10 de agosto de 2022

Olena Matvienko junto a su nieto, Ilya, tras el intrépido rescate en el que participó el presidente Volodimir Zelenski

Olena Matvienko junto a su nieto, Ilya, tras el intrépido rescate en el que participó el presidente Volodimir ZelenskiTwitter / @toot5000

118 días de guerra en Ucrania

Olena, la ‘babushka’ ucraniana que salvó a su nieto huérfano de las garras de los rusos

Con el apoyo del presidente Volodimir Zelenski, esta abuela viajó hasta el Donetsk para rescatar a su nieto Ilya, capturado por los rusos tras la caída de Mariúpol

Desde que empezó la invasión a Ucrania, Rusia se ha llevado a más de 300.000 niños a sus territorios, donde, tras un proceso de «re-educación» de tres años, pretende integrarlos en la sociedad rusa.
El pequeño Ilya, de diez años de edad, era uno de esos menores secuestrados. Y habría permanecido en el cautiverio de Moscú, de no haber sido por la fuerza de voluntad de su abuela, Olena Matvienko, que removió cielo y tierra para rescatar a su nieto.
Cuando la ciudad de Mariúpol cayó, tras dos meses de un asedio brutal y asedio, Natalia, hija de Olena y madre de Ilya, falleció en el bombardeo. Ilya seguía vivo, pero en paradero desconocido. Las fuerzas del Kremlin se lo habían llevado como a tantos otros huérfanos.
«Los rusos están secuestrando a los niños sin darles la oportunidad de reunirse con sus familias en Ucrania. Simplemente, los meten en autobuses. Están cometiendo un robo masivo de niños», denunció Aksana Filiphishyna, representante de la infancia y las familias en el Ministerio de Defensa del Pueblo, en declaraciones al periódico británico The Times.
Ese fue el caso de Ilya, que cayó en manos de las tropas rusas nada más fallecer su madre. Pero la familia Matvienko, a salvo en el oeste de Ucrania, se puso manos a la obra para encontrarlo. Peinaban los medios de internet, en busca de noticias. Por fin, en marzo, el padrino de Ilya encontró la grabación de un medio ruso, que mostraba un hospital en el Donetsk.
Allí, tumbado en una cama de paciente, Ilya explicaba a un periodista que tenía metralla en ambos muslos, y que su madre murió al ser golpeada en la cabeza.
«Yo estaba destrozada, histérica. Pero no podía pensar en lo que le pasó a mi hija; tenía que encontrar la manera de rescatar a mi nieto», recordó Olena.

De Turquía al Donetsk

La mujer, de 63 años de edad, no perdió el tiempo. Con la ayuda de una organización local, intentó ponerse en contacto con todas las autoridades que se le ocurrieron.
La primera en involucrarse en el caso fue Irina Vereschuck, viceprimera ministra de Ucrania, y el segundo, el presidente Volodimir Zelenski. Gracias a ellos, Ilya pasó a formar parte de una negociación de intercambio de prisioneros.
«Era una especie de operación especial para rescatar a mi nieto. No podríamos haber sacado a Ilya de allí solos», explicó Olena, a quién le tocó ir hasta el fin del mundo para llevar a cabo esta ‘misión de rescate’.

Era como meterme en la boca del loboOlena Matvienko

Con las pruebas que demostraban su parentesco con Ilya, Olena viajó hasta Varsovia, y después a Estambul, donde se estaban efectuando las negociaciones. Y de allí, voló a Moscú, para terminar en la región del Donetsk, en el Donbás, escoltada por dos oficiales rusos.
«Me dijeron que no podía ir a ningún sitio, por que era peligroso. En el hotel no había más que militares e idiotas. A mí me daba miedo tomar ese riesgo. Todos sabemos que si acabamos en la ‘República Popular del Donetsk’, puede que no te dejen marcharte. Era como meterme en la boca del lobo», recordó la intrépida abuela.
Pero todos sus miedos se disiparon cuando avistó a su nieto Ilya, en aquel hospital tomado por los rusos: «Yo solo pensaba, ‘debo salvar a Ilya’. Que me disparen si quieren», admitió haber sentido Olena en aquel momento. El niño estaba profundamente traumatizado; lo habían operado sin anestesia. Pero su abuela lo cogió y salió del centro. Aún quedaba un largo camino hasta la paz.
Llegaron de nuevo a Turquía, y desde allí emprendieron el camino de vuelta a Ucrania. Con Ilya en silla de ruedas, aterrizaron en Kiev. «Estaba feliz. No puedo explicar cuánto. Dios me lo ha devuelto», celebraba Olena, feliz.
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