Chile: la rebelión del 18 de octubre y el pornoterrorismo
Los chilenos rechazaron de manera categórica el experimento con el repudio a esa Constitución, plurinacional, feminista y ecologista, que tuvo como antesala esteticista la depravación del hombre y la política
Rebelión del 18 de octubre del 2019 en Chile
En Chile, la rebelión del 18 de octubre del 2019 no terminó con la desaparición de la violencia «descolonizadora». Pues, la salida política, el acuerdo de la paz social y la nueva Constitución, derivó en la redacción de una Constitución decolonial de inspiración marxista bolivariana; implicaba plebiscitar el texto que tuvo origen en la violencia octubrista. En este contexto, el último acto político de campaña de quienes deseaban la aprobación del texto constitucional, consistió en una forma de violencia política.
Dicho acto político organizado por la opción Apruebo para Transformar, al que convocaba, a través de las redes sociales, el alcalde de Valparaíso, Jorge Sharp, contó con la participación de grupos musicales de orientación marxista: Quilapayún, Charwilla, Profeta Marginal, Manual de Carroña y el grupo disidente sexual denominado: Las Indetectables. Quienes realizaron una performance política que fue rechazada de manera unánime por la gente sensata. La razón del rechazo fue que se manchó el símbolo y emblema de nuestra bandera nacional, con una acción zafia, carente de cultura cívica: la plaza pública estaba inundada de violencia, fealdad y hedor.
No obstante, más allá del rechazo generalizado a un acto político con tintes de depravación y rasgos psicopáticos que cruzó el límite del sentido común, cabe preguntarse: ¿en qué se fundamenta una forma tal de concebir la política y qué idea de hombre subyace en ella?
Al examinar la cuestión, nos encontramos con un concepto utilizado desde la década de 1990 y que se denomina pornoterrorismo. La performance política realizada por el grupo disidente sexual, en el que se denigró nuestro símbolo patrio, se encuadra dentro del llamado pornoterrorismo.
El pornoterrorismo «no solo es un arma discursiva, sino una práctica de desobediencia civil y sexual que nos muestra que, mientras tengamos cuerpos, perseverar desde la sumisión social nunca será una salida». Tal movimiento «es el engendro de la revolución, la sexualidad pisoteando la civilización», nunca mejor dicho. Y lleva a cabo tal revolución «con las herramientas más básicas y actuales, el cuerpo, los cuerpos vivos y asesinados, humanos y animales, la carne como fuente de goce y barbarie».
El pornoterrorismo es una forma de violencia política que tiene como arma de protesta y rebeldía social al propio cuerpo, cuerpo que se considera un instrumento de lucha y no una dimensión constitutiva de la persona. Se trata de una violencia dirigida respecto de la propia identidad personal y, por consiguiente, contra las personas que conforman la sociedad.
Tal forma de violencia política se presenta como «la reivindicación de prácticas sexuales alternativas y una propuesta feminista que tiene en su núcleo las transversales de precariedad económica, política, existencial y epistémica, que siguen siendo pertinentes como enclaves fundamentales de análisis, dada la globalización como proyecto económico recolonizador y la violencia exacerbada que se despliega de manera simultánea en distintos confines del planeta».
Se trata de una violencia dirigida respecto de la propia identidad personal
Vemos así que la marginalidad, en sus diferentes dimensiones, está en la raíz de la praxis pornoterrorista, con un claro acento feminista y materialista.
Resulta desalentador constatar el modo en que una persona militante de tal movimiento se considera a sí misma: «Discúlpenme entonces, señores y señoras, pero yo soy un animal, y ‘humana’ es solo una subcategoría de mi animalidad. Así de simple. Y estoy harta de las barreras que me imponen quienes piensan que somos una especie diferente precisamente por este tipo de subnormalidades. Para mí, nos diferencia mucho más el hecho de que seamos el único animal capaz de autoexterminarse».
Más aún, «descubrí en mi interés por convertirme en una ‘incívica suprema’ una vía de liberación de todas mis pulsiones sociópatas, que tenían como único objetivo destruir un sistema atrofiado que me había estado amargando la vida desde que tenía uso de razón». La exaltación de la animalidad, a nivel individual, que no personal, está asociada a un fin revolucionario.
La destrucción del sistema es el objetivo fundamental, ya que en él se alojan todas las amarguras, rencores y odios de los que es preciso liberarse. Un desencanto de sí mismo, de los demás y del mundo, del sistema tal como es, constituye una especie de nihilismo existencialista que inunda a la persona y podría ser causa de un naufragio vital.
El desencanto de sí mismo va acompañado del desprecio y odio hacia los demás. Una remembranza sartreana se desliza en el hecho de sentirse censurada por la mirada ajena.
El desencanto de sí mismo va acompañado del desprecio y odio hacia los demás
«Son los ojos de los demás los que me juzgan no apta o incluso peligrosa, no los de mis amantes. Y ante esa censura les doy motivos para temer. Es la respuesta instintiva de un animal al que se ataca. Mi respuesta no podía ser de otra forma, la experiencia me ha enseñado a anteponer mi animalidad a mi humanidad, porque en el fondo odio profundamente a la especie humana y sus normas, sus estrategias, su estructura».
