Varias personas durante el Desembarco Vikingo de la LXVI Romaría Vikinga en Catoira, a 2 de agosto de 2026, en Catoira, Pontevedra, Galicia (España). La fiesta del Desembarco Vikingo en Catoira, también conocida como la Romería Vikinga, es una de las celebraciones más singulares y reconocidas de Galicia, declarada de Interés Turístico Internacional. Su historia y significado nacen de la posición estratégica de Catoira en la desembocadura del río Ulla, en las inmediaciones de las Torres del Oeste, una fortaleza construida entre los siglos IX y XIII para defender el acceso al corazón de Galicia y, especialmente, a Santiago de Compostela, frente a los ataques de vikingos y piratas normandos y sarracenos.

Elena Fernández / Europa Press
02/8/2026

Representación teatralizada del desembarco vikingo en Catoira, GaliciaEuropa Press

La fallida invasión vikinga de ‘Jakobsland’, la Tierra de Santiago

En el 844, pueblos vikingos intentaron conquistar Galicia

Amanecía temprano en aquella primavera tardía en la isla sagrada. Los monjes se preparaban para rezar las laudes cuando contemplaron varios barcos acercarse al pequeño istmo de arena que unía la isla con la costa en marea baja.

No eran barcos de pescadores o de mercancías, sino embarcaciones extrañas, muy estilizadas, con velas cuadradas y con numerosas filas de remos. En la proa tenían esculpidas unas amenazadoras cabezas de dragón. Nunca habían visto naves así, aunque se había corrido el rumor que en Wessex, los ocupantes de tres barcos similares habían matado a un funcionario real apenas cuatro años antes, pero nada de eso había ocurrido nunca en Northumbria.

Sin embargo, aquel 8 de junio del 793, el monasterio de la isla sagrada se vio, repentinamente, asaltada por los hombres del norte. Fue un ataque brutal. Saquearon y destruyeron el monasterio de Lindisfarne, mataron, a sangre fría, a monjes y a personas indefensas, raptaron a hombres, mujeres y niños, que les parecieron sanos, para traficarlos como esclavos e incendiaron algunas casas. El asalto a Lindisfarne sacudió a toda la cristiandad. La era de los vikingos había comenzado.

Desde entonces, aquellos adoradores del dios tuerto Odín asolaron con sus drakkars las costas de los actuales Reino Unido y Francia e incluso fundaron el ducado de Normandia, (Normannia en latín medieval, tierra de los hombres del norte).

Pero me interesa aquí hablar del intento de invasión de Jakobsland, la tierra de Santiago, que es como denominaban los escandinavos a Galicia, la región más sagrada de la Iberia cristiana, a donde peregrinaban miles de católicos, desde todos los reinos europeos, para visitar la tumba del apóstol.

Pero, curiosamente, la primera incursión vikinga no llegó a Jakobsland con motivo de las riquezas del templo que albergaba su tumba, sino que se trató de una expedición de saqueo que pretendía adentrarse por el río Garona y que se vio sorprendida por una gran tormenta que los desvió hacia el noroeste ibérico.

Allí, en el 844, reinando Ramiro I, asolaron algunas pequeñas villas costeras, hasta que un ejército cristiano le sale al paso y los derrota en las cercanías del Farum Brecantium, la torre de Hercules.

No obstante, en estos relatos altomedievales, las crónicas, (como los annales Bertiniani en este caso), no son siempre precisas y, en ocasiones, la realidad se funde con el mito.

Este es el caso del obispo Gonzalo, al que algunos de sus feligreses acudieron reclamando auxilio, cuando vieron varios drakkar en el horizonte dirigiéndose a la desembocadura del río Masma, (la actual ciudad de Foz). El venerable Gonzalo rezó desde un acantilado y en respuesta a sus oraciones una fuerte tormenta mandó a pique a las naves.

En el 858 una gran flota de 100 naves, lideradas por los hijos del legendario Ragnar Lodbrok atacó Iria Flavia y pusieron sitio a la propia Compostela. Fueron derrotados por el Conde Pedro y huyeron, aunque los supervivientes continuaron asaltando algunos pueblos costeros de las Rías Bajas.

