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El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y el primer ministro canadiense, Mark Carney

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y el primer ministro canadiense, Mark CarneyAFP

Trump y Carney se reúnen por primera vez para intentar encauzar el crítico momento entre Canadá y Estados Unidos

Ambos mandatarios se reúnen en Washington para intentar negociar un pacto sobre los aranceles y mejorar las relaciones bilaterales

Mark Carney, vencedor de las elecciones en Canadá hace apenas una semana, enfrenta este martes, antes incluso de haber prestado juramento o de inaugurar formalmente el Parlamento canadiense, su primer gran reto como mandatario del país norteamericano. En realidad, el reto para el que le eligieron. Su visita a la Casa Blanca será el caballo de Troya con el que intentará renegociar los aranceles y encauzar unas relaciones bilaterales que se encuentran más críticas que nunca.

En realidad, Carney no estaría aquí de no ser por Trump. Cuando Justin Trudeau renunció a su cargo, el pasado mes de enero, los liberales estaban hundidos en todas las encuestas y su nombre no era uno de los que más sonaba para sucederle dentro del propio partido. Pero entonces, en su regreso a la Casa Blanca, Trump empezó a sugerir que Canadá debería convertirse en el «estado número 51» de Estados Unidos, inició una guerra comercial que golpeó a sectores clave de la economía canadiense, como la industria del automóvil, los productos agrícolas, el acero o el aluminio, y las cosas cambiaron.

Carney, exgobernador tanto del Banco de Canadá como del Banco de Inglaterra, conocido por su capacidad para solventar eras de crisis —tanto la financiera del 2008 como el Brexit—, ganó peso entre los votantes canadienses, que se creyeron que era la persona indicada para navegar esta etapa de incertidumbre económica.

Además, mientras los conservadores quedaron descolocados ante los ataques frontales desde la nueva Administración estadounidense, Carney basó su campaña en torno a la idea de recuperar la sensatez, el centro político, y cierto orgullo nacional frente a lo que considera una amenaza real: la injerencia de Trump. Exaltando símbolos nacionales, reivindicando una relación más soberana con Estados Unidos, y prometiendo mano firme ante los aranceles impuestos por la Casa Blanca, se fue ganando el favor de los votantes. Incluso un partido de hockey contra el equipo estadounidense —que Canadá ganó— fue elevado por su campaña como una pequeña pero significativa victoria patriótica.

Pese a todo, Trump parece querer tejer buenas relaciones con su vecino y, poco después de su triunfo electoral, le felicitó por la victoria y acordó que se verían en la Casa Blanca. Paralelamente, sin embargo, la portavoz adjunta de la Casa Blanca, Anna Kelly, afirmaba que la victoria liberal no afectaba al plan del presidente de convertir a Canadá en el estado 51.

Simpatizantes del Partido Liberal de Canadá

Simpatizantes del Partido Liberal de CanadáEFE

Finalmente, tan solo días después de que los canadienses salieran a las calles a votar, Carney visita Washington. «Nuestro enfoque será tanto en las presiones comerciales inmediatas y la futura relación económica y de seguridad entre nuestras dos naciones soberanas. Lucharé por obtener el mejor acuerdo para Canadá. Nos tomaremos todo el tiempo que sea necesario para hacerlo», aseguró el primer ministro canadiense cuando anunció el encuentro.

«Para nosotros la cuestión es alcanzar un acuerdo que sea una victoria para Estados Unidos y Canadá en un mundo que es cada vez más dividido y peligroso. Una de las cuestiones es si en sectores estratégicos para EE.UU. y Canadá queremos cooperar (como en minerales crítico, el automóvil o la energía) o queremos dividir el mercado norteamericano», añadió.

Pese a todo, el líder canadiense reconoció que las negociaciones serán «complejas» y no espera «humo blanco» tras la reunión. El primer ministro canadiense, aunque rechazó ofrecer más detalles sobre su estrategia, sí indicó que Estados Unidos se ha tomado con seriedad la negociación a la vista del calibre de los integrantes del equipo de Trump que participarán y «el tiempo reservado» para la reunión.

Con respecto a sus objetivos de Gobierno, Carney afirmó que su programa es iniciar «la mayor transformación» de la economía canadiense desde la Segunda Guerra Mundial. Propuso eliminar las barreras federales al comercio interno, recortar impuestos y establecer un organismo que proporcionará 25.000 millones de dólares canadienses a promotores inmobiliarios para duplicar la construcción de viviendas en el país.

Además, endurecerá el código penal para dificultar que los acusados de robos de vehículos, invasiones domésticas y tráfico de personas puedan obtener la libertad bajo fianza. Finalmente, anunció que para finales de 2027 limitará el número total de trabajadores extranjeros temporales y estudiantes internacionales a menos del 5 % de la población total del país.

Carney reconoció que la reducción es «muy acusada» porque actualmente la proporción es el 7,3 %. Pero afirmó que la medida ayudará a «aliviar la presión sobre la vivienda, las infraestructuras públicas y los servicios sociales». Más allá de estos asuntos económicos, la gran razón detrás de su elección por los canadienses es su supuesta habilidad para negociar en los convulsos tiempos de la era Trump —al menos para quienes se sienten amenazados por su visión expansionista—. Ante eso, hoy asume su primer gran reto.

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