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CrónicaDaniela BrikAuschwitz (Polonia)

Auschwitz y Birkenau: el silencio que aún grita

Auschwitz y Birkenau fueron, juntos, el epicentro del exterminio; hoy son la memoria viva de hasta dónde puede llegar la sinrazón

Cartel en hierro forjado en la entrada principal del campo de concentración de Auschwitz que reza «Arbeit macht frei» («El trabajo hace libre», en alemán)Daniela Brik

Ochenta años después de la rendición alemana y del inicio de los juicios de Núremberg, los campos de concentración y exterminio de Auschwitz y Birkenau, en el sur de Polonia, siguen siendo un recordatorio implacable del precio del odio. La historia del Holocausto no cabe en las cifras y puede leerse en los objetos, las alambradas, en los muros, los barracones y el silencio que los envuelve y que nos reclama no permitir que olvidemos.

El campo de concentración más conocido del mundo es un espacio aparentemente ordenado, donde bloques de edificio de ladrillo, rodeados por torretas y alambradas, se emplazan en medio del bucólico paisaje campestre. El cartel forjado en hierro en la puerta principal parece dividir, como lo hacía entonces, la vida de los vivos de la de los muertos en las celdas, en las cámaras, ejecutados o por extenuación.

«Arbeit macht frei» («El trabajo hace libre», en alemán) reza la triste mofa con la que los nazis eufemizaban la barbarie a la que someterían a unos 1,3 millones de personas, de las que un millón eran judíos. Se convirtió en uno de los símbolos más cínicos del Holocausto. La frase, usada antes en otros campos como Dachau o Sachsenhausen, pretendía dar una apariencia de orden y disciplina. En Auschwitz representó una mentira macabra: allí, el trabajo no liberaba a nadie, conducía al agotamiento y a la muerte.

En junio de 1940 comenzó la deportación de polacos. Entre 140.000 y 150.000 fueron enviados al campo, donde la mitad murió. Un año después, en junio de 1941, llegaron 25.000 prisioneros de distintas nacionalidades, de los cuales los nazis segaron la vida de la mitad. Ese verano comenzaron las deportaciones de 15.000 prisioneros de guerra soviéticos: la mayoría no sobrevivió al cautiverio.

Interior de un barracón del campo de exterminio de Birkenau donde se exponen réplicas de las literas de madera donde dormían los prisionerosDaniela Brik

En marzo de 1942, Auschwitz asumió una nueva función. Además de campo de concentración, se convirtió en el mayor centro de exterminio de la historia. Entre 1942 y 1944, alrededor de 1,1 millones de judíos fueron deportados y aproximadamente un millón asesinado, principalmente en las cámaras de gas. En febrero de 1943 llegaron 23.000 gitanos, de los que 21.000 corrieron igual suerte.

En vísperas de la ocupación alemana de Polonia, en 1939 vivían en este país 3,3 millones de judíos y representaban el 10 % de la población. Al concluir la guerra, quedaban con vida aproximadamente 380.000. El resto había sido asesinado, la mayoría en los guetos y en los seis campos de exterminio: Chelmno, Belzec, Sobibor, Treblinka, Majdanek y Auschwitz-Birkenau.

Solo en Cracovia, cercana a Auschwitz, 65.000 judíos fueron asesinados a manos de los nazis. Uno de los episodios más espeluznantes tuvo lugar el 13 y 14 de marzo de 1943, cuando los alemanes liquidaron el gueto de la ciudad, masacrando a 2.000 judíos en sus calles y la Plaza Zgody –hoy Plaza de las Sillas–, donde los nazis solían realizar sus temidas selecciones de aquellas personas que iban a los campos de exterminio.

El corazón del horror

Crematorios, montañas de zapatos, latas de Zyklon B –el gas venenoso usado para la industria de la muerte–, una pila inmensa de cabello humano en una gigantesca habitación convertida en vitrina del horror. Imagine el lector el espacio que ocupan dos toneladas de pelo, que no está permitido por tratarse de restos humanos. Otros expositores de pequeñas dimensiones albergan los tejidos que los nazis fabricaban con él, además de trenzas rubias, castañas, de cabello moreno de diferentes longitudes.

Alambradas que delimitan el espacio ocupado por decenas de barracones de madera donde dormían los prisioneros del campo de exterminio naziDaniela Brik

Maletas con nombres escritos a mano, prueba de la esperanza de quienes creyeron que algún día recuperarían sus pertenencias. Los nazis alimentaban la farsa de que los prisioneros iban a ducharse antes de encerrarlos en las cámaras de gas; de que los niños se quedarían con los mayores en aquellas selecciones de la muerte, todo para evitar que cundiera el pánico. Lo inimaginable resultaba impensable para muchos de los prisioneros.

Caminar por Auschwitz me retrotrae a las entrevistas que hice con motivo del 75 aniversario de su liberación a dos supervivientes del campo, que terminaron reconstruyendo sus vidas en Ecuador, porque quien atraviesa el vacío absoluto no le queda otra que reconstruir. Aquellas ancianas –una de ellas ya fallecida– recordaban hasta sus últimos días el olor que expulsaban las chimeneas de los crematorios. Al igual que los números, tenían tatuados en sus mentes aquellos efluvios.

