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Trump hablando de Trump

Detrás del objetivo de convertir a los EE.UU. en la nación más poderosa de la historia de la humanidad está el anhelo de inmortalidad que sufren todos los hombres como él y algunos que, con menos motivos para soñar, tenemos más cerca

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, con una máscara suyaRR SS

El reciente documento de Estrategia de Seguridad Nacional firmado por el presidente Trump continúa provocando ríos de tinta en todo el mundo conocido. Entre los más profundos y caudalosos de estos ríos, por cierto, está el firmado por Florentino Portero en El Debate con el título de El desenganche.

«Los intereses de las partes a ambos lados del Atlántico son los mismos», escribe Portero, que atribuye el alejamiento entre los EE.UU. y Europa a la estupidez o la irresponsabilidad. Coincido plenamente con esta apreciación. El mundo ha cambiado mucho en los últimos años y, objetivamente, hay buenas razones para un reajuste de las relaciones entre los viejos aliados.

Sin embargo, la ruptura solo beneficia a quienes han mostrado públicamente su satisfacción por el documento recién publicado: los rusoplanistas —empezando por el propio Putin, claro está— y los trumpérrimos, que aplaudirían cualquier cosa que dijera su líder, entre otras razones por las cuales suelen confundir la falta de modales del magnate con la sinceridad.

¿Cómo explicar el nuevo rumbo de la política exterior norteamericana? No, desde luego, a partir de consideraciones geoestratégicas. En realidad, el más somero análisis del documento muestra que no va de geoestrategia, sino de Trump. Su nombre se menciona 27 veces a lo largo del texto. Por si sirve de comparación, China aparece en 21 ocasiones, ninguna en las 18 primeras páginas; Rusia en diez, todas ellas destinadas a tratar de convencer a Europa de que debe sacrificar Ucrania en beneficio de su estabilidad; y la Unión Europea en ¡solo una!

Trump, como Putin o como —disculpe el lector lo extemporáneo de la comparación— nuestro admirable Carlos I de España y V de Alemania, sueña con el poder. Detrás del objetivo de convertir a los EE.UU. en la nación más poderosa de la historia de la humanidad está el anhelo de inmortalidad que sufren todos los hombres como él… y algunos que, con menos motivos para soñar que el norteamericano, tenemos más cerca.

Hace ya 20 siglos desde que, en aras de su propia grandeza, Augusto se declaró Dios. Los tiempos cambian y Trump, que siempre ha cortejado a los votantes cristianos, no puede llegar tan lejos. Pero seguro que, si la conociera, no le haría ascos a la frase que el poeta Hernando de Acuña dedicó en el siglo XVI a Carlos I: «Un monarca, un imperio y una espada».

En aras de su propia grandeza, Trump, que no tiene vergüenza, se abandona al supremacismo más abyecto. No es ninguna novedad, claro. El síndrome del «pueblo elegido» no es exclusivo de los EE.UU. Ni en el pasado ni en el presente. A su manera, también Putin predica lo mismo. Pero estas cosas, en otros tiempos, se disimulaban un poco disfrazándolas de ideologías o creencias religiosas. Lo que para Carlos I fue el catolicismo —un concepto inclusivo porque la fe estaba abierta a todos— para el magnate es la nacionalidad norteamericana, y este es un privilegio que debe quedar reservado a muy pocos. De ahí su negativa a reconocérsela a todos los nacidos en los EE.UU., una iniciativa política que aún tiene que revisar el Tribunal Supremo porque todos los jueces de instancias inferiores la juzgan inconstitucional.

Con todo, no es eso lo peor. Todas las naciones comparten el deseo de imponerse a las demás, pero deben hacerlo con inteligencia. Sin embargo, en aras de su propia grandeza, Trump renuncia a tener aliados. Ni siquiera en su «patio trasero» —expresión, por cierto, humillante para las naciones de todo el continente americano, Canadá, incluida— busca otra cosa que la confrontación. Carlos I, más inteligente que él, se casó con Isabel de Portugal y buscó la amistad de Inglaterra mediante el matrimonio de su hijo Felipe II con la reina María. Y no le fue mal, a pesar de los poderosos enemigos que tenía en Francia y en el Imperio Otomano, a veces aliados contra él.

En aras de su propia grandeza, Trump, que presume de buen negociador, descubre sus cartas en un documento público que enerva a Europa y a la mayor parte de Iberoamérica, da confianza a Putin y alerta a China sobre sus intenciones. A cambio del aplauso de sus bases, que sabe garantizado, el magnate pone palos en las ruedas de sus propios planes.

No sé qué pensarán los votantes norteamericanos de este documento. Los independientes, quiero decir, porque, en un entorno político tan polarizado como el que tenemos en España, el resto es predecible. Sorprende que, a los pocos días de su publicación, el Congreso norteamericano, en una iniciativa bipartidista —bendita sea la libertad de voto de que disfrutan sus señorías en los EE.UU.— apruebe un presupuesto de defensa que incluye ayudas para Ucrania, modestas pero que definen claramente quien es el bueno de esa película… y no es el mismo que identifica su presidente.

Habrá seguramente una multitud de fieles que estén dispuestos a comulgar con ruedas de molino en aras de la grandeza de Trump. Pero de lo que sí que puedo dar fe es de lo que siento yo mismo, y coincide plenamente con lo que escribió Cervantes en el soneto que dedicó al túmulo del rey Felipe II en Sevilla: «Voto a Dios que me espanta esta grandeza».