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Ruth Conde, Médicos Sin Fronteras

Ruth Conde, Médicos Sin FronterasCedida por MSF

Entrevista

Una enfermera española en Gaza: «Es la primera vez que entro a zona de conflicto en coche blindado, con chaleco y casco»

Ruth Conde trabaja con la organización Médicos Sin Fronteras desde hace más de una década y ha estado en la Franja dos veces desde los atentados del 7 de octubre de 2023, la última coincidió con la entrada en vigor del alto al fuego entre Israel y Hamás

La franja de Gaza y los gazatíes vuelven a contener el aliento ante la posibilidad de que Hamás o Israel quebranten el alto al fuego que, por ahora, se mantiene, aunque a duras penas. Si la tregua se resquebraja y la maquinaria militar israelí vuelve a arremeter con toda su fuerza contra el enclave mediterráneo, la situación, ya delicada de por sí para la población civil, no puede sino empeorar. Ruth Conde (Galicia, 1981) es enfermera en Médicos Sin Fronteras (MFS) y conoce de primera mano la cruda realidad que se vive día a día en este territorio y cómo ha evolucionado el conflicto.

Estuvo en diciembre de 2023, al poco del estallido de una guerra motivada por el peor ataque terrorista de Hamás contra Israel, y volvió un año después. Hace apenas unos días que terminó esta segunda rotación y salió de una Gaza destruida, pero en calma en comparación con su llegada, antes del acuerdo. «Veías, al mismo tiempo, una sensación de alivio, pero también gente muy desesperada y desilusionada», confiesa en conversación con El Debate. Allí se encargó de coordinar a las autoridades médicas de tres centros de salud y el hospital Nasser, ubicado en Jan Yunis, centrados, principalmente, en atención primaria, pediatría y maternidad.

Este paréntesis, tras 15 meses de guerra en Gaza, propició la vuelta al norte de muchos palestinos desplazados al sur al inicio de la contienda. La mayoría de los retornados solo encontraron escombros y un escenario apocalíptico. Conde cuenta que muchos de sus compañeros –la mayor parte de los sanitarios son locales– encontraron los cadáveres de sus familiares perdidos entre las ruinas y los escombros. «Nadie está preparado para algo así. Llevo casi 13 años trabajando para MSF y es la primera vez que he tenido que entrar en un coche blindado, con un chaleco antibalas y con un casco. No estamos acostumbrados», confiesa.

¿Cuál fue su primera impresión al entrar en Gaza en 2023 y esta última vez?

–Ya la entrada fue diferente. La primera vez entramos por la frontera de Rafah [Egipto], ese paso ahora está cerrado. Tuvimos que entrar por Kerem Shalom [Israel], por donde se produce también la entrada de camiones. Esta vez fue muy chocante. El año pasado, al cruzar por Rafah aún quedaban edificios, había infraestructura, algún hospital y alguna clínica. Esta vez era una sensación posapocalíptica. Todo estaba en ruinas. Lo más impactante era el no conocer, el no identificar las calles… El nivel de inseguridad también era diferente, como entrar en la película 28 días después.

¿A qué se refiere cuando dice que el nivel de inseguridad también era diferente?

–Nosotros siempre notificamos de todos nuestros movimientos a todo el mundo con el fin de intentar garantizar nuestra seguridad, aunque muchas veces esto no ha evitado una desgracia. Al mismo tiempo también eres consciente de que, como ocurre en todos los conflictos, siempre hay una porción de la población que se beneficia del sufrimiento ajeno.

¿Qué diferencias ha notado en cuanto a necesidades sanitarias desde la última vez que entró en Gaza?

–Desde MSF, lo que hemos hecho es ir adaptando nuestras actividades en función de las necesidades que vamos detectando. El año pasado colaboramos con un hospital maternal del Ministerio de Salud y hacíamos maternidad pura. También abrimos una clínica de atención primaria que era segura en aquel momento y ves que las necesidades también van aumentando. Desde principios de verano, iniciamos actividades de vacunación, así como intervenciones de salud mental. De hecho, el perfil de salud mental también ha cambiado. Veníamos de un proceso anterior al 7 de octubre, que era un proceso crónico más ligado a patología depresiva y, de repente, cambió a un perfil más de duelo y de pérdida, con cuadros de ansiedad e ideación suicida; patologías más agudas. Y ahora volvemos a entrar también en un proceso, sin dejar la patología aguda, más de cronicidad. Todo ligado a la evolución del conflicto.

Enfermera de MSF que trabaja en el hospital Nasser, apoyado por MSF, en Jan Yonis, Gaza

Enfermera de MSF que trabaja en el hospital Nasser, apoyado por MSF, en Jan Yunis, GazaNour Alsaqqa/MSF

¿Qué tipo de enfermedades son las más comunes ahora en Gaza?

