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El doctor Lorman

El doctor Lorman en su consultaCedida

De salvar vidas en Venezuela a huir a España para sobrevivir: el médico que trabajó entre violencia y escasez

La situación cada vez era peor. Para sobrevivir, muchos doctores trabajaban en varias clínicas privadas y realizaban jornadas que podían superar las 96 horas semanales

Mientras Donald Trump avisaba el pasado sábado de que el Ejército de Estados Unidos había capturado a Nicolás Maduro y a su mujer, Cilia Flores, durante una operación relámpago de ataques a gran escala, un médico venezolano residente en España, relata trágica la realidad que dejó atrás.

Hospitales sin recursos, pacientes que mueren por falta de atención y amenazas de sicarios a quienes ejercen la medicina en su país... la realidad sanitaria de Venezuela es grave. Así lo explica a El Debate Lormán Rafael, un facultativo provida, que tuvo que abandonar su país por las crisis profundas que hoy explotan en el plano político y militar.

El médico comenzó a estudiar medicina en 2010. Ocho años después, en 2018, finalizó su licenciatura. Al igual que en España, la carrera dura seis años. Sin embargo, el doctor Rafael tardó dos más de lo programado. «No porque fuese mal estudiante», relata, sino por las protestas que sacudían el país y que afectaban incluso las clases universitarias. Durante esas manifestaciones –que se dieron en el 2014 y 2017–, muchos jóvenes murieron, y los estudiantes de medicina fueron «testigos directos de la represión».

Como estudiante en prácticas, comenzó a vivir la realidad del sistema sanitario: «No había agua, los pacientes tenían que llevar sus propias sábanas e incluso medicamentos», recuerda mientras asevera que practicaban «medicina de guerra» y que el ingenio y la creatividad se convertían día tras día en herramientas vitales. Creaban dispositivos artesanales para tratar un neumotórax y utilizaban miel para curar úlceras.

Muchos medicamentos llegaban a Venezuela desde otros países, por ejemplo, Colombia. Para adquirirlos, señala el venezolano, hacían rifas para recolectar el dinero y así poder viajar a comprarlos y llevárselos a los pacientes oncológicos, entre otros.

La situación se agravó en 2017. La crisis alcanzó su punto más álgido: «Las familias no comían durante días y los hospitales públicos empezaron a colapsar». Él no era la excepción, perdió bastante peso, «básicamente estaba en piel y hueso», subraya. Ese mismo año, tras acudir a una de las manifestaciones, decidió abandonar y marcharse del país. Él quería vivir en España, explica emocionado; sin embargo, su madre se lo negó: «Me dijo: 'No, señor, usted aquí no va a terminar la carrera; si ya le queda un año, aguanta. Después de ese año ya decides qué quieres hacer con tu vida'». Gracias a ese empujón, terminó la carrera.

Pacientes con heridas de arma de fuego o arma blanca terminaban muriendo en urgencias por «falta de quirófano o materiales»

Tras graduarse, inició el artículo ocho, un año obligatorio de servicio en hospitales públicos. Empezó en un pueblo lejano; luego se trasladó al Hospital Militar de Barquisimeto. Allí, aunque había un poco más de materiales que en otros centros, «la precariedad seguía presente», revela, puesto que el personal militar era «el mayor beneficiario de esos recursos».

La situación cada vez era peor. Para sobrevivir, muchos médicos trabajaban en varias clínicas privadas y realizaba jornadas que podían superar las 96 horas semanales. «Vivías en el trabajo», anota, «y aun así, a veces corrías el riesgo de que, si un herido de bala moría, los sicarios amenazaban tu vida». Esto mismo le pasó a Lorman, que tuvo que firmar contrato en cuatro clínicas para poder vivir.

Mentiras por parte del Gobierno

Entre 2018 y 2022, durante la pandemia del coronavirus, el doctor residente en España veía morir a dos o tres pacientes diarios en su clínica privada, mientras, las autoridades minimizaban las cifras: «Decían que solo había muerto un paciente. No quiero imaginar cómo estaba el medio público en ese momento». Asimismo, afirma que muchas veces los pacientes con heridas de arma de fuego o arma blanca terminaban muriendo en urgencias por «falta de quirófano o materiales».

Esos años trabajando en Venezuela le permitieron reunir algo de dinero para mantenerse y ayudar a su madre, pero no tenía vida. No paraba de trabajar.

En 2021, su progenitora cayó gravemente enferma. Gracias a los contactos que había hecho en el Hospital Militar, la atendieron –no tuvo que gastarse 2.000 dólares al día en una clínica privada–, pero tuvo que gastar todos sus ahorros en medicamentos: «Fue un punto crítico», confiesa al debate, mientras expone que en el momento que decidió vender su moto, su madre mejoró: «Fue un milagro», confiesa el facultativo, que en ese momento, cuando se estaba recuperando él de dengue y coronavirus, tomó la decisión de emigrar.

Cuando llegaron los vuelos a España, pidió préstamos, consiguió la ayuda necesaria y viajó. En ese instante empezó desde cero, trabaja de lo que podía mientras homologaba su título. «Fueron dos años difíciles», reconoce, porque aunque su madre siempre le decía que todo trabajo es digno, soltar la carrera que tanto amaba «no fue fácil». Sin embargo, la seguridad y la dignidad de poder ejercer sin amenazas compensaron todo el esfuerzo.

Hoy, en España, reflexiona sobre lo aprendido. Para él cada enfermo en Venezuela le enseñó resiliencia, creatividad y hasta dónde puede llegar la adversidad. Pero también «cuánto vale trabajar en condiciones mínimas de seguridad y sin miedo». Ahora, es Médico de Familia en Castilla y León, una especialidad que le ha recibido con los brazos abiertos, igual que sus pacientes.

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