Los tópicos de la Leyenda Negra usados por la prensa británica para justificar las independencias de América. Grabado del inglés Theodore de Bry
La gran campaña contra España: los tres países que más difundieron la Leyenda Negra y por qué lo hicieron
A lo largo de los siglos XVI, XVII y XVIII, distintas potencias rivales de la Monarquía Hispánica, movidas por intereses políticos, religiosos o estratégicos, fueron construyendo un relato que presentaba a España como una nación excepcionalmente cruel, fanática, atrasada e intolerante
Durante siglos, Europa libró una guerra mucho más silenciosa que las que decidían el destino de reyes y fronteras. No se combatía con arcabuces ni con cañones, sino con panfletos, grabados, libros y sermones. Su objetivo no era conquistar ciudades, sino moldear la opinión pública. Aquella batalla terminó dando lugar a uno de los fenómenos propagandísticos más duraderos de la historia occidental: la leyenda negra.
El término fue popularizado por Julián Juderías en 1914, aunque el fenómeno era muy anterior. A lo largo de los siglos XVI, XVII y XVIII, distintas potencias rivales de la Monarquía Hispánica fueron construyendo un relato que presentaba a España como una nación excepcionalmente cruel, fanática, atrasada e intolerante. Cada una añadió nuevas piezas al mismo puzle y lo hizo movida por intereses políticos, religiosos o estratégicos.
No existió un único inventor de la leyenda negra. Fue una construcción colectiva. Pero si hubiera que señalar a los tres grandes focos desde los que se difundió con mayor intensidad, habría que mirar hacia las Provincias Unidas, Inglaterra y, más tarde, la Francia ilustrada.
Las Provincias Unidas: la propaganda al servicio de la rebelión
La primera gran ofensiva propagandística surgió durante la rebelión de los Países Bajos contra Felipe II. Guillermo de Orange comprendió muy pronto que derrotar militarmente al imperio más poderoso del mundo sería mucho más difícil si antes no conseguía convencer a Europa de que aquella rebelión era moralmente legítima. La guerra debía librarse también en las imprentas.
Con ese propósito publicó en 1580 su célebre Apología, un texto en el que retrataba a Felipe II como un tirano dispuesto a aplastar las libertades de sus súbditos. Aquella obra circuló por toda Europa acompañada de una intensa producción de panfletos y grabados que exageraban o directamente inventaban atrocidades atribuidas a las tropas españolas.
La figura del duque de Alba terminó convirtiéndose en el gran símbolo de esa propaganda. Su actuación en los Países Bajos fue presentada como prueba de una supuesta crueldad inherente al carácter español, y se ignoraba que la violencia era una constante en las guerras de religión que asolaban la Europa del siglo XVI. Aquella campaña tenía un objetivo muy concreto: legitimar la independencia de las Provincias Unidas y atraer el apoyo de las potencias protestantes.
Inglaterra: convertir a España en el enemigo de la libertad
Si los rebeldes neerlandeses utilizaron la propaganda para justificar una revolución, Inglaterra supo convertirla en un instrumento de política internacional.
La rivalidad entre Isabel I y Felipe II se desarrolló tanto en los océanos como en las imprentas londinenses.
Obras como el Book of Martyrs, de John Foxe, contribuyeron a identificar a España con el fanatismo religioso y la persecución de los protestantes. Poco después, autores como Richard Hakluyt o Samuel Purchas reforzaron esa imagen al presentar la expansión colonial inglesa como una empresa civilizadora frente a una colonización española reducida exclusivamente a la violencia.
La estrategia no era casual. Inglaterra aspiraba a disputar a la Monarquía Hispánica el dominio marítimo y comercial. Desprestigiar al principal rival facilitaba justificar su propia expansión.
Resulta llamativo que esa narrativa se consolidara precisamente cuando Inglaterra comenzaba a construir un imperio que también recurriría a la guerra, la esclavitud o la represión. Sin embargo, esos episodios apenas condicionaron su imagen internacional con la misma intensidad con la que lo hicieron los atribuidos a España.
Francia: cuando la propaganda se hizo respetable
En el siglo XVIII la leyenda negra cambió de escenario. Ya no fueron los panfletos de guerra quienes marcaron el discurso, sino algunos de los intelectuales más influyentes de la Ilustración francesa.
Voltaire, Montesquieu, Raynal o Diderot convirtieron a España en el ejemplo perfecto de aquello que, según ellos, impedía el progreso: el peso de la religión, la intolerancia, el inmovilismo político y el atraso cultural. La imagen del español dejó de ser únicamente la del soldado cruel para transformarse también en la del ciudadano incapaz de incorporarse a la modernidad.
Sin embargo, esa visión omitía aspectos esenciales de la realidad histórica. España había impulsado la primera globalización, desarrollado una extensa red universitaria, creado instituciones inéditas para gobernar territorios situados a miles de kilómetros y protagonizado debates jurídicos y morales tan avanzados como la conocida controversia de Valladolid sobre los derechos de los indígenas. Pero la enorme influencia cultural de la Ilustración francesa hizo que aquella visión terminara imponiéndose en buena parte de Europa.
La victoria del relato
La gran paradoja es que ninguno de los países que más contribuyó a difundir la leyenda negra estuvo libre de guerras religiosas, persecuciones o episodios de violencia colonial. Inglaterra persiguió a los católicos, Francia protagonizó algunas de las guerras de religión más sangrientas del continente y las Provincias Unidas construyeron también un vasto imperio colonial.
No se trata de negar los errores de la Monarquía Hispánica ni de idealizar su pasado. Toda gran potencia europea acumuló episodios de violencia, intolerancia y abusos. Lo que diferencia el caso español es la extraordinaria eficacia de la propaganda que logró presentar esos hechos como si fueran exclusivos de España.
Quizá esa sea la mayor victoria de la leyenda negra. No solo consiguió influir durante siglos en la percepción internacional de nuestro pasado. También logró que muchos españoles terminaran aceptando como excepcional una imagen construida, en buena medida, por quienes tenían interés en debilitar a la principal potencia de su tiempo.
España ganó innumerables batallas en los campos de Europa y de América. La batalla del relato, sin embargo, terminó perdiéndola. Y quizá sea precisamente por eso por lo que, cuatro siglos después, seguimos discutiendo sobre una propaganda que nació para combatir a la Monarquía Hispánica, pero cuyos efectos todavía sobreviven en el imaginario colectivo.