El presidente ucraniano, Volodimir Zelenski, y el ruso, Vladimir Putin
La estrategia de Ucrania para golpear la aviación rusa en vísperas de una nueva ronda de negociaciones
En la víspera de una nueva ronda de negociaciones de paz entre Rusia y Ucrania, Kiev lanzó este domingo una operación militar sin precedentes, consistente en un ataque coordinado con drones contra varias bases aéreas rusas situadas en el interior del país, incluidas instalaciones en Siberia, a más de 5.000 kilómetros de la frontera. La maniobra, audaz y cuidadosamente calculada, parece responder tanto a una lógica militar como a una estrategia política, que es demostrar fuerza en el momento más delicado del proceso negociador.
Mientras las delegaciones de ambos países aterrizan en Estambul para participar en la segunda cita de esta nueva fase impulsada por Turquía, el conflicto continúa escalando tanto en el terreno como en la retórica diplomática. En este contexto, Ucrania busca enviar una señal doble: por un lado, que sigue siendo capaz de dañar activos clave del aparato militar ruso y, por otro, que no acudirá a la mesa de negociaciones en posición de debilidad.
Según fuentes militares ucranianas, la ofensiva con drones tenía como objetivo neutralizar parte de la aviación estratégica rusa, especialmente los bombarderos Tu-95 y Tu-22, capaces de lanzar misiles de crucero contra infraestructura civil ucraniana. También fue alcanzado un avión de alerta temprana A-50, esencial para las operaciones de defensa aérea del Kremlin. Las estimaciones preliminares, no verificadas de forma independiente, hablan de daños materiales por valor de unos 2.000 millones de euros.
La operación ha vuelto a poner en entredicho la eficacia del sistema de defensa ruso, incluso en zonas tradicionalmente consideradas seguras. Las autoridades rusas admitieron que los drones fueron lanzados desde camiones camuflados posicionados cerca de las bases, lo que complicó su interceptación por parte de los sistemas antiaéreos Pantsir y S-300.
Aunque Moscú ha intentado minimizar el impacto del ataque, su resonancia estratégica es evidente. El hecho de que Ucrania pueda proyectar fuerza militar hasta el corazón del territorio ruso, justo antes de una cita diplomática clave, introduce un nuevo elemento de presión sobre el Kremlin.
Estambul, epicentro diplomático en medio del fuego
Con este telón de fondo, Estambul vuelve a situarse este lunes como epicentro de los esfuerzos internacionales para poner fin a la guerra. Las delegaciones rusa y ucraniana se reencontrarán en la ciudad turca por segunda vez desde que se retomaron las conversaciones de alto nivel el pasado 16 de mayo. La mediación de Turquía y la presión directa de Estados Unidos, especialmente de su presidente, Donald Trump, han sido claves para forzar una nueva cita, aunque el escepticismo sigue siendo alto.
Residentes locales depositan flores en el lugar de un edificio residencial destruido tras un ataque con misiles rusos en Kiev
El asesor presidencial ruso Vladimir Medinski encabeza la delegación del Kremlin, que llegó a Estambul este domingo sin haber entregado aún una propuesta formal de memorándum. Moscú alega que no es «constructivo» intercambiar condiciones por adelantado. Kiev, por su parte, acusa a Rusia de haber incumplido el compromiso alcanzado en la primera ronda, que preveía precisamente ese intercambio previo de documentos.
Pese a las tensiones, el presidente ucraniano Volodimir Zelenski confirmó la participación de su equipo negociador, liderado por el ministro de Defensa, Rustem Umérov. Tras mantener una conversación telefónica con su homólogo turco, Recep Tayyip Erdogan, Zelenski reiteró las líneas rojas de su Gobierno: alto el fuego completo e incondicional, liberación de todos los prisioneros de guerra y retorno inmediato de los menores deportados por Rusia.
Mientras Kiev exige pasos concretos y verificables hacia la desescalada, Moscú prepara un memorándum que, según filtraciones, incluye condiciones que Ucrania y sus aliados consideran inasumibles. Entre ellas figura el compromiso, por escrito, de que la OTAN no se expandirá hacia el este, lo que implicaría vetar de facto el ingreso de Ucrania, Georgia y Moldavia en la Alianza Atlántica. El Kremlin también exigiría la suspensión de los envíos de armamento occidental a Ucrania y el fin de la movilización de tropas por parte de Zelenski.
A este clima de desconfianza se suma el creciente deterioro de la situación militar en el terreno. En las últimas semanas, Rusia ha intensificado su ofensiva en el este y el norte de Ucrania. Según el Instituto para el Estudio de la Guerra (ISW), las tropas rusas han logrado avances en zonas estratégicas como Kostiantynivka, Pokrovsk, Toretsk y Chasiv Yar, mientras concentran más de 50.000 soldados cerca de la región de Sumi. Moscú busca establecer una «zona tapón» de diez kilómetros a lo largo de la frontera, recuperando posiciones que no ocupaba desde el primer año del conflicto.
En paralelo, los movimientos diplomáticos internacionales también se intensifican. Desde Washington, el presidente Donald Trump ha endurecido su postura frente a Putin, calificándolo de «loco» y advirtiendo que está «jugando con fuego». El republicano ha dado un plazo de dos semanas para avanzar hacia un alto el fuego, con la amenaza de responder «de forma un poco diferente» si no hay progresos visibles.
No obstante, el Kremlin ha intentado mantener abierto el canal con Trump. El portavoz Dmitri Peskov afirmó este fin de semana que el presidente estadounidense «está haciendo notables esfuerzos por una solución pacífica» y que las conversaciones entre Moscú y Washington «han entrado en su fase final».
Delegaciones de Rusia y Ucrania en Estambul, Turquía
También Alemania ha dado un giro relevante. Durante la reciente visita de Zelenski a Berlín, el nuevo canciller, Friedrich Merz, levantó las restricciones que impedían a Ucrania usar armamento de fabricación germana en territorio ruso. Esta decisión abre la puerta a futuras operaciones de represalia más allá de las fronteras ucranianas y podría cambiar el equilibrio táctico de cara a los próximos meses.
Ucrania es consciente de que, si las negociaciones fracasan, el verano podría traer consigo una gran ofensiva rusa. Por ello, ha intensificado su producción de armamento y reforzado alianzas clave. Pero también ha querido marcar territorio en el frente diplomático, mostrando que no llega a Estambul con las manos vacías. La estrategia de golpear la aviación rusa justo antes del encuentro responde a esta lógica: aumentar la presión sobre Moscú, reforzar su posición negociadora y dejar claro que la vía militar sigue abierta si no hay avances concretos.
A falta de resultados tangibles, el temor a una intensificación del conflicto sigue pesando más que el optimismo. Ambas partes han expresado su voluntad de seguir negociando, pero las exigencias maximalistas de Moscú y la desconfianza estructural de Kiev amenazan con bloquear cualquier posibilidad de acuerdo. Mientras tanto, los combates continúan y el reloj diplomático no se detiene.