Irán: al circo mundial le crecen los enanos
Putin, a cambio de cantidades masivas de drones suicidas, levantó el estatus de Estado paria que Irán se había ganado a pulso por su programa nuclear y, al menos en parte, también por sus continuados esfuerzos desestabilizadores en Oriente Medio
Un mural que representa al líder supremo iraní, el ayatolá Alí Jamenei, y al difunto líder supremo, el ayatolá Ruhollah Jomeini
Se las prometía muy felices Vladimir Putin cuando el 24 de febrero de 2022, solo o en compañía de otros –sobre esto discuten mucho los amantes de las teorías conspiratorias– dio la orden de invadir Ucrania. Cuatro años después, Rusia es más pobre y su juventud ha pagado una dura factura en sangre y en fatiga. De alardear por las capitales de Europa, el dictador ruso ha pasado a inclinarse en Pekín y compadrear con quién hoy es de largo su mejor aliado: Kim Jong-un. En el tablero geoestratégico que él mismo derribó a puñetazos, el dictador ya ha perdido Siria y Venezuela. Por si todo eso fuera poco, Putin ve ahora como se tambalea Irán, un socio del que todavía depende para la feliz continuación de una invasión que desde hace dos años marca el paso –paso triunfal, desde luego, pero casi sin moverse del sitio– en torno a la disputada ciudad de Pokrovsk.
La conexión rusa
¿Qué culpa tendrá Putin de lo que pasa estos días en Irán? No poca, desde luego. Fue él quien, a cambio de cantidades masivas de drones suicidas, levantó el estatus de Estado paria que Irán se había ganado a pulso por su programa nuclear y, al menos en parte, también por sus continuados esfuerzos desestabilizadores en Oriente Medio.
Feliz con su reencontrado hueco en la comunidad internacional, la República Islámica se sintió poderosa. Confió demasiado en el apoyo de Putin –error que se está convirtiendo en habitual– y, sobre todo, sobrevaloró sus capacidades militares recién reforzadas por Moscú. Jamenei, de suyo un pragmático, creyó de nuevo en la guerra santa, razón de ser del régimen creado por Jomeini en 1979. Lleno de fervor religioso y celo revolucionario, mandó a sus proxies –sobre todo Hamás y Hezbolá, pero también los hutíes del Yemen y las milicias iraquíes controladas por la Fuerza Quds– al asalto contra Israel. Cuando todos ellos fracasaron, se vio obligado a bajar al ruedo… solo para ser duramente corneado por sus archienemigos.
De esos polvos vienen estos lodos. Las derrotas del régimen –tres cornadas de Israel y una de los EE.UU.– inspiraron en la sojuzgada ciudadanía persa la esperanza de una pronta liberación. ¡Ojalá fuera así! Por desgracia, los dados en Irán siguen dando ventaja al brutal poder represivo de la dictadura islámica.
Es cierto que en estos días se ha derramado en las calles más sangre que nunca y eso –pan para hoy, hambre para mañana– es una muestra de la debilidad de Jamenei, más que de su fuerza. Sin embargo, cuando un régimen dictatorial controla las armas y está dispuesto a defenderse a cualquier precio, solo puede caer desde dentro.
La semilla de la división interna es el talón de Aquiles del totalitarismo, pero es más difícil que florezca en un régimen teocrático que une el poder terrenal y el religioso en la misma persona. Tal como están las cosas, al menos vistas desde el exterior, hay demasiados fanáticos armados en las calles de las ciudades iraníes para que una protesta pacífica pueda siquiera respirar.
La pelota, ¿en el tejado de Trump?
Mientras eso ocurre en Teherán, Trump –siempre él, patológicamente convencido de que todas las pelotas del mundo están en su tejado– ha vuelto a dejar que sus palabras fluyan sin filtro alguno. De ningún otro líder mundial, de ninguna época, se esperaría que animase a los manifestantes desarmados a «asaltar las instituciones» anunciando que