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Donald Trump, Budapest y el juego de la oca

Son muchos los analistas que ven en las casillas de Arabia Saudí, Estambul y la propia Alaska un reguero de humillaciones para Washington

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, en la Casa Blanca

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, en la Casa BlancaAFP

La errática política del presidente Donald Trump sobre Ucrania empieza a recordarme al juego de la oca. Cada vez que el hombre parece acercarse a ese posible final de la partida donde le espera el premio de la paz, una fatídica tirada de dados le hace caer en la calavera que, si no recuerdo mal las reglas del juego, le devuelve a la casilla de salida.

¿Por qué ocurre esto? Porque los dados que Trump utiliza están marcados por el Kremlin. En los últimos días, el hiperactivo político republicano se las había arreglado para conseguir que Modi, el primer ministro de la India, anunciase su renuncia a comprar crudo ruso. Por si eso fuera poco, su vicepresidente había dejado caer ante la prensa mundial la posibilidad de ceder misiles Tomahawk a Kiev, un gesto que no iba a cambiar el curso de la guerra pero sí la percepción pública de la postura de los EE.UU. Bastó, sin embargo, una llamada telefónica del dictador del Kremlin para echar abajo todo lo construido trabajosamente por los líderes europeos que, con las excepciones que todos conocemos, acompañaron en masa a Zelenski para paliar los daños de la desastrosa cumbre de Alaska.

Son muchos los analistas que ven en las casillas de Arabia Saudí, Estambul y la propia Alaska un reguero de humillaciones para Washington. Cualesquiera que hayan sido las concesiones que Trump haya puesto sobre la mesa, lo cierto es que Putin no se ha movido un milímetro de su postura. Sin embargo, y desde la perspectiva opuesta, la secuencia marca también una serie de errores estratégicos del líder ruso, que pierde oportunidad tras oportunidad de aceptar un alto el fuego, dar la guerra por ganada y quedarse para siempre con lo que sus tropas han logrado conquistar.

Afortunadamente, el secretario de Estado norteamericano, Marco Rubio, el único profesional que sobrevive en la Administración Trump, ha sujetado la mano del magnate antes de que tirara los dados que iban a llevarle a la casilla de Budapest. Todo hacía suponer que se iba a repetir la misma historia. ¿Cómo explicar que dos hombres poderosos tropiecen una y otra vez en la misma piedra? ¿Es que los presidentes de las dos grandes potencias nucleares del planeta son más estúpidos que cualquiera de nosotros? ¿Cree de verdad Putin que puede lograr la rendición incondicional de Ucrania en una guerra en la que ya hace dos años y medio de su última victoria relevante, la conquista de Bajmut? ¿Cree Trump que, por la amistad que los une, el dictador ruso va a dar por saciada su hambre de poder?

Son muchos los analistas que ven en las casillas de Arabia Saudí, Estambul y la propia Alaska un reguero de humillaciones para Washington

Lo que no parece tener explicación en el plano estratégico se ve mucho más claro si, como enseñan los profesores de matemáticas, cambiamos de variable. El enemigo al que teme Putin no es Trump o la UE, ni siquiera Ucrania. Como todos los dictadores, teme a su pueblo. Teme a los ciudadanos que en su día escucharon el discurso de Yeltsin desde uno de los carros de combate que los golpistas de 1991 sacaron a la calle para suprimir las ansias de libertad de los moscovitas. Bien sabe el dictador que, desplegados en Ucrania, sus carros defienden su régimen totalitario mucho mejor que en las calles de su capital. Necesita la guerra, pero en la dosis justa. Para que no se le atragante, trata de dividir a Occidente… y la verdad es que, en este sentido, tampoco le va tan mal.

¿Y Trump? Nadie sabe lo que cada uno esconde en su corazón pero, si tuviera que apostar, lo haría porque el enemigo del vengativo republicano es, al igual que el de Putin, personal más que estratégico. En su caso, cualquiera que se haya cruzado en su camino. Desde que comenzó su segundo mandato, el magnate ha despedido de la Administración a quienes habían tenido algún papel en la investigación de sus delitos, ha forzado al Departamento de Justicia a presentar cargos contra sus oponentes del pasado, ha revocado las credenciales de prensa a quienes le han criticado y, en un alarde de mezquindad, ha retirado la escolta de Kamala Harris y convocado a la prensa para anular la autorización de un enfermo Joe Biden para acceder a documentación clasificada. Por desgracia para Ucrania, Zelenski, que se negó a investigar las actividades de Hunter Biden en Ucrania durante el primer mandato de Donald Trump, ocupa uno de los primeros lugares de la lista negra del magnate.

En estas condiciones, solo cabe celebrar la rectificación de la Casa Blanca. Mucho me temo que sobre la casilla de Budapest, precisamente el lugar donde Yeltsin garantizó en 1994 la integridad territorial de Ucrania, el destino ya había pintado la fatídica calavera que –y esto, por desgracia, ya no es el juego de la oca– continuará sembrando de cadáveres el este de Europa. Al servicio de la ambición de Vladimir Putin, único culpable de lo que ocurre, pero siguiendo un camino que el ego de Donald Trump sigue contribuyendo a desbrozar.

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