Donald Trump junto al primer ministro australiano, Anthony Albanese
Trump vuelca el tablero: en Canadá y Australia gana la izquierda que estaba hundida en las encuestas
Hace escasos meses, recién entrado el año, con Donald Trump en vísperas de ser investido, otra vez, como presidente de los Estados Unidos, el resto del mundo miraba con cautela a cómo afectaría el retorno del republicano a la presidencia norteamericana. ¿Significaría su regreso un auge de la derecha mundial, un cambio de paradigma en las políticas de todo el planeta? Los países con elecciones programadas para este año, como Canadá o Australia, serían la prueba de fuego.
Meses después se puede decir que, independientemete de la valoración de cada de estos 100 y pocos días del republicano al frente de Estados Unidos, el tablero político ha cambiado. La guerra comercial iniciada por el mandatario con sus aranceles, la sacudida que supuso a los mercados mundiales y sus comentarios expansionistas han despertado tanto admiración de unos como el recelo y el miedo de otros. La mirada de los votantes ha ido dirigida, más que nunca, hacia aquellos políticos que encarnan un sentimiento patriota para proteger a los suyos frente al gigante americano y que poseen un talante negociador para proteger los intereses económicos y nacionales.
Canadá, que en principio debía celebrar elecciones en octubre, se dirigía, según todas las encuestas, a un gobierno conservador tras casi una década con el liberal Justin Trudeau al frente del país. Australia, por su parte, tras un trienio laborista con resultados dispares en lo económico, parecía encaminarse hacia una carrera muy ajustada entre laboristas y liberales —los más cercanos a Trump— por el control del país. Pero una cosa es lo que dicen las encuestas y otra, muy distinta, la realidad. Menos de cuatro meses después de la investidura de Donald Trump, liberales en Canadá y laboristas en Australia gobiernan con mayoría absoluta, con victorias incontestables en sus respectivas elecciones. Como dice Cate Blanchett en la primera entrega cinematográfica de El Señor de los Anillos: El mundo está cambiando.
Lo que parecía una inevitable marea conservadora tras la victoria de Trump, se transformó en un giro inesperado del electorado hacia partidos que prometían precisamente lo contrario: resistir, contener, negociar. En Canadá, la victoria del liberal Mark Carney —una figura hasta hace poco considerada tecnócrata, más cómoda en despachos que en mítines— se cimentó sobre un mensaje claro: autonomía económica frente a Estados Unidos. Los aranceles impulsados por Trump afectaron con dureza a sectores clave de la economía canadiense: la industria del automóvil, los productos agrícolas, el acero y el aluminio sufrieron un golpe en sus exportaciones que puso en alerta a miles de trabajadores y pequeñas empresas. La conexión histórica entre las economías de ambos países —un vínculo construido a lo largo de décadas de cooperación— comenzó a tambalearse.
El primer ministro canadiense, Mark Carney
Carney no se presentó como un líder emocional ni carismático, sino como una suerte de garante: alguien capaz de amortiguar los efectos de un vecino impredecible. Frente a un Partido Conservador cada vez más alineado con la política exterior de Trump, los liberales ofrecieron la promesa de un Canadá que no bajaría la cabeza, que buscaría nuevos aliados comerciales —mirando hacia Europa y Asia— y que blindaría su tejido productivo con medidas de protección interna. En campaña, Carney hablaba poco de ideología y mucho de estabilidad. Y funcionó.
En Australia el fenómeno fue similar pero no idéntico. El laborista Anthony Albanese llegaba a las elecciones desgastado por un mandato convulso, con tensiones internas en su partido y una recuperación económica que no terminaba de convencer. Pero el regreso de Trump le dio algo que no tenía: un enemigo exterior claro contra el cual posicionarse. Los aranceles impuestos por Washington afectaron directamente al vino, la carne y los minerales australianos, provocando pérdidas millonarias y un fuerte repunte del desempleo en regiones tradicionalmente conservadoras. La relación con China, ya tensa, se volvió más frágil aún por la sensación de que el Gobierno australiano, en tiempos recientes, había dejado que su política exterior girara demasiado en torno a las decisiones que se tomaban en la Casa Blanca.
Albanese aprovechó ese malestar para presentarse como un líder reformulado: ni tibio ni radical, sino firme. Su discurso giró en torno a la autosuficiencia económica, la recuperación del tejido industrial, y la necesidad de una política exterior «más australiana y menos norteamericana». Frente a un Partido Liberal que coqueteaba abiertamente con el trumpismo, los laboristas se ofrecieron como un dique de contención. Con ese mensaje, sumado a una hábil campaña de tierra en mano en los suburbios obreros y las regiones rurales más golpeadas, lograron una victoria que hace solo seis meses parecía imposible.
Estos resultados, sorprendentes para muchos observadores internacionales, responden menos a un giro ideológico hacia la izquierda que a una reacción pragmática y defensiva. Votantes que quizás no simpatizaban con los laboristas o liberales tradicionales optaron por ellos como respuesta a la incertidumbre generada por la vuelta de Trump. Lo que se impuso no fue tanto un programa progresista, sino un instinto de supervivencia nacional frente a una potencia que volvió a mostrarse unilateral, proteccionista y agresiva en lo comercial.
Canadá y Australia, tan distintos entre sí pero unidos por una dependencia estructural de Estados Unidos, han reaccionado de forma parecida: eligiendo líderes que prometen firmeza sin estridencias, y soberanía sin ruptura. En ambos casos, la clave ha sido un electorado que, enfrentado a una nueva era de incertidumbre global, ha buscado refugio no en las promesas de grandeza, sino en la idea de protección.