Dos años más tarde: ¿cómo viven en los kibutzs atacados ese 7 de octubre?
El balance de aquel asalto se resume en 1.595 cadáveres, violaciones, desmembramiento de cuerpos y la captura y secuestro de 251 personas. 48, entre vivos y muertos, siguen en manos de Hamás
Una mujer israelí habla frente a los Kibuts
Itzik Elgarat se abrazó a su hija y se metieron en la «habitación segura». Nunca había oído el ruido o el silbido de una bala, pero reconoció de inmediato las ráfagas de las ametralladoras y los disparos de los fusiles de los yihadistas de Hamás. Disparaban contra las casitas del kibutz Nir Oz y contra sus vecinos, contra los ancianos, niños, hombres y mujeres que no tuvieron tiempo para reaccionar. En cuestión de segundos, los gritos y los golpes le reventaban la cabeza.
Más de 4.000 miembros de las brigadas Izzedin Al-Qassan, el cruel e insaciable brazo armado de Hamás, habían roto la verja que separa la franja de Gaza de las tierras agrícolas israelíes. En simultáneo, otros grupos se lanzaban en parapentes.
En el horizonte descubrieron –o ya sabían que había– una fiesta rave. Bajo sus pies y a lo largo del camino que recorrían en las camionetas y vehículos cuatro por cuatro, tenían un caladero humano formidable para matar, torturar y secuestrar.
1.595 cadáveres, violaciones, desmembramiento de cuerpos y la captura y secuestro de 251 personas.
El saldo del asalto del 7 de octubre fue mejor del que esperaban: 1.595 cadáveres, violaciones, desmembramiento de cuerpos de pequeños y la captura y secuestro de 251 personas.
Hoy, mientras se discuten las condiciones de Hamás para comenzar con el plan de paz de Donald Trump, 48 rehenes (entre vivos y muertos) permanecen en poder de la organización terrorista que ha estado gobernando la franja de Gaza. Mientras el Ejército israelí avanza, aunque ralentiza, la conquista y el control de un territorio que jamás volverá a ser lo que fue.
El 7 de octubre de 2023 no queda tan lejos en el tiempo para Itzik Elgarat. La memoria de aquel día la recuerda todas las noches con la pesadilla de los ataques terroristas más salvajes desde la shoa, el genocidio de seis millones de judíos de Hitler. La ausencia de sus vecinos y el silencio de los niños que ya no están le impide olvidar que la muerte, «aunque no pienses en ella, está ahí y aparece cuando menos lo esperas».
No se conformaban con matar, violar y descoyuntar a mujeresResidente del Kibut Nir Oz
En el Kibut Nir Oz, donde hace dos años había unas 500 personas, ahora sólo se ve la casa reconstruida de esta mujer, excavadoras, fotografías de muertos y vivos en sus casitas y operarios en otros lugares. También permanecen las pruebas de la barbarie. «No se conformaban con matar, violar y descoyuntar a mujeres», detalla. «La brutalidad con todos no tenía fin. Decían que eran musulmanes y no iban a abusar de las mujeres por eso», recuerda con el espanto en el rostro antes de explicar que, «torturaban, saqueaban y después, incendiaban las viviendas».
La «habitación segura» no se cierra
Itzik y su hija permanecieron casi 12 horas esperando que llegara el Ejército israelí. Mientras, bloqueaban la puerta blindada «con la aspiradora y una cuerda», recuerda al grupo de periodistas que acompañamos hace unas semanas a la organización EIPA (Europe Israel Press Association).
La persiana de la única ventana que hoy, casi dos años más tarde ha reconstruida, cae –como cayó hace dos años– como un telón de acero. Pero la puerta de la «habitación segura» no tenia pestillo o cerrojo, «se construyen así porque están pensadas para un bombardeo, no para un asalto. Si te cae una bomba tienen que poder entrar para sacarte», explica.
Madre e hija creyeron en una muerte segura y se dijeron «todas las palabras de amor que sentíamos la una por la otra. Lo feliz que era con ella mientras pensábamos que íbamos a morir», recuerda.
¿Por qué nosotros? Sabían que somos buenos vecinos, no hicimos nada malo, nos respetábamosResidente del Kibut Nir Oz
Las dos siguen vivas y ella, desde una terraza del Kibut nos muestra la verja que diferencia la Franja de su tierra. Está apenas a un kilómetro o kilómetro y medio de esta especie de comuna agrícola. «Nos conocíamos todos. Paseaba con mi bicicleta y nos saludábamos. Ellos a un lado de la verja y yo por el camino del otro. Nunca pensé que esa misma gente fuera a ser cómplice de lo sucedido.»
Hasta hoy se pregunta: «¿Por qué nosotros? Saben que somos buenos vecinos, no hemos hecho nada malo, nos hemos respetado siempre, no somos militares… Nunca lo entenderé» lamenta.
¿Qué opina de los palestinos de la Franja? «Antes pensaba que no eran todos iguales, que había palestinos en contra de Hamás, pero ya no. ¿Ninguno sabía que en la puerta de enfrente tenían secuestrados a rehenes, nadie se preguntaba por qué se multiplicaban los envíos y compras de comida… Todos sabían y no hubo uno, ni uno que ayudara.»
Eriz no desea que maten a los asesinos de su mejor amiga, de sus vecinos y del resto de los más de 1.400 personas que las brigadas de Izzedin Al Qassar pasaron a cuchillo. Ella busca «justicia y que entreguen a los rehenes que siguen ocultando en otras casas o en los túneles».
Irizi volvió con su hija tras reconstruir su casa el 15 de mayo. Cree, aunque no tiene la certeza, que en unos meses vendrán muchas más familias.
En el centro de reuniones se conservan los buzones de correos y los impactos de proyectil en las puertas de cristal. Algún día se reconstruirá, pero no será hoy.
Hamás asesinó brutalmente a 40 judíos en este Kibut Nir Oz, 76 fueron secuestrados y algunos de ellos, sin certeza sobre si están vivos o muertos, permanecen en poder de la organización terrorista.
El memorial del Nova Festival
Hay imágenes imborrables que ha visto el mundo. Las de los «Toyotas» arrasando en el Nova Festival son algunas de ellas. Hoy allí se levanta un memorial con la mesa de mezclas. Decenas de fotografías de los jóvenes a modo de altar se extienden en lo que era un descampado.
Algunas de las que están sobre pedestales llevan leyendas impresas y un puñadito de piedras o monedas. En la entrada destaca un enorme contenedor amarillo, era el depósito de basuras. Entre los desperdicios trataron de ocultarse algunos de los que bailaban y pedían por la reconciliación y la paz. Los descubrieron a todos.
Varias unidades de soldados patrullan la zona. Veinteañeras, chicos medio imberbes que quizás tengan que cruzar al otro lado, donde el terror ahora está en los carros de combate y las bombas que arrasan la Franja.
Han pasado dos años, pero para ellos parece que fue ayer.