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Trump y Venezuela: ¿La nueva Pax Hispana?

Estados Unidos y Trump podrían aprender mucho de la experiencia española en las Américas: la última vez que ese continente conoció dos siglos de paz y prosperidad sostenida

El presidente de EE.UU. Donald Trump durante un discurso ante militares de la Marina

El presidente de EE.UU. Donald Trump durante un discurso ante militares de la MarinaPhilip Fong / AFP

Los tambores de guerra que repican en el Caribe parecen, a primera vista, otra bravuconada del «monstruo naranja». Pero, con cierta perspectiva histórica, lo que está ocurriendo no es una improvisación trumpista, sino la continuación de una de las visiones más antiguas y persistentes de Estados Unidos sobre su papel en el mundo.

Expresada primero por Monroe, ampliada por McKinley y ejecutada con garbo por Theodore Roosevelt, esa visión concibe un continente americano integrado económicamente, bajo el liderazgo paternal —y, según ellos, benevolente— de papá USA. En esta nueva iteración, Estados Unidos y Trump podrían aprender mucho de la experiencia española en las Américas: la última vez que ese continente conoció dos siglos de paz y prosperidad sostenida.

De Monroe a Roosevelt: la América para los Americanos

Cuando James Monroe enunció en 1823 su célebre doctrina —«América para los Americanos»—, el mensaje era esencialmente defensivo. Aquellos Estados Unidos, frágiles y recién nacidos, apenas podían mantener su propio territorio, y mucho menos imponer orden en el hemisferio. Su doctrina era un deseo más que una política: impedir el regreso de los imperios europeos tras las guerras napoleónicas.

La revolución industrial y la expansión hacia el Oeste cambiaron el tablero. Entre 1840 y 1890, el manifest destiny convirtió a la joven república en un coloso económico. Con México ya apartado del camino, McKinley y su sucesor Roosevelt decidieron dar el salto imperial. La guerra de 1898 —la primera «guerra mediática» de la historia— sirvió de excusa para expulsar a España del Caribe y el Pacífico.

Con el Canal de Panamá como joya de la corona y la marina norteamericana patrullando medio planeta, la Doctrina Monroe —ahora con su «corolario rooseveliano»— se convirtió en la piedra angular de la política exterior estadounidense durante todo el siglo XX en las Américas. Aranceles, cañoneras y golpes de Estado: todo valía en nombre de la «libertad».

Trump y el regreso del imperio

Los paralelismos con Trump son inevitables. Hoy el enemigo no es España, Inglaterra o Francia, sino China. El uso de aranceles, el proteccionismo estratégico y el despliegue de la Armada —incluso en el mismo país, Venezuela— son herederos directos de aquella doctrina. Como reconoció John Bolton, exasesor de Trump, «la Doctrina Monroe sigue viva y coleando».

En un mundo multipolar, Trump y Rubio buscan blindar su «patio trasero» y recentrar su cadena de suministros en el continente que EE.UU. nunca debió olvidar. América —de Canadá a la Patagonia— ofrece ventajas insuperables: abundancia de materias primas, población joven y salarios muy competitivos al sur de la frontera, incluso comparados con los tigres asiáticos. Y, a diferencia de Asia, el continente comparte con EE.UU. una cultura cristiana que, mal que bien, se entiende entre sí.

Miami, nuevo epicentro imperial

Venezuela es la punta de lanza, pero no el objetivo final. Las iniciativas de Marco Rubio están logrando que los poderes hegemónicos de HispanoaméricaBrasil y México—, a pesar de sus simpatías por Maduro, tomen distancia de su régimen. En esta visión del futuro, el castillo de naipes construido por los servicios secretos cubanos se tambalea. Detrás vendrá Petro, y después Ortega, y, Dios mediante, Díaz-Canel o quien se atreva a desafiar el nuevo orden.

Y el centro neurálgico de esta «reconquista» no está en Washington, sino en Miami, donde convergen el mundo MAGA, la diáspora hispanoamericana y sus próceres en un exilio dorado. Desde allí, entre coladas cubanas y capitales venezolanos, se sueña con una nueva hegemonía americana: una Pax Trumpana que recuerda, con ironía histórica, a la antigua Pax Hispana.

La lección del Imperio Español

Pero aquí terminan los paralelismos. Pese a los mitos —la «leyenda negra»— sobre el carácter supuestamente extractivo del imperio español, la realidad fue más compleja y, sobre todo, más eficaz.

El éxito y la longevidad de aquella empresa se debieron principalmente a la prosperidad de sus virreinatos: Lima, México, Buenos Aires o Cartagena fueron durante siglos más prósperas y cultas que la mayoría de ciudades europeas. La administración era ordenada, las instituciones sólidas y la presión fiscal, sorprendentemente baja: el famoso «quinto real» oscilaba entre el 10 % y el 20 %, de los cuales solo una fracción llegaba a la Península. Las inequidades entre clases eran evidentes, pero no muy diferentes a las que se vivían en la vieja Europa. Humboldt, enemigo declarado del absolutismo español, reconoció a regañadientes que las urbes coloniales superaban en nivel de vida a muchas capitales europeas.

La Pax Hispana duró dos siglos porque generaba prosperidad compartida. No era perfecta, pero funcionaba.

Lecciones para una nueva hegemonía

Trump y Rubio deberían tomar nota. Si de verdad pretenden restaurar la hegemonía estadounidense en las Américas, no pueden repetir el error del siglo XX: tratar al continente como simple fuente de materias primas o mano de obra barata. Esa versión 1.0 de la Doctrina Monroe fracasó, y sembró una desconfianza hacia los gringos que aún perdura.

Expulsar a los «malos» —Maduro, Ortega, Petro o Díaz-Canel— no basta. Sin instituciones sólidas, llegarán otros iguales o peores. La nueva «Pax Americana» solo será sostenible si se basa en prosperidad económica compartida, respeto a la propiedad privada y respeto institucional: los tres pilares que, durante siglos, dieron estabilidad a la vieja América española.

Estados Unidos sufre, como todo imperio joven, un síndrome crónico de déficit de atención. Trump es simplemente un alumno avanzado de un síndrome que ha afectado, en mayor o menor medida, a todos los presidentes desde FDR. Pero si quiere sobrevivir a China y mantener su liderazgo hemisférico, o incluso volver a proyectarlo más allá del continente, tendrá que aprender algo que los viejos monarcas españoles sabían muy bien: un imperio solo dura cuando sus colonias prosperan.

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