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Aquilino Cayuela
AnálisisAquilino Cayuela

La intrahistoria de la enemistad entre Irán e Israel

El Estado judío ha logrado una victoria significativa, pero tanto los líderes iraníes como los israelíes creen que la amenaza que representa el otro sigue siendo existencial e inflexible

al primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, hablando durante una ceremonia conmemorativa de Estado en Tel Aviv el 18 de junio de 2024; y una imagen proporcionada por la oficina del líder supremo de Irán, el ayatolá Alí Jamenei,

El primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, y el líder supremo de Irán, el ayatolá Alí JameneiAFP

Si queremos entender la magnitud de la guerra entre Israel e Irán debemos recordar algunos hitos de la historia reciente.

El 3 de octubre de 2023, el líder supremo iraní, el ayatolá Alí Jamenei, se dirigió a una gran multitud de funcionarios gubernamentales y visitantes internacionales en Teherán: al acercarse al final de su discurso, Jamenei centró sus comentarios en Israel, el enemigo acérrimo de la República Islámica. Invocando un versículo del Corán, Jamenei insistió en que el Estado judío «morirá de su propia ira».

Recordó a la audiencia que el ayatolá Ruhollah Jomeini, fundador de la teocracia iraní, había descrito a Israel como un cáncer. Y terminó: «Este cáncer será erradicado definitivamente, si Dios quiere, a manos del pueblo palestino y las fuerzas de resistencia de toda la región».

Esta fue la declaración que inició esta guerra, porque cuatro días después varios cohetes salieron disparados desde la franja de Gaza hacia el sur de Israel y más de 1.000 terroristas palestinos, rompiendo la barrera fronteriza en motocicletas y jeeps, o saliendo en masa de barcos en el mar y lanzándose en parapente desde el aire asesinaron a 1.200 israelíes y capturaron a 251. Fue el acto de violencia antijudía más mortífero desde el Holocausto.

La respuesta militar israelí no se hizo esperar y ha combatido a Hamás, eliminado a miles de terroristas y devastado la totalidad de Gaza. Los objetivos militares fijados por Israel eran y siguen siendo muy claros.

Teherán participó en el ataque del 7 de octubre del que fue instigador y planificador. Los líderes iraníes estaban ansiosos por cumplir la profecía de Jamenei.

Al principio, Irán entró en la guerra adoptando una postura diplomática contra la escalada reuniendo a sus milicias de proximidad: Hezbolá, en el Líbano, los hutíes, en Yemen, y los yihadistas chiíes que operan entre Siria e Irán.

Teherán participó en el ataque del 7 de octubre del que fue instigador y planificador

Pero el 13 de abril, los líderes iraníes cambiaron de rumbo y lanzaron una lluvia masiva de misiles y drones. Era la primera vez que Irán atacaba directamente el territorio israelí.

Israel logró una espectacular defensa junto a Estados Unidos y sus socios árabes. Luego, tomó represalias contra Irán y sus aliados, conteniendo así la escalada. Más tarde, la caída del régimen sirio de Bashar al-Asad, tras destrozar la infraestructura y las fuerzas de Hezbolá, en el Líbano, no ha hecho sino reforzar la ventaja de Israel sobre Irán.

Irán e Israel son enemigos mortales, pero no siempre lo fueron. Bajo el mandato de Mohammad Reza Shah Pahlavi, el monarca que gobernó Persia durante décadas cultivó una relación de cooperación y beneficio mutuo en materia de seguridad y economía con el Estado judío. A su vez, los líderes israelíes cortejaron a Irán para aliviar su aislamiento internacional y contrarrestar la hostilidad de sus vecinos árabes.

La Revolución Islámica de 1979 lo cambió todo. Especialmente desde que el Líbano se encontraba en plena guerra civil e Irán se convirtió en una teocracia. Tras la invasión israelí del país en 1982, Teherán ofreció ayuda militar y técnica a grupos chiíes libaneses como Hezbolá, desarrollando un modelo para aterrorizar a sus adversarios (atentados suicidas, asesinatos y secuestros).

Irán también comenzó a defender la causa palestina como una forma de ganarse los corazones y las mentes de los numerosos musulmanes suníes de Oriente Medio, que de otro poco tenían para ponerse del lado de un régimen chií.

Los funcionarios israelíes incluso mantuvieron un importante canal de suministro de armas a Teherán tras la invasión del país persa por el presidente iraquí Sadam Husein en 1980, con la esperanza de fortalecer a los líderes moderados iraníes y prolongar el conflicto contra Bagdad. Los israelíes consideraban que Irak era una amenaza más grave. Pero esta estrategia terminó mal. La intervención de funcionarios estadounidenses fue mal con la Administración Reagan y generó un endurecimiento aún mayor del régimen revolucionario iraní.

El fin de la guerra entre Irán e Irak en 1988, por su parte, dio a Teherán la capacidad de desafiar más en serio a Israel. La República Islámica puede haber salido de ese conflicto maltrecha y empobrecida, pero los combates ayudaron al régimen clerical a consolidar su control del poder. También significó que el Ejército iraní necesitaba una nueva misión. Incluso cuando Israel y los palestinos daban pasos vacilantes hacia la resolución del conflicto y una solución de dos Estados en la década de 1990, Teherán amplió sus inversiones en la oposición violenta al proceso de paz y a Israel en general. También aceleró la reactivación del programa nuclear pre-revolucionario de Irán.

Los acontecimientos de la década siguiente reforzaron aún más el régimen iraní. Las intervenciones militares estadounidenses en Afganistán e Irak destronaron a dos de los adversarios de Teherán, los talibanes y Sadam, lo que dio a Irán mayor margen de maniobra. Esas operaciones intensificaron la paranoia en Teherán de que Washington estaba tratando de estrangular a la República Islámica, lo que avivó la determinación del régimen de expulsar a las tropas estadounidenses de la región.

Irán e Israel, y la región en su conjunto, se enfrentan a una difícil situación. Israel ha logrado una victoria significativa, pero tanto los líderes iraníes como los israelíes creen que la amenaza que representa el otro sigue siendo existencial e inflexible. En su retórica, ambos gobiernos tratan de presentar al otro como si estuviera contra las cuerdas.

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