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Juan Rodríguez Garat Almirante (R)
Análisis militarJuan Rodríguez GaratAlmirante (R)

Se alza el telón de las negociaciones de paz con Putin, Zelenski y Trump de mediador

¿Qué beneficio sacan los EE.UU. de todo esto?. Si el problema era el control de las fronteras, bien podía haber empezado por ahí y no habría tenido que dar marcha atrás. Sin embargo, es probable que Trump sí que tenga una idea clara de las ventajas que espera sacar de esa forma tan suya de hacer las cosas

Volodimir Zelenski, Donald Trump y Vladimir Putin

Volodimir Zelenski, Donald Trump y Vladimir PutinÁngel Ruiz

A pesar de que este es su segundo mandato, seguimos –yo, por lo menos– sin terminar de entender a Donald Trump. Sus jugadas, que muchas veces parecen improvisadas –y, lo que es peor, quizá lo sean– nos desconciertan a todos… menos a los que a él verdaderamente le importan, sus partidarios, que siguen depositando en él una fe sin límites.

Para los demás, queda la duda: ¿es Trump un estadista capaz de hacer realidad su promesa de devolver a los Estados Unidos su pasada grandeza, o solo un trilero que esconde sus cartas negociadoras para, si no más grande, al menos tratar de hacer a su patria –y también, por qué no, a sí mismo– un poco más ricos?

Estadista o trilero

Solo Trump podría responder a esa pregunta; y lo que nadie puede negarle es que, cuando se ha convertido en una leyenda, se ha ganado el derecho a decidir lo que quiere ser de mayor. Pero tiene que elegir, porque no es posible hacer ambas cosas a la vez. Cada oficio tiene sus secretos y, para tener éxito, los estadistas y los trileros están obligados a actuar de forma muy distinta.

Para un trilero puede tener sentido amenazar a sus vecinos con durísimos aranceles, incluida la promesa de subirlos todavía más si hubiera reciprocidad… para luego dejar en suspenso la medida, que ya veremos en qué queda al final. ¿Qué beneficio sacan los EE.UU. de todo esto? No sabría decirle. Si el problema era el control de las fronteras, bien podía haber empezado por ahí y no habría tenido que dar marcha atrás. Sin embargo, es probable que Trump sí que tenga una idea clara de las ventajas que espera sacar de esa forma tan suya de hacer las cosas.

Para un trilero también puede tener sentido la política que Trump ha empezado a aplicar en Gaza, donde ha puesto sobre la mesa un plan que seguramente hasta él sabe imposible –la deportación forzosa o forzada de los habitantes de la Franja– para alcanzar quién sabe qué objetivos, a qué precio y en qué plazo.

Expresidente de los EE.UU., Donald Trump (Iz) con ruso, Vladimir Putin, en Alemania (2017)

El presidente de los EE.UU., Donald Trump (Iz) con ruso, Vladimir Putin, en Alemania (2017)Steffen KUGLER / Bundesregierung / AFP

Para un trilero puede tener sentido el juego del despiste que, pasado el plazo de 24 horas que se dio para poner fin a la contienda, Trump ha estado practicando en torno a la guerra de Ucrania. ¿Iba a hablar con Putin o ya lo había hecho? No es que pidamos luz y taquígrafos para unas gestiones que deben llevarse en secreto, pero ni siquiera eso teníamos claro hasta que, después de ríos de tinta consumidos en vanas especulaciones, nos ha llegado la confirmación. Habrá negociación. Bienvenida sea.

La hora del estadista

Llegado este momento, el estadista debería desplazar al trilero. Le deseo a Trump suerte y acierto, pero comprendo a quienes se pregunten si el magnate será capaz de enfrentarse cara a cara con el experimentado líder ruso. Aunque malvado, Putin sí tiene marchamo de estadista y los precedentes no inspiran confianza. Todos recordamos que, en su anterior mandato, el republicano no tuvo mucho éxito cuando trató de amedrentar a Kim Jong-un, un aprendiz al lado de Putin.

Sabemos —lo acaba de confirmar oficialmente su secretario de Defensa en Bruselas— que Europa no es la prioridad del reelegido líder republicano. Sabemos también –y en eso sí ha sido consistente Donald Trump– que quiere una solución negociada. Pero, a la hora de ponerle el cascabel a ese esquivo gato, algunos de sus colaboradores ya han empezado a filtrar a la prensa algo que todos menos el republicano dábamos por cierto: que el problema no estará en Zelenski sino en Putin.

Cada vez que vacila el líder más poderoso de la tierra, un tirano se siente invitado a jugar sus cartas

¿Qué cabe esperar de todo esto? Los tres datos de que disponemos no suman. Sin poner carne en el asador, ¿cómo puede Trump obligar a negociar al dictador ruso? ¿Y a partir de qué postura? ¿Mantendrá el apoyo a Kiev si recibe garantías de recuperar el dinero invertido –él mismo sugirió un acuerdo por las tierras raras ucranianas– o dejará que sea Europa quien defienda el fuerte en solitario? ¿De verdad apuesta por la agredida Ucrania o, como recientemente ha dejado entender, acepta con apabullante normalidad la posibilidad de que Putin se apodere de ella? Por desgracia, cada una de estas dudas expresadas en público fortalece la posición negociadora de un Putin que apenas tiene margen para ceder, porque quemó sus naves cuando integró en la Federación Rusa las cuatro regiones ucranianas a medio conquistar.

La disuasión exige credibilidad

Lo que ocurra en Ucrania será importante para la humanidad, pero hay muchos otros frentes en el tablero global. Sobre casi todos ellos se proyecta la gran pregunta que muchos nos hacemos después de los primeros días en el cargo del reelegido republicano: ¿Defenderá Trump mañana lo mismo que ayer? Más allá de la curiosidad que el lector y yo podamos sentir por este asunto, hay en el mundo muchos líderes políticos que toman sus decisiones según sople el viento en Washington. Y, en estos momentos, Putin y Netanyahu, Jamenei y Xi, Kim y Maduro, Sánchez y von der Leyen, tienen motivos para dudar de las verdaderas intenciones de Donald Trump.

Y eso, ¿es bueno o es malo? La economía no es mi especialidad. No puedo dar una opinión fundada sobre quién ganará la guerra de los aranceles si es que llega a producirse. Pero, en el terreno de la geoestrategia, si parece claro que la impredecibilidad de Trump perjudica a los EE.UU. y a sus aliados. Hace daño a la causa de la paz.

Uno de los principios en los que se basa la disuasión es la credibilidad. Cada vez que un trilero parece vacilar, un imbécil se deja engañar y pierde su dinero. Sin embargo, cada vez que vacila el líder más poderoso de la tierra, un tirano se siente invitado a jugar sus cartas. ¿Qué es posible que también pierda su dinero? Desde luego. Pero será la humanidad la que lo pague con sangre y dolor.

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