No obstante, la verdadera invasión de Jacobsland se producirá un siglo más tarde. En el año 968 el segundo duque de Normandia solicita refuerzos a sus parientes escandinavos frente a la amenaza de los francos, pero una vez derrotados estos, el jarl Gudrød y sus vikingos no paran de crear altercados con los locales, razón por la que el duque le animó a conquistar la rica tierra de Santiago, de la que hablaban los peregrinos.

Gudrød o Gunderedo, según las fuentes cristianas, se dirigió a Galicia con 200 naves. Al llegar, dividió sus fuerzas. 100 naves atacaron el norte y se dirigieron a la actual ciudad de Lugo, que logró defender el obispo Hermenegildo, gracias, en gran medida, a la fortaleza de las antiguas murallas romanas, lo que no impidió que saqueasen y señoreasen todas las tierras de Bretoña, (entonces una muy amplia comarca de la provincia de Lugo y de la Asturias occidental).

Las otras cien se dirigieron a la Ría de Arosa, remontan el Ulla hasta Iria Flavia, en donde desembarcan y se dirigen a Santiago. A unos 10 km al sur de Compostela le sale al paso el obispo Sisnando con su hueste. En esta ocasión, los cristianos fueron barridos por los nórdicos, especialmente tras el flechazo que recibe Sisnando, que le causa la muerte y que desmoraliza a los defensores. Tras la derrota de Fornelos los vikingos permanecerán tres años en Galicia.

Es entonces cuando surge la figura de uno de los nobles gallegos más importantes de finales del siglo X. El conde Gonzalo Sánchez. Gonzalo, vinculado a la corona leonesa, había nacido hacia el año 920 y se había distinguido como un gran militar en la lucha de frontera frente a los musulmanes.

En el 970 comienza a armar un importante ejercito para enfrentarse a los invasores vikingos y ese mismo año tendrá lugar una gran batalla en un lugar indeterminado de la Ría de Ferrol. Durante el combate fallece Gunderedo y los cristianos se alzan con el triunfo, liberando a los esclavos, recuperando el cuantioso botín robado y poniendo fin a la ocupación del territorio.

En los años posteriores, tendrán lugar algunas esporádicas expediciones de saqueo, como las del rey Olaf II o las del jarl Ulf «el gallego», quien volvió a usar la Ría de Arosa y el Ulla como vía hacia Compostela y que fue derrotado por el obispo Cresconio, que inspiró, para bloquear esta vía en el futuro, la construcción de las torres del oeste en Catoira. Pero el riesgo de una Normandia gallega se había definitivamente conjurado.

En realidad, y a diferencia de Northumbria, en donde los escandinavos permanecieron casi un siglo o en Normandia, que fundaron su propio ducado, en Galicia o Jakobsland, el jarl Gunderedo nunca tuvo los hombres y mujeres suficientes para someter a toda la región y establecerse permanentemente.

Si hubiese tenido ocasión de pedir refuerzos y hubiese vencido a Gonzalo Sánchez, quizás la situación hubiese sido diferente. En cualquier caso, hoy en día numerosas poblaciones gallegas tienen recreaciones históricas o fiestas y romerías relacionadas con los asaltos vikingos. La más célebre es la de Catoira, que se celebra el primer domingo de agosto, pero también las hay en Foz, en Carnota y en la comarca del Barbanza.

Igualmente se han encontrado numerosas armas y artefactos vikingos y algunos especulan que ciertos topónimos tendrían origen escandinavo. Lo que si está bien constatado es que Galicia está muy presente en las sagas nórdicas. Por último, una precisión.

La etimología de «vikingo» no está clara, aunque la más aceptada es la de una persona que participa en una expedición. Pero la asociación de vikingos con los escandinavos medievales es muy posterior. Los cristianos de la época les llamaban normandos o hombres del norte, paganos o simplemente piratas y, desde luego, su reputación, como crueles asesinos, ladrones y esclavistas era nefasta. Muy alejada de esa imagen aventurera y épica que nos trasladan muchas novelas, películas y series actuales.

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