de Felipe II, y la Paz de Cateau-Cambrésis, firmada en 1559, confirmó el predominio español en Europa durante décadas.

Sin embargo, dos siglos después, Francia terminaría imponiéndose en una batalla mucho más importante que cualquiera de aquellas campañas militares: la del relato.

La Leyenda Negra no nació en París. Sus primeros grandes impulsores fueron los rebeldes de los Países Bajos y la propaganda protestante inglesa. Pero fue Francia quien logró algo mucho más trascendente: transformar un conjunto de panfletos políticos y religiosos en un discurso intelectual aceptado por buena parte de Europa. Dicho de otro modo, convirtió la propaganda en cultura.

Quizá esa sea la razón por la que, todavía hoy, muchos de los tópicos sobre la historia de España siguen pareciendo verdades indiscutibles.

Cuando la propaganda dejó de parecer propaganda

Las campañas antiespañolas del siglo XVI tenían un objetivo muy concreto: justificar guerras, rebeliones o rivalidades religiosas.

Guillermo de Orange necesitaba convencer a Europa de que la rebelión contra Felipe II era una causa justa. Inglaterra, inmersa en su pugna con la Monarquía Hispánica por el dominio de los mares, encontró en la imagen de una España fanática y cruel un eficaz instrumento de propaganda.

Felipe II, rey de España, reprende a Guillermo I, príncipe de Orange, en Vlissingen a su partida de los Países Bajos en 1559

Felipe II, rey de España, reprende a Guillermo I, príncipe de Orange, en Vlissingen a su partida de los Países Bajos en 1559

Pero el siglo XVIII cambió las reglas del juego. La Ilustración francesa ya no hablaba desde los campos de batalla, sino desde los salones, las academias, las universidades y las imprentas. El discurso adquiría una apariencia racional y filosófica que le otorgaba una autoridad muy superior a la de los antiguos panfletos de guerra.

España dejó de ser presentada únicamente como una potencia violenta. Comenzó a aparecer como el ejemplo perfecto de todo aquello que los ilustrados franceses decían querer superar: el fanatismo religioso, el atraso intelectual, la intolerancia y la incapacidad para abrazar el progreso.

Aquella transformación resultó decisiva. La propaganda ya no parecía propaganda. Parecía conocimiento.

Voltaire y la construcción de un país atrasado

Pocas figuras simbolizan mejor ese cambio que Voltaire. Aunque nunca dedicó una obra monográfica a España, sus escritos contribuyeron decisivamente a consolidar una imagen profundamente negativa de nuestro país. Para él, España representaba el peso de la superstición, la influencia excesiva de la Iglesia y la resistencia a las ideas ilustradas.

No fue un caso aislado. Montesquieu recurrió con frecuencia al ejemplo español para ilustrar formas de gobierno que consideraba incompatibles con la libertad política. El abate Raynal presentó la colonización española de América como paradigma de la barbarie europea. Denis Diderot y otros colaboradores de la Encyclopédie reforzaron esa visión al identificar repetidamente a España con el oscurantismo.

No se trataba de un discurso uniforme ni de una conspiración organizada. Cada autor tenía sus propios intereses y matices. Pero, en conjunto, todos contribuyeron a fijar una misma idea: si Francia representaba la razón, España debía encarnar exactamente lo contrario.

El país que desapareció de la historia

Lo más llamativo no fue únicamente lo que aquellos autores escribieron sobre España, sino todo aquello que dejaron fuera. Mientras Europa comenzaba a aceptar la imagen de una España atrasada e incapaz de generar pensamiento propio, apenas se mencionaba que en las universidades españolas había surgido una de las escuelas intelectuales más influyentes del Renacimiento.

Francisco de Vitoria formuló principios que hoy se consideran precedentes del Derecho Internacional. Domingo de Soto reflexionó sobre la justicia social, la economía y los derechos humanos. Francisco Suárez ejercería una enorme influencia sobre pensadores europeos durante siglos.

La llamada Escuela de Salamanca debatió cuestiones extraordinariamente avanzadas para su tiempo: la legitimidad del poder político, los límites de la guerra, la dignidad de los pueblos indígenas o el derecho de gentes. Sin embargo, esa realidad apenas encontraba espacio en el relato ilustrado que comenzaba a consolidarse.

Tampoco encajaban otros hechos incómodos para la narrativa antiespañola: las Leyes de Burgos de 1512, las Leyes Nuevas de 1542 o la célebre controversia de Valladolid, uno de los primeros debates públicos de la historia sobre los derechos de los habitantes de un territorio conquistado. Nada de ello significaba que la Monarquía Hispánica estuviera exenta de abusos o contradicciones.

Como cualquier gran potencia europea de la época, acumuló episodios de violencia y decisiones hoy difíciles de justificar. Pero convertir esos hechos en una supuesta excepcionalidad exclusivamente española suponía ofrecer una imagen profundamente incompleta del pasado.

Cuando el relato sobrevivió a los hechos

El éxito de la Ilustración francesa fue extraordinario porque consiguió algo que las campañas propagandísticas anteriores no habían logrado. Los panfletos del siglo XVI estaban destinados a movilizar aliados o justificar conflictos concretos. Los libros de los ilustrados, en cambio, pasaron a formar parte de la cultura europea.

Sus ideas fueron estudiadas en universidades, reproducidas en manuales escolares y difundidas durante generaciones como si describieran una realidad objetiva. Con el paso del tiempo, muchas de aquellas interpretaciones dejaron incluso de identificarse con Francia. Se incorporaron al imaginario occidental hasta el punto de que numerosos españoles terminaron aceptándolas como una explicación natural de su propia historia.

Quizá ahí resida la mayor victoria de la Leyenda Negra. No consiguió únicamente desacreditar a la principal potencia del siglo XVI. Consiguió algo mucho más difícil: moldear durante siglos la forma en que Europa –y, en ocasiones, los propios españoles– interpretó el pasado de la Monarquía Hispánica.

España ganó numerosas guerras contra Francia. Pero la batalla de la memoria histórica siguió otro camino. En ese terreno, fueron los ilustrados franceses quienes lograron una victoria mucho más duradera que cualquiera obtenida en un campo de batalla.

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