El ministro de Asuntos Exteriores de Rusia, Serguéi Lavrov
Rusia La caída en desgracia de Serguéi Lavrov, el eterno ministro de Exteriores ruso en el que Putin ya no confía
Los rumores sobre la caída en desgracia del ministro de Exteriores de Rusia, Serguéi Lavrov (75 años), son cada vez más sonoros. Lavrov, quien lleva ejerciendo como máximo diplomático de Moscú durante 21 años, parece haber perdido la confianza del autócrata ruso, Vladímir Putin. El detonante, según reveló el diario británico Financial Times, fue la conversación que Lavrov mantuvo con su homólogo estadounidense, Marco Rubio, el pasado mes de octubre para preparar el terreno de una cumbre entre Putin y el inquilino de la Casa Blanca, Donald Trump, en la capital de Hungría, con el objetivo de tratar el fin de la invasión de Ucrania.
Sin embargo, aquella conversación telefónica, lejos de lograr su propósito, surtió el efecto contrario y, poco después, el republicano anunciaba que aplazaba sine die el encuentro con el líder ruso. Trump justificó este cambio de opinión asegurando que no quería «perder el tiempo» y que la reunión con Putin, en estos momentos, «sería inútil». Durante la conversación entre Rubio y Lavrov, este último presentó una lista de exigencias maximalistas para negociar la paz en Ucrania. El secretario de Estado estadounidense interpretó esas condiciones como una nueva muestra de la nula intención del Kremlin de poner fin a la guerra.
La dureza del ministro de Exteriores ruso provocó, además, que Trump decidiera imponer, por primera vez desde su llegada a la Casa Blanca, sanciones contra las dos grandes petroleras rusas, Lukoil y Rosneft. Desde que el mandatario estadounidense decidió posponer el cara a cara con el ruso, los contactos entre Washington y Moscú son mínimos, y Lavrov, considerado por Putin como el principal responsable de esta mala situación, ha ido desapareciendo gradualmente de la vida pública y política del Kremlin. El aparato de poder en Rusia, sin embargo, ha tratado de acallar las informaciones sobre el papel cada vez menos relevante de su ministro de Exteriores forzando su comparecencia ante la prensa por videoconferencia este martes.
En su intervención, Lavrov tendió precisamente la mano a Estados Unidos para retomar la cumbre en Budapest. «Estamos dispuestos a abordar con nuestros colegas estadounidenses la reanudación del trabajo preparatorio de su propuesta de cumbre entre los líderes de Rusia y Estados Unidos», declaró. Así, el diplomático ruso quiso acallar los rumores asegurando que durante la llamada telefónica con Rubio, el pasado 20 de octubre, «no hubo ninguna salida de tono». Más allá de las palabras, son las ausencias de Lavrov en encuentros clave –como la reunión extraordinaria del Consejo de Seguridad de Rusia, la semana pasada, para debatir la reanudación de los ensayos nucleares– las que han hecho saltar todas las alarmas.
El ministro de Exteriores ruso parece seguir los pasos del exministro de Defensa, Serguéi Shoigú, a quien Putin culpaba en privado del estancamiento de sus tropas en el frente ucraniano y que terminó relegado, en 2024, al cargo de secretario del Consejo de Seguridad de la Federación de Rusia. Otro síntoma que vaticina la caída en desgracia de Lavrov es que, a diferencia de otros años, el diplomático no encabezará la delegación rusa en la cumbre del G20 que se celebrará a finales de este mes en Sudáfrica, ni lideró a finales de octubre el equipo que asistió en Malasia al encuentro de la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN).
Este mismo miércoles, el ministro de Asuntos Exteriores ruso tampoco estuvo presente durante la reunión entre Putin y el presidente de Kazajistán, Kasim-Yomart Tokáyev, que sí contó con la presencia del máximo representante de la diplomacia kazaja, Yermek Kosherbayev. En su lugar apareció el asesor del Kremlin para Asuntos Internacionales, Yuri Ushakov. Ushakov ha ido ganando mayor peso en la política exterior rusa durante los últimos meses y fue quien encabezó el equipo negociador ruso durante las diferentes rondas de conversaciones con los ucranianos en la ciudad turca de Estambul, auspiciadas por Estados Unidos. Estas negociaciones, aunque no lograron ningún avance tangible para poner fin a la invasión, sí consiguieron que Trump comprara durante meses la narrativa del Kremlin y se alejara de Kiev.