Anthony Albanese celebra su victoria en las elecciones
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Anthony Albanese, el reformista prudente que Australia vuelve a elegir frente a la tormenta Trump
Hace no tanto, en una calle cualquiera de Marrickville, el suburbio obrero del oeste de Sídney donde creció, Anthony Albanese aún podía pasear sin que muchos se giraran a mirarlo. Con una presencia discreta, casi apagada, su ascenso a la cumbre de la política australiana fue lento, más por persistencia que por carisma, más por cálculo que por entusiasmo. Y sin embargo, tres años después de haber puesto fin a una década de gobiernos conservadores, ‘Albo’, como lo llaman popularmente, ha sido reelegido como primer ministro, algo que ningún laborista había conseguido en más de 20 años.
Tiene 62 años y ha hecho de su carácter tranquilo un sello distintivo. Su segundo mandato, asegurado con una victoria clara frente a una oposición desorientada, llega en un contexto en el que el cansancio social y la presión económica se han vuelto factores centrales. Australia, con una inflación persistente, una creciente desigualdad y un clima internacional incierto, no atraviesa su etapa más plácida. Y muchos ven en Albanese una figura funcional, más que inspiradora, para gestionar ese contexto.
Durante su primer trienio, cumplió algunas promesas: aumentó la financiación del cuidado infantil, mejoró los salarios de los trabajadores más vulnerables y reencauzó las relaciones diplomáticas con China. También intentó proyectar una nueva imagen de Australia en el Pacífico, más autónoma, más proactiva. Pero el golpe político llegó en 2023 con el fracaso rotundo del referendo constitucional para dar mayor representación política a los pueblos indígenas, una de sus grandes apuestas personales, que fue rechazada por una amplia mayoría. Desde entonces, su Gobierno ha optado por un tono más prudente, menos ambicioso.
El tema que más lo ha desgastado, sin embargo, ha sido económico. La promesa de reducir las facturas eléctricas no se cumplió, y el coste de vida se ha disparado. La inflación sigue siendo el problema que más inquieta a los australianos, y aunque Albanese insiste en que su gestión es «calmada y razonable», lo cierto es que el malestar ciudadano persiste. Su mensaje en campaña fue claro: no era momento para cambios. Y aunque el argumento caló lo suficiente para conservar el poder, no puede decirse que haya entusiasmo en las calles.
En el ámbito internacional, su perfil moderado le ha permitido mantener buenas relaciones con los principales actores globales. Fue firme con Ucrania, conciliador con China y cauto con Estados Unidos, especialmente ante la vuelta de Donald Trump y la reactivación de los aranceles que afectan al acero y al aluminio australiano. Albanese calificó la medida de «inamistosa», pero evitó represalias. Una decisión pragmática, sí, pero también sintomática de un liderazgo que rara vez se sale del libreto.
Anthony Albanese abraza a su hijo, Nathan
Tampoco ha tocado temas que podrían generar fracturas. Su republicanismo, muy presente en su discurso de años anteriores, desapareció de la última campaña. No se habló de referendos sobre la monarquía ni de cambios constitucionales. Una decisión estratégica que evidencia el giro hacia el centro de un primer ministro que prefiere evitar los sobresaltos.
En el plano personal, Albanese ha sabido capitalizar su historia de vida: hijo único criado por una madre soltera en viviendas sociales, convencido desde joven de que su padre había muerto, hasta que en la adultez descubrió que vivía en Italia y lo conoció poco antes de su muerte. Esa narrativa de resiliencia, repetida con frecuencia, sigue siendo uno de los pilares de su identidad pública. Se presenta como alguien que ha sido subestimado toda su vida.
Su principal rival, el líder conservador Peter Dutton, no logró consolidarse como alternativa. La campaña liberal fue errática, marcada por mensajes duros que no conectaron con un electorado más inclinado al consenso que a la confrontación. Al final, la derrota fue total: no solo no pudo formar gobierno, sino que perdió su escaño, uno que conservaba desde 2001.
Albanese, en cambio, logró ampliar su mayoría y reafirmar su autoridad dentro del Partido Laborista, aunque sin euforia. No es un revolucionario ni un gran orador. Se define como reformista, y probablemente lo sea. Pero incluso entre sus aliados hay quien admite que su primer mandato dejó más promesas que transformaciones.
Ahora, con tres años por delante, sin la presión de tener que consolidar su figura, le tocará enfrentar la prueba más difícil: demostrar que puede ser más que una figura de transición. Que puede dejar huella. Porque si algo ha demostrado hasta ahora es que sabe resistir. Falta saber si también sabrá liderar.