–Principalmente se empezaron a notar los efectos de la falta de vacunación, por ejemplo, enfermedades transmisibles. De hecho, se detectaron posibles casos de parálisis flácida [polio] y fue cuando se inició la campaña de vacunación. También tienes todas las patologías ligadas a la falta de higiene, agua y saneamiento, como la sarna, los piojos o patologías diarreicas. Fuimos viendo, incluso, la evolución de la hepatitis A la hepatitis C y estábamos preparados para un brote de cólera, aunque no se registraban casos en la región desde hace 40 años. Sin embargo, las diarreas siguen siendo la afección más tratada. Además, se registraron casos de mortalidad en infantes por hipotermia, sobre todo en neonatos, durante los meses más fríos, es decir, noviembre, diciembre y enero. En los campamentos, en la Franja, si llueve no tienes opción de lavar la ropa de tu bebé ni de tenderla ni, mucho menos, secarla.

Nosotros estamos acostumbrados a trabajar en campos de desplazados y, al final, eres capaz de montar una estructura que soporte, más o menos, los mínimos. En Gaza, estamos hablando de dos millones de personas desplazadas. Es un campo de desplazados que se extiende a lo largo de toda la Franja, de sur a norte.

Estábamos preparados para un brote de cólera, aunque no se registraban casos desde hace 40 añosRuth CondeEnfermera en Médicos Sin Fronteras

¿Cuál ha sido el caso que más le ha impactado?

–Pues había un caso ahora mismo de una niña de dos añitos del norte que se llama Habiba –amada, en árabe– y que presentaba unos hematomas, pero no había un diagnóstico claro. Finalmente, se le diagnosticó de un déficit de proteína C y esto provoca una afectación vascular en las zonas distales y que acaba dañando a las cuatro extremidades. La niña lleva pendiente de evacuación desde hace casi un mes. La última vez que pregunté por su estado me dijeron que había empeorado mucho y que estaba intubada y, probablemente, no pueda ser evacuada.

Una mujer palestina se ve obligada a encender un fuego con plástico para preparar una comida para sus hijos

Una mujer palestina se ve obligada a encender un fuego con plástico para preparar una comida para sus hijosIbrahim Nofal | MSF

¿Qué secuelas puede dejar esta guerra en los niños?

–Gaza es una población extremadamente joven y muchas veces he pensado en los adolescentes, que se encuentran en un momento vital crucial. Todos hemos sido adolescentes y pasas por una etapa en la que necesitas identificarte y pertenecer a algo. En esta situación, que lo único que te rodea es violencia y la falta de todo, eres carne de cultivo para cosas que no son buenas.

¿Cómo os preparan antes de entrar a una zona de conflicto?

–Todos los perfiles que hemos entrado en Gaza somos perfiles senior, gente que llevamos trabajando con MSF varios años y con experiencia en zonas de conflicto. Aún así, antes de entrar nos hacen unos briefings de cómo nos vamos a encontrar la situación tanto a nivel de seguridad como de acceso a medicamentos, carreteras, telecomunicaciones y demás. En la Franja y ante el alto nivel de exigencia, estamos siete semanas, a diferencia del resto de misiones donde estás mínimo tres meses.

Campamento de refugiados en Jan Yunis, en el sur de Gaza

Campamento de refugiados en Jan Yunis, en el sur de GazaIbrahim Nofal | MSF

¿Cómo puede llegar a afectar a nivel personal una misión así?

–La vuelta es súper compleja. De hecho, tenemos una unidad de apoyo psicosocial. Además, de la misma forma que hacemos un briefing antes de entrar, hacemos otro al salir. No deja de ser un duelo y, aunque lleve mucho tiempo en esto, son sensaciones muy complicadas de manejar como el ser consciente de que no eres suficiente, que da igual que haya cien equipos como tú haciendo lo mismo, no eres capaz de cubrir todas las necesidades que hay. Después, la sensación cuando te vas también. Aunque eres consciente de que te tienes que ir porque estás cansada y que viene una persona fresca después, te inunda la culpabilidad por dejar a tus compañeros allí.

¿Cómo valora la labor de sus compañeros locales que además tienen que hacer frente a sus propias tragedias personales?

–Me he preguntado tantas veces cómo podría desempeñar mi labor si tuviera que preocuparme de mi casa, si mis hijos tienen para comer, vestirse, dormir…. Aun así, vienen todos los días a trabajar, se dejan los dientes, curran increíble y son gente super exigente. Muchos de ellos se han refugiado en el trabajo como mecanismo de defensa. De repente, llegas a la farmacia un viernes (que son como los domingos para nosotros) y ves a alguien trabajando en su día libre y le dices: ¿Pero tú qué haces aquí? Y te responde: 'Es que vivo aquí al lado, estoy solo en la tienda y mi familia está en el norte'. En situaciones de crisis, al final, todo el mundo arrima el hombro.

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