Las selecciones, los rapados, los pijamas de rayas, la pérdida del nombre y la identidad, los números marcados en el antebrazo, las llamadas de lista durante horas, las ejecuciones arbitrarias, los castigos colectivos, el frío, el calor, las vejaciones, el hambre, la enfermedad, la insensibilidad y crueldad ciega de los torturadores: la deshumanización era tal que el solo relato de lo que aconteció en este aciago lugar por las guías polacas resulta espeluznante.

Selecciones

Al llegar a Auschwitz, los deportados eran obligados a descender de los vagones de ganado, en muchas ocasiones tras días de viaje sin agua ni comida. En la misma explanada donde se detenían los trenes, oficiales de las SS realizaban las llamadas selecciones. Un simple gesto con la mano decidía el destino: a la derecha, quienes aún podían trabajar; a la izquierda, los ancianos, mujeres embarazadas, niños y enfermos, conducidos directamente a las cámaras de gas. La mayoría ignoraba lo que les esperaba.

Habitación repleta de miles de zapatos de antiguos prisioneros del campo, en su mayoría exterminados por los nazis, que hace las veces de vitrina para los visitantes del campo de concentraciónDaniela Brik

Experimentos médicos y santo polaco

En uno de los barracones, camuflado como centro médico, el doctor Josef Mengele –conocido como el «Ángel de la Muerte»– llevó a cabo atroces experimentos con prisioneros, especialmente con mellizos. Decía investigar la herencia genética, pero sus prácticas fueron actos de tortura: inyecciones letales, transfusiones forzadas, mutilaciones y comparaciones médicas entre hermanos. Pocos sobrevivieron. Aquella falsa clínica simboliza uno de los aspectos más perversos de Auschwitz: el intento de revestir de ciencia la crueldad absoluta.

Pero no todos fueron conducidos al matadero sin resistencia. Hubo quienes escaparon, quienes prefirieron suicidarse antes que ser ejecutados, quienes resistieron dentro del propio campo y pagaron con torturas inimaginables.

Las celdas de castigo aún se conservan: algunas tan pequeñas que obligaban a no poder estar de pie, otras de inanición, donde las tropas soviéticas hallaron numerosos cuerpos sin vida cuando entraron por primera vez en el campo.

Interior de un crematorio en el campo de concentración y exterminio de Auschwitz, donde más de 1,1 millones de judíos fueron asesinados por los nazisDaniela Brik

Uno de los fallecidos en esas celdas fue el fraile franciscano polaco Maximilian Kolbe, quien se ofreció voluntariamente para salvar a un prisionero condenado a muerte. Su acto de humanidad le valió la canonización en 1982 y lo convirtió en símbolo de coraje y compasión.

Los llamados «bloques de la muerte» son hoy testigos mudos del paso de numerosos grupos de jóvenes polacos, israelíes y visitantes de todo el mundo que enfrentan el horror en silencio. Las paredes parecen gritar, los crematorios, sus chimeneas y el vacío que los rodea estremecen. Ninguno de los objetos expuestos y estructuras deja indiferente.

Entre los visitantes, una hija de supervivientes del Holocausto –miembro de la llamada segunda generación–, Barbara Shaiman, recorre Auschwitz junto a sus dos nietos cogidos del brazo, que no pueden contener las lágrimas.

Birkenau: el fin del camino

A pocos kilómetros, la entrada principal de Birkenau la conforma una edificación coronada por una torre sobre un arco rebajado de ladrillo, que permitió el paso de los trenes cargados de prisioneros.

El campo se extiende sobre un terreno inmenso donde tenían su última parada aquellos deportados que descendían de los vagones de madera tras ser trasladados como animales. Muchos de los barracones que lo conformaron fueron construidos por los propios prisioneros judíos, que caminaban cada día desde Auschwitz para levantarlos a marchas forzadas.

Visitantes saliendo de los crematorios del campo de concentración de Auschwitz, estructura que conserva la chimeneaDaniela Brik

Tras la guerra, buena parte de esas estructuras fueron desmontadas y los polacos emplearon la madera para calentarse. Hoy, las columnas y las bases dispersas de escuálidas chimeneas, que apenas calentaban en el gélido invierno según explican los guías, permiten imaginar las dimensiones del campo.

Las réplicas de literas muestran cómo dormían los prisioneros: tablones de madera donde caían rendidos tras jornadas agotadoras. En aquel entonces no había césped, solo barro, suciedad y charcas que servían de letrinas. Muchos murieron de tifus y otras enfermedades. Los nazis mejoraban mínimamente las condiciones únicamente cuando las epidemias alcanzaban a sus hombres.

Sin árboles, sin sombra, Birkenau era un descampado a cielo abierto. En invierno, era un lodazal donde el frío diezmaba barracones enteros, mientras que en verano el calor sofocante convertía las endebles estructuras en auténticos invernaderos.

Auschwitz y Birkenau fueron, juntos, el epicentro del exterminio. Hoy son la memoria viva de hasta dónde puede llegar la sinrazón y simbolizan la obligación de recordar lo sucedido para impedir que la complicidad y el silencio vuelvan a capturar la humanidad.

Una superviviente del Holocausto, en silla de ruedas, avanza empujada por un ayudante, con gesto serio y mirada perdida. Observa los barracones y los alambrados con la familiaridad de quien conoce de cerca el horror. Como quien espeta al verdugo: «Aquí estoy, te gané, sobreviví».