De izquierda a derecha, Juan Negrín (de blanco), Indalecio Prieto y el general Vicente Rojo

De izquierda a derecha, Juan Negrín (de blanco), Indalecio Prieto y el general Vicente Rojo

La apuesta de Juan Negrín por prolongar la Guerra Civil hasta el estallido de la Segunda Guerra Mundial

Negrín habría confiado en que la prolongación de la Guerra Civil permitiera a la República enlazar con una futura contienda europea y recibir el apoyo de Francia y el Reino Unido. Sin embargo, fue Hitler quien se instaló al otro lado de los Pirineos tras ocupar Francia

¿Qué habría pasado si la guerra civil española hubiera continuado hasta la Segunda Guerra Mundial? La pregunta no es tan descabellada: apenas mediaron cinco meses entre el final de la Guerra Civil española, el 1 de abril de 1939, y el comienzo de la Segunda Guerra Mundial, el 1 de septiembre del mismo año.

Y es, desde luego, lo que deseaba y preconizaba el presidente del Gobierno español de la Segunda República, Juan Negrín, del PSOE. Eso sí, no desde Barcelona, no desde Valencia, no desde Madrid, no desde ningún campo de batalla, faltaría más, sino desde su dorado «exilio» en París, donde llevaba a cabo una vida algo más que acomodada y hasta ciertamente «disipada», asiduo visitante, como era, de los mejores locales de la capital gabacha.

Las esperanzas de Negrín se cifraban, sin duda, en que, al otro lado de los Pirineos, estaría el Gobierno de Édouard Daladier, perteneciente al Partido Radical Francés, de tendencia socialista, tal vez acompañado incluso de sus hipotéticos aliados británicos.

Sin embargo, quien se instalará al otro lado de la cadena montañosa desde junio de 1940, solo nueve meses después de haber empezado la guerra mundial, será el mismísimo Adolf Hitler en persona.

Lo hace después de haber conquistado Francia en un verdadero paseo militar de apenas seis semanas y de haber entrado en París sin pegar un tiro ni causar una sola muerte. Con un ejército que, después de todo, ni siquiera era especialmente grande: unos diez mil efectivos, soldado más, soldado menos.

Pacto Ribbentrop-Mólotov Alemania nazi con la Unión Soviética

Pacto Ribbentrop-Mólotov Alemania nazi con la Unión Soviética

Llegar a semejante situación fue posible gracias a la alianza germano-soviética establecida el 23 de agosto de 1939 mediante el conocido como Pacto Mólotov-Ribbentrop, que estaría vigente casi dos años y sería roto unilateralmente por los alemanes cuando, en junio de 1941, Alemania entró en la Unión Soviética sin previo aviso, con un ejército que no tenía diez mil soldados, como en París, sino casi cuatro millones, cuatrocientas veces más.

Gracias al pacto en cuestión, la Unión Soviética pudo atacar y ocupar su parte de Polonia, Lituania, Letonia, Estonia, Besarabia y Moldavia, así como Finlandia, aunque allí no pudo derrotar al Ejército finés y solo logró ocupar una pequeña parte del territorio: Carelia.

En pago de todo ello, la Unión Soviética dejó las manos libres a Alemania en toda Europa occidental, Francia incluida, hasta el punto de dar instrucciones al Partido Comunista Francés para que no opusiera resistencia alguna a la ocupación germana. A ello este respondió con total sumisión, mediante la publicación del manifiesto Il faut faire la paix («Hay que hacer la paz»), en el que afirmaba:

«La guerra que se ha impuesto al pueblo francés, y que es casi el único que la soporta, ya no es, en realidad, una guerra antifascista y antihitleriana. Nosotros pensamos que podemos lograr una paz duradera y la seguridad francesa sin empujar a millones de hermanos a la muerte y sin hacer de Francia un vasto cementerio. La paz, la paz duradera, es el grito que se eleva desde las profundidades del país, y los antihitlerianos más feroces saben que la política reaccionaria de los Gobiernos de Londres y París sirve a Hitler, en lugar de debilitarlo».

Volviendo a nuestra España, con Hitler en la frontera y, para colmo, unido a Stalin por un pacto de hierro, lo más fácil es suponer que la Unión Soviética no habría presentado oposición alguna a que Alemania entrara en nuestro país igual que lo había hecho nueve meses antes en París.

Eso seguramente, como antes en Francia, también habría ido acompañado de una declaración del Partido Comunista Español –y, muy probablemente, también del Partido Socialista Obrero Español, que con tanta devoción lo atendía y obedecía– en la que se invitara al pueblo a no resistirse a la entrada hitleriana.

Lo que hubiera pasado después, con el Ejército alemán plantado ante el estrecho de Gibraltar y cerrando, sin excesivas dificultades, el mar Mediterráneo, es más difícil de prever, pero, sin duda, el desarrollo de la Segunda Guerra Mundial habría sido, por lo menos, un poco diferente.

A algo parecido, pues, a un nuevo paseo militar alemán por Europa occidental, invadiendo esta vez la República española, habría conducido el enorme esfuerzo económico y humano que Negrín pedía a los sufridos soldados que aún combatían en España, convertidos en miserable carne de cañón, mientras él se hallaba ya en México, repartiéndose, o más bien disputándose a cara de perro con Indalecio Prieto, el suculento cargamento del barco Vita, sacado de España el 10 de marzo de 1939: un fabuloso tesoro producto del expolio realizado en checas, iglesias, cajas fuertes y museos de todo el país.

En pago de todo esto, en 1995 el Estado español nacido de la Transición indemnizaría a la familia del ya difunto Juan Negrín con 287 millones de pesetas, una fabulosa cantidad de dinero con la que entonces se podían comprar en Madrid hasta 30 buenos pisos de cien metros cuadrados cada uno.

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