El desprecio por los demás tiene ribetes alarmantes de inhumanidad, o habría que decir de animalidad: «El mundo está lleno de seres despreciables, y por eso es que yo siento desprecio. De seres que merecen la muerte o el tormento, y por eso es que yo soy guerrillera y maltratadora. (...) El mundo está lleno de gente que me odia sin siquiera conocerme, y por eso es que yo odio tantísimo, y aun así no doy abasto».
Hay un aspecto relevante, de carácter antropológico y ético, en la violencia política, el cambio que producen las acciones bajo la influencia de las ideas sobre las personas que las enarbolan.
El resultado de dicho cambio es la justificación del menosprecio, de hecho y de manera creciente, de los grupos o personas marcadas como culpables de los problemas de la vida, o como enemigos ideológicos.
Ese cambio o mutación de comportamiento se traduce en más y más violencia, incluso en una perversión de la moralidad, de tal manera que se llega a justificar la eliminación de los demás.
Hay una dolencia humana profunda en quienes, movidos por el odio, rechazan la realidad, la verdad de la vida y justifican la eliminación de otros seres humanos. Con razón ha dicho, si lo he entendido bien, el entonces cardenal Ratzinger que «la violencia es una justificación para consolar a aquellos que están rotos por la vida».
Los demás son mis enemigos. Una relación dialéctica de lucha da cuenta incluso de la propia manera de ser: «Yo sé que no sería quien soy ni haría lo que hago si mi enemigo no existiera. Así que, finalmente, hasta tengo algo por lo que estar agradecida por tanta vejación, tanta hipocresía y tanta bazofia. Es bello en lo que me he convertido, aunque, en el caso remoto e hipotético de que no existiera nada contra lo que luchar o por lo que pelear, no me imagino siendo de otra manera; tampoco es sano ser feliz todo el tiempo».
Los demás, el mundo, son los responsables de mi desencanto y mi animalidad monstruosa. Ni la libertad ni el bien ni la verdad ni la belleza son parte de este mundo.
Si hay algo así como la ética, se trata de mi ética. «Si educas a una criatura para que sea libre, generosa, buena, inteligente y amante de la belleza, cuando la sueltes en el mundo se convertirá en un monstruo. Porque el mundo está lleno de cárceles físicas e ideológicas, y la palabra ‘libertad’ es más un eslogan publicitario que una bandera; porque se rige por principios mercantiles y el dinero lo es todo; porque la bondad es algo tan en desuso que se contempla siempre bajo una desconfianza casi patológica; porque la inteligencia es un bien preciado en quienes manejan los hilos y un peligro público en las marionetas; porque la belleza vive en jaulas o en escaparates. Así de orgullosa estoy de mi monstruosidad, porque en ella y a través de ella puedo expresar mis virtudes tan denostadas, porque en ella sigue intacto mi código ético personal. Sigo siendo buena, generosa, inteligente y amante de la belleza, eso no lo pudieron tocar».
En tal modo de verse a sí mismo, a los demás y al mundo, por parte de quien profesa lo que tiene características de una pseudorreligión sin relación con nada trascendente, en la que lo sagrado no tiene cabida alguna ni tampoco el respeto por los demás, se llega a afirmar:
«Ya no creo en el respeto ni en la tolerancia. Siempre me ha dado asco la gente que aboga por la tolerancia. Tolerar es perdonarle la vida a ese sujeto molesto al que no puedes quitar del medio porque sería anticonstitucional, y por ello decides asignarle un espacio periférico en la sociedad, decirle ‘tienes permiso para vivir, pero no te salgas de madre’. Tolerar es un pacto siempre en desigualdad, donde hay un sujeto que tolera, el que tiene el poder, y otro que da las gracias, agacha la cabeza y pide perdón por ser como es».
En el fondo una visión del hombre, la sociedad y el mundo que lo hacen inhabitable pues, «el terrorismo que practico me lo enseñaron ellos y yo lo he adaptado a mis deseos. Así aprendí que el odio genera más odio, y tres cuartos de lo mismo con la rabia, pero lejos de tirar la toalla o de encauzar mi camino por alguna vertiente menos beligerante y más sensata, hice de mi sociopatía mi propia religión».
Tenemos así que un acto de tal naturaleza no fue simplemente un acto que rozaba la depravación, sino que tiene una justificación política, en cuanto constituye un tipo de violencia contra las personas, contra la sociedad y contra el mundo.
La rebelión del 18 de octubre, mostró lo peor del ser humano y de la fiebre ideológica que lo inspiraba. Los chilenos rechazaron de manera categórica el experimento con el repudio a esa Constitución, plurinacional, feminista y ecologista, que tuvo como antesala esteticista la depravación del hombre y la política.
El Gobierno del Frente Amplio, que fue el artífice de tal malevolencia, ha seguido intentando e implementando el cambio de la cultura y civilización cristiano occidental en las que aún está enraizada la identidad nacional. El resultado de las elecciones presidenciales que se avecinan, puede ser una segunda afrenta respecto del «mal vivir» del gobierno y su ideología, para comenzar a restituir el respeto, la seguridad, la libertad, la justicia y la paz que los chilenos reclaman con urgencia.