Los comuneros de Castilla salen de Valladolid al mando de don Juan de Padilla y el obispo de Zamora
Impuestos, extranjeros y poder: por qué Castilla se rebeló contra Carlos I en 1520
Aquella rebelión que había comenzado contra los impuestos, los consejeros extranjeros y la política de Carlos empezó poco a poco a convertirse en algo mucho más peligroso: ya no se discutía únicamente quién debía gobernar, sino cómo debía gobernarse Castilla
Hay momentos en los que una sociedad empieza a dar síntomas de cansancio, como está sucediendo ahora mismo con el Gobierno de Pedro Sánchez. La historia, además de para recordarnos el pasado, tiene una utilísima función que no es otra que la de analizar mejor el presente.
Se percibe en las conversaciones, en la calle, en la desconfianza hacia quienes gobiernan y, sobre todo, en esa sensación, difícil de medir, pero muy fácil de reconocer, de que los problemas se acumulan mientras el poder parece vivir en una realidad distinta.
España atraviesa hoy un periodo evidente de crispación, polarización y desafección política, aunque existe una diferencia fundamental con lo que ocurría hace cinco siglos: vivimos en una democracia y disponemos de elecciones y mecanismos pacíficos para cambiar a nuestros gobernantes.
Cuando el pueblo dice basta al poder
Pero en 1520 las cosas eran bastante diferentes. Aquel año buena parte de Castilla dijo basta. Lo hizo, además, frente a quien acabaría convirtiéndose en uno de los monarcas más poderosos de la historia: Carlos I de España y V del Sacro Imperio Romano Germánico.
Para entender por qué ciudades como Toledo, Segovia, Salamanca o Valladolid terminaron levantándose contra su rey, hay que retroceder tres años. Carlos llegó a la península en 1517 con apenas 17 años. Había nacido y crecido en Gante y prácticamente desconocía los reinos que acababa de heredar de sus abuelos maternos, los Reyes Católicos.
Grabado de la llegada de Carlos I a Tazones, en Cantabria
Tampoco dominaba el castellano (su idioma era el francés, específicamente el dialecto borgoñón) y desembarcó acompañado de un nutrido grupo de consejeros flamencos. Aquello, como es lógico, no gustó demasiado, por no decir nada, ya que en Castilla lo percibieron como una «invasión». Legal, pero invasión.
Castilla estaba acostumbrada a una monarquía que, con Isabel la Católica, había mantenido una estrecha relación con el reino y sus instituciones. Ahora se encontraba con un adolescente extranjero que repartía cargos y beneficios entre hombres llegados de Flandes.
Uno de los episodios que más indignación provocó fue el nombramiento del joven Guillermo de Croy, sobrino de uno de los principales consejeros del monarca, como arzobispo de Toledo. Tenía apenas veinte años. Estamos hablando de monarquías autoritarias, por lo que no se puede hablar de tráfico de influencias ni enchufes.
Pero el verdadero problema no era únicamente que Carlos resultara extraño a sus nuevos súbditos. Era también el dinero. En 1519 murió su abuelo paterno, el emperador Maximiliano I, y Carlos vio la oportunidad de hacerse con la corona imperial. La elección no era hereditaria y había que convencer a los príncipes electores. Y convencerlos costaba muchísimo dinero.
Carlos fue finalmente elegido rey de romanos –paso previo al título imperial–, pero, para afrontar los enormes gastos derivados de aquella empresa, necesitaba recursos, así que Castilla debía proporcionárselos.
La entrada de Carlos V en Bolonia para su coronación, obra del pintor flamenco Juan de la Corte
En 1520 convocó las Cortes en Santiago de Compostela con el objetivo de conseguir la aprobación de un nuevo servicio extraordinario. Muchas ciudades se resistieron. Toledo ni siquiera envió a sus procuradores y Salamanca les había dado instrucciones para que no concedieran el dinero solicitado. La tensión fue tal que las Cortes terminaron trasladándose a La Coruña, donde Carlos consiguió finalmente que se aprobara el servicio. El malestar, sin embargo, ya estaba en la calle.
No se trataba solamente de pagar más impuestos. Entre muchos castellanos había comenzado a extenderse la impresión de que su reino estaba financiando un proyecto político que poco tenía que ver con sus intereses. Carlos aspiraba a convertirse en el gran emperador europeo mientras Castilla pagaba parte de la factura y, en el siglo XVI, sin redes sociales ni medios de comunicación, aquello sonaba a algo muy lejano que no estaban dispuestos a financiar.
Y entonces tomó una decisión que terminó de empeorar las cosas. El 20 de mayo de 1520 embarcó en La Coruña rumbo al norte de Europa para hacerse cargo de sus asuntos imperiales y dejó como regente a Adriano de Utrecht, futuro Papa Adriano VI. La sensación de agravio era ya enorme porque, además, se iba dejando su obligación de gobernar sus reinos a un completo extraño.
Toledo había iniciado meses antes la resistencia encabezada por figuras como Juan de Padilla. Después llegaron otras ciudades. En Segovia, la indignación se volvió especialmente violenta. El procurador Rodrigo de Tordesillas, que había votado favorablemente el servicio solicitado por Carlos, fue acusado de traicionar el mandato de la ciudad. Una multitud lo sacó por la fuerza y terminó ahorcándolo.
La rebelión había dejado de ser una protesta política y los comuneros comenzaron a organizarse, y varias ciudades enviaron representantes a una asamblea que acabaría convirtiéndose en la Santa Junta. Primero se reunió en Ávila y después se trasladó a Tordesillas. Y allí estaba una mujer que podía cambiarlo todo: Juana I de Castilla, la madre de Carlos.
La reina que había pasado a la historia como Juana la Loca seguía siendo, jurídicamente, reina propietaria de Castilla. Llevaba recluida en Tordesillas desde 1509 y los comuneros comprendieron enseguida el enorme valor político que podía tener conseguir su apoyo. Si Juana respaldaba a la Junta, la rebelión podía presentarse no como una insurrección contra la Corona, sino como la defensa de la legítima reina frente al Gobierno de su hijo.
Juan de Padilla y otros dirigentes comuneros acudieron a verla y ella los recibió, escuchó sus quejas y mostró interés por lo que estaba ocurriendo. Pero cuando llegó el momento decisivo se negó a firmar los documentos que habrían legitimado políticamente a la Junta.
Juan de Padilla
Aun así, durante unos meses los comuneros habían conseguido algo extraordinario: poner contra las cuerdas al hombre que aspiraba a gobernar buena parte de Europa. Pero lo más interesante estaba todavía por llegar, porque aquella rebelión que había comenzado contra los impuestos, los consejeros extranjeros y la política de Carlos empezó poco a poco a convertirse en algo mucho más peligroso: ya no se discutía únicamente quién debía gobernar, sino cómo debía gobernarse Castilla.
Impuestos, extranjeros y poder
Lo que comenzó como una protesta contra los consejeros flamencos, los impuestos y la marcha de Carlos hacia Alemania fue adquiriendo una dimensión política mucho mayor. Los comuneros no querían necesariamente acabar con la monarquía; pedían, entre otras cosas, que el rey gobernase teniendo más en cuenta a Castilla y que el dinero y las decisiones del reino no quedaran exclusivamente sometidos a sus intereses dinásticos.
Reclamaban que los cargos públicos y beneficios eclesiásticos importantes no fueran entregados a extranjeros, que el dinero castellano no saliera indiscriminadamente del reino y que las Cortes tuvieran una participación efectiva en determinadas decisiones. También pretendían controlar mejor la utilización de los impuestos concedidos al monarca y limitar algunos abusos de la Corona.
Visto desde el siglo XXI, puede resultar tentador convertir a aquellos hombres en una especie de demócratas adelantados quinientos años a su tiempo. No lo eran. Pero tampoco eran simplemente una turba enfadada por tener que pagar impuestos. En el fondo de la rebelión había una discusión muy seria sobre los límites del poder y sobre la relación que debía existir entre el rey y el reino.
Batalla de Villalar
La rebelión fue ampliándose y, al hacerlo, empezó a asustar a quienes inicialmente habían contemplado con cierta simpatía el enfrentamiento con Carlos. En el campo castellano surgieron movimientos antiseñoriales y campesinos que aprovecharon la situación para rebelarse contra sus propios señores.
Para buena parte de la nobleza, aquello cambiaba completamente las cosas. Una cosa era presionar a un joven rey rodeado de extranjeros y otra muy distinta permitir que el orden social sobre el que descansaban sus privilegios comenzara a tambalearse. Los grandes nobles fueron acercándose entonces al bando realista.
Carlos, desde fuera de España, también entendió que había cometido errores y empezó a rectificar algunos nombramientos, incorporó a castellanos al gobierno y trató de recuperar a los sectores que todavía podían abandonar la rebelión. La correlación de fuerzas comenzó a cambiar.
Los comuneros, mientras tanto, sufrieron un golpe importante cuando las tropas realistas recuperaron Tordesillas en diciembre de 1520. Perdían así la sede de la Santa Junta y, sobre todo, el control del lugar donde permanecía Juana I, aquella reina cuya firma nunca habían conseguido y que podía haber proporcionado una legitimidad extraordinaria a su causa.
Al frente del ejército comunero estaba Juan de Padilla, toledano, miembro de una familia de la pequeña nobleza y convertido ya en una de las principales figuras de la rebelión. Junto a él estaban hombres como Juan Bravo, vinculado a Segovia, o Francisco Maldonado, procedente de Salamanca. El desenlace llegó en abril de 1521.
Las tropas comuneras se encontraban en Torrelobatón cuando decidieron dirigirse hacia Toro buscando una posición más favorable. El 23 de abril, bajo una intensa lluvia que dificultaba la marcha, el ejército realista consiguió alcanzarlas cerca de una pequeña localidad vallisoletana cuyo nombre quedaría para siempre unido a la rebelión: Villalar.
Batalla de Villalar por Manuel Picolo López
La batalla duró poco. La caballería realista desbarató a unas fuerzas comuneras que apenas pudieron organizarse. Miles de hombres huyeron y sus principales jefes fueron capturados. Padilla, Bravo y Maldonado cayeron prisioneros y al día siguiente fueron ejecutados.
Cuenta la tradición que, cuando Juan Bravo protestó al escuchar que los condenaban por traidores, Padilla le respondió: «Señor Juan Bravo, ayer era día de pelear como caballero; hoy es día de morir como cristiano». Como sucede tantas veces con las frases perfectas que nos ha dejado la historia, conviene tomar su literalidad con cautela. Lo que no ofrece dudas es que el 24 de abril de 1521 los tres fueron decapitados.
Ejecución de los comuneros de Castilla, del romántico Antonio Gisbert (1860)
Villalar significó el derrumbe militar del movimiento, aunque no su desaparición inmediata. Toledo continuó resistiendo durante meses bajo el liderazgo de María Pacheco, esposa de Padilla, una mujer extraordinaria que se negó a aceptar la derrota y mantuvo la ciudad enfrentada al poder real hasta comienzos de 1522. Finalmente, tuvo que huir a Portugal, donde moriría años después sin haber conseguido el perdón de Carlos. La rebelión había terminado.
Carlos había llegado a España siendo prácticamente un extranjero y salió de la crisis comprendiendo mucho mejor el reino que gobernaba. Aprendió castellano, pasó largas temporadas en España y concedió a castellanos un papel cada vez más importante en su administración.
El muchacho de Gante contra el que se habían levantado las ciudades terminaría convirtiendo Castilla en una de las piezas fundamentales de su inmenso proyecto imperial. Los comuneros, por su parte, comenzaron una segunda vida mucho después de muertos.
El liberalismo español del siglo XIX recuperó a Padilla, Bravo y Maldonado como símbolos de la lucha por las libertades frente al absolutismo. Su derrota fue reinterpretada como la derrota de unas supuestas libertades castellanas frente al poder monárquico y Villalar adquirió una dimensión política que los protagonistas de 1521 difícilmente habrían reconocido en esos términos.
La historiografía posterior ha matizado mucho esa imagen y ha mostrado un movimiento bastante más complejo, en el que convivían reivindicaciones políticas, fiscales, urbanas, económicas y sociales.
Pero quizá por eso resulta todavía más interesante volver a los comuneros quinientos años después. España vive hoy, afortunadamente, en unas circunstancias que nada tienen que ver con las de 1520. Tenemos elecciones, Parlamento, libertad de expresión, manifestaciones, tribunales y mecanismos constitucionales para exigir responsabilidades y sustituir pacíficamente a quienes gobiernan.
Precisamente por eso, cualquier comparación literal sería disparatada, pero hay algo, sin embargo, que la historia permite observar, y es que las grandes rebeliones casi nunca nacen de repente.
Y quizá la gran enseñanza de Villalar no sea que los pueblos se rebelan, sino que ningún poder debería esperar a que lo hagan para preguntarse por qué están enfadados.