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Trump no se raja: Maduro, el primer dominó en caer

La advertencia estaba hecha. Días antes, el presidente de Estados Unidos había comunicado al narcodictador que la ventana para una salida pactada se cerraba

Act. 04 ene. 2026 - 14:25

Ilustración de una declaración del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, publicada en su perfil de Social Truth, con la bandera venezolana de fondo.

Ilustración de una declaración del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, publicada en su perfil de Social TruthEFE

En una operación que parece escrita por Tom Clancy, pero ejecutada con el pragmatismo frío del trumpismo, fuerzas de operaciones especiales estadounidenses –según filtraciones coincidentes– habrían detenido anoche a Nicolás Maduro y a su esposa, Cilia Flores, en una acción coordinada entre unidades de élite y varias agencias federales.

Tras un breve traslado naval en el Caribe, ambos estarían ya rumbo al Distrito Sur de Nueva York, donde les esperan cargos por narcotráfico, corrupción y blanqueo de capitales. Sospecho que la limpieza de la operación implica que las actividades de la CIA los últimos meses han dado su fruto y que hay más de un cubano de la guardia pretoriana del dictador preparando las maletas para Miami con un pan debajo del brazo.

Para acabar la mañana, Trump ha anunciado que van a gobernar el país hasta que puedan transferir el poder a las autoridades legítimas. No parece haber sido un ataque, sino una invasión en toda regla. No es un golpe de Estado. Es algo mucho más incómodo para el relato progresista: la detención de un capo que se disfrazó durante años de jefe de Estado y la restauración de las autoridades legítimas del país. Faltan detalles, pero de ser cierto, el terremoto cambia por décadas los equilibrios en la región.

La advertencia estaba hecha. Días antes, Donald Trump había comunicado a Maduro que la ventana para una salida pactada se cerraba. El dictador, fiel a la arrogancia chavista, decidió ignorarla. Tampoco es casualidad que Delcy Rodríguez y su hermano Jorge –vicepresidenta y auténtico cerebro operativo del régimen– como se rumorea, abandonaran el país horas antes rumbo a Moscú. Desde allí, Delcy exige ahora una «prueba de vida» de Maduro, envuelta en un melodrama diplomático tan previsible como poco creíble.

¿Salida negociada? Aplicando la navaja de Ockham, la hipótesis más sencilla es la más probable: pacto tácito para salvar a los segundos a bordo mientras el jefe cae solo. Intervención temporal americana para permitir el regreso de Ana Corina y Edmundo, para tomar las riendas del país. El chavismo nunca fue ideología; siempre fue una estructura mafiosa basada en lealtades interesadas financiadas por trapicheos petroleros triangulados entre Caracas, La Habana y Shanghái (con el México de Sheinbaum entrando últimamente para que su Morena no se quedara fuera del negocio) y convirtiendo a Venezuela en un centro logístico para el tránsito de las drogas de los carteles colombianos.

La interpretación oficial de la Administración Trump, filtrada por Marco Rubio, es jurídicamente elegante y políticamente letal: no se trata de una agresión contra Venezuela, sino de una operación para apoyar la captura de un criminal imputado por la justicia estadounidense que, además, habría usurpado el poder a un presidente legítimamente elegido. El mensaje es claro: Estados Unidos no reconoce como soberanía la cobertura institucional de un narcoestado.

Es soberanía americana en estado puro, sin complejos ni eufemismos: no toleramos carteles con bandera, y menos aun cuando financian su impunidad con petróleo y cocaína. Sra. Sheinbaum, dese Vd. Por advertida.

Como era de esperar, los gobiernos que han servido de muleta al régimen –los mismos que callaron ante torturas, ejecuciones y cárceles políticas– han salido en tromba a invocar el «derecho internacional». La hipocresía es de manual. Quienes legitimaron el saqueo chavista ahora se presentan como defensores de la legalidad, obviando que su silencio cómplice convirtió a Venezuela en un Estado fallido. Desgraciadamente, y para vergüenza nacional, nuestro gobierno lidera a las plañideras pseudo-progresistas.

De hecho, en España, la reacción ha sido la previsible. El rojerío mediático afila editoriales contra el «imperialismo yanqui», olvidando con notable amnesia que uno de sus referentes políticos, José Luis Rodríguez Zapatero, ha sido durante años el más diligente valedor internacional del régimen de Maduro y que han callado como puertas mientras el régimen secuestraba, torturaba y asesinaba a la oposición política.

Pero más allá del ruido tertuliano, esta operación tiene un alcance estratégico con lecturas mucho más allá de las costas caribeñas.

Primero: confirma que Trump no siempre se raja. Puede negociar, tensar, retroceder tácticamente, pero tiene líneas rojas infranqueables. Cuando se cruzan, actúa. Sin comunicados eternos ni cumbres estériles. Es una advertencia directa a cualquier régimen que confunda paciencia con debilidad. Como ya se demostró en Irán, Yemen o Siria, sería un error pensar que esta determinación está circunscrita al caribe.

Segundo: Trump se convierte en el propietario absoluto del conflicto venezolano. A partir de ahora, no hay coartadas. Si el régimen sobrevive, será un fracaso personal de su administración. Si cae –y todo indica que para anunciar que están «gobernando el país» todo parece que es el caso –el golpe será histórico: el fin del chavismo asfixiaría definitivamente a Cuba y Nicaragua, los últimos restos del viejo eje caribeño, ya muy lejos de su antigua influencia regional.

Tercero: Marco Rubio, el gran arquitecto de la estrategia antichavista, con memoria cubana, paciencia política y sentido del momento histórico, ha tejido esta red durante años. Si el dominó venezolano cae, Rubio se consolidará como posible heredero del trumpismo en 2028: con un discurso firme, una agenda clara y una victoria geopolítica de primer orden. Puede ser el candidato que retenga al voto hispano, a pesar de las pifias migratorias defendidas por su rival JD Vance. La única duda que queda respecto a Rubio es saber si cumplirá su promesa a su abuelo de acabar con el régimen castrista.

La gran incógnita es el siguiente paso. Con Maduro fuera de la escena y Delcy, en teoría, refugiada en Moscú, el peso del régimen recae sobre Diosdado Cabello y el alto mando militar. El mensaje es brutalmente simple: nadie es intocable. Ya descabezamos a la serpiente. O se van ahora, o serán los siguientes. No creo que Cabello, claramente abandonado por Moscú y Teherán, tenga capacidad de aguante pasadas unas breves horas.

Desde Caracas veremos bravuconadas, milicias improvisadas y consignas antiimperialistas. Pero el teatro no cambia la correlación de fuerzas. Con la presencia naval estadounidense en el Caribe, presencia sobre el terreno y una oposición preparada para ocupar el vacío, el chavismo afronta su hora más crítica. La única duda es si optarán por una salida pactada o por el suicidio político final. Muchas vidas venezolanas dependen de la respuesta a esa pregunta.

La lección es incómoda, pero evidente: el socialismo autoritario no cae con resoluciones, negociaciones ni con indignación moral. Cae cuando se le corta el oxígeno. Trump, con todos sus excesos, recuerda una verdad que Europa ha olvidado: la libertad no se defiende con paños calientes. En un mundo donde Moscú y Pekín avanzan sin complejos, esto no es imperialismo. Es defensa propia.

Que tomen nota en Bruselas.

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