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Fabrice Leggeri

Bruselas evita definir el extremismo religioso mientras invita a acusar al cristianismo

El curso parlamentario europeo termina dejando tras de sí un inquietante interrogante: ¿qué entiende la Unión Europea por «extremismo religioso»? Y más aún: ¿quién lo define?

La pregunta, lejos de ser teórica, fue planteada formalmente por el eurodiputado Fabrice Leggeri (Patriotas por Europa), junto a otros 17 diputados del mismo grupo, el pasado 23 de mayo. Se dirigieron a la vicepresidenta de la Comisión y alta representante de Asuntos Exteriores, pidiendo explicaciones sobre el contenido de formaciones recibidas por el Servicio Europeo de Acción Exterior (SEAE), supuestamente impartidas por individuos vinculados a los Hermanos Musulmanes, como Sondos Asem, antigua asesora de Mohamed Morsi, presidente egipcio depuesto e integrante de dicha organización islamista.

El fundamento de la pregunta estaba en un informe oficial del Gobierno francés, titulado «Frères musulmans et islamisme politique en France», que detalla estrategias de infiltración de los Hermanos Musulmanes en Europa a través de asociaciones pantalla, escuelas confesionales y financiación extranjera. Según los diputados, esta infiltración afecta también a la UE: «Está documentado que estos islamistas tienen influencia en la Comisión y el Parlamento Europeo, en particular a través de la red FEMYSO y la Red Europea contra el Racismo», afirman.

Preguntaban, en concreto, qué tipo de formaciones se habían impartido al SEAE y si la Comisión se comprometería a cortar toda relación con personas o redes próximas a los Hermanos Musulmanes.

La respuesta llegó casi dos meses después, el 17 de julio, firmada por la comisaria Kaja Kallas. El tono: distante, casi evasivo. La Comisión no negó los hechos. Se limitó a declarar que «las formaciones ofrecidas al personal del SEAE buscan reforzar sus capacidades en ámbitos como los derechos humanos, la libertad religiosa y la diversidad cultural», sin aclarar quién las imparte ni cuánto cuestan. Sobre la vinculación con grupos islamistas, silencio.

Mientras tanto, el Parlamento acogía a finales de junio una sesión promovida por los grupos de izquierda ideológica: The Left, Verdes, liberales de Renew, Socialistas y Demócratas (S&D), e incluso representantes polacos del Partido Popular Europeo. ¿El tema? LA presentación del informe «The Next Wave: How Religious Extremism Is Regaining Power», el «extremismo religioso» en Europa. Pero no se habló del islamismo político ni de amenazas yihadistas. El enfoque fue otro: denunciar lo que la ONG invitada, European Parliamentary Forum on Sexual and Reproductive Rights (EPF) define como «redes antigénero y antilibertad», una categoría que, según su informe, incluye a organizaciones cristianas conservadoras, asociaciones provida, y entidades que promueven la objeción de conciencia al aborto o cuestionan la educación sexual obligatoria, acusándolas de fundamentalismo religioso.

En otras palabras, para una parte de la Eurocámara, el extremismo religioso es sinónimo de cristianismo tradicional, y lo políticamente correcto, la cristianofobia. Y no parece preocupar que funcionarios europeos se formen con exponentes del islamismo político, siempre y cuando abracen el discurso del diálogo intercultural. En Bruselas, los silencios cada vez hablan más claro: parece que el extremismo religioso siempre va vestido con sotana, pero nunca con chilaba.

Como señaló un eurodiputado crítico, «la Comisión habla de diversidad, pero en la práctica solo tolera una visión de Europa: la que arrincona nuestras raíces cristianas y moral tradicionales en nombre del progresismo institucional».

Europa, en nombre de la tolerancia, está corriendo el riesgo de volverse intolerante con sus propias raíces.