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Antonio Ledezma
AnálisisAntonio LedezmaEl Debate en América

La transición política en Venezuela: legitimidad, fases y liderazgo

La visión del secretario de Estado de Estados Unidos, Marco Rubio, busca evitar un vacío de poder que derive en caos institucional, escenario que solo favorecería a actores disruptivos o violentos

Familiares de presos políticos encienden velas en una vigilia para exigir la liberación de sus seres queridos, cerca de El Helicoide

Familiares de presos políticos encienden velas en una vigilia para exigir la liberación de sus seres queridos, cerca de El HelicoideAFP

Desde la perspectiva de la legitimidad democrática emanada del 28 de julio de 2024, cualquier diseño de transición debe ser coherente con el mandato popular expresado en las urnas. El pueblo venezolano votó por un cambio profundo, no por una reconfiguración cosmética del poder. En ese marco, una eventual Presidencia transitoria encabezada por Delcy Rodríguez carece de legitimidad de origen. Su figura está indisolublemente vinculada a la cúpula del poder que fue explícitamente rechazada por la ciudadanía. Lejos de representar una solución, simboliza la continuidad del sistema que el electorado decidió cerrar.

La transición institucional debe ser liderada por quienes ostentan la legitimidad de los votos. Sin embargo, esto no excluye la posibilidad de negociaciones políticas inteligentes que contemplen garantías para sectores del oficialismo, siempre que estas faciliten una salida pacífica y ordenada. Lo que resulta innegociable es que la conducción del Estado recaiga en el liderazgo electo, única vía para recuperar la confianza nacional e internacional.

Las tres fases planteadas por Rubio: escenarios estratégico de presión y orden

Las tres fases anunciadas por el secretario de Estado de Estados Unidos, Marco Rubio, –salida del poder, transición y elecciones libres– se alinean con la doctrina de máxima presión y diplomacia efectiva. No se trata de una secuencia rígida, sino de fases intercalables, adaptables a la dinámica real del poder.

Este planteamiento parte de un reconocimiento clave: el statu quo es insostenible. La visión de Rubio busca evitar un vacío de poder que derive en caos institucional, escenario que solo favorecería a actores disruptivos o violentos. Por el contrario, se privilegia una transición ordenada, técnica y políticamente viable. Liberación incondicional de presos políticos y control de los recursos petroleros para evitar que se utilicen para financiar aparato represivo.

Estas fases son plenamente complementarias al plan de la oposición democrática, que propone una transferencia de mando sin revanchismos, pero con justicia, con foco en la estabilidad y en la ejecución del Plan Tierra de Gracia como hoja de ruta para iniciar la reconstrucción nacional en los ámbitos institucional, económico y social.

Viabilidad, tiempos y condiciones críticas

La viabilidad del proceso depende de una coordinación interna-externa sólida. El escenario es altamente viable si se mantiene la cohesión entre: la presión internacional, especialmente de Estados Unidos, y la movilización cívica sostenida, articulada desde el liderazgo opositor.

En política, los tiempos son dinámicos, volátiles, pero 2026 se perfila como un año crítico con soluciones en el corto plazo. Una transición ejecutable debería consolidar su primera fase (salida/negociación) durante el primer semestre de 2026, creando las condiciones para una estabilización institucional posterior.

El papel de Edmundo González Urrutia y María Corina Machado

La soberanía popular tiene hoy dos rostros complementarios: Edmundo González Urrutia encarna la institucionalidad y la transición serena. Como presidente electo, su rol es encabezar un Gobierno de unidad nacional, facilitar la reunificación de las familias venezolanas, reinsertar al país en el sistema internacional y convocar a los mejores talentos sin distinción política.

María Corina Machado representa el liderazgo moral y la fuerza política del cambio. Su papel es esencial para mantener la esperanza activa, garantizar que los acuerdos de transición no dejen atrás el espíritu del 28 de julio y liderar la reconstrucción del tejido social y económico desde la base ciudadana. Ambos liderazgos no compiten, se complementan estratégicamente.

Conclusión

La estrategia correcta combina «puentes de plata» para quienes decidan abandonar el régimen y «mano firme» en la ejecución del mandato popular. Todo ello debe hacerse en estricta sintonía con la nueva política exterior de Estados Unidos y otros factores de la comunidad internacional, elevando el costo de permanencia del régimen por encima del costo de su salida. La transición no será improvisada ni sentimental: será política, estratégica y legítima, o no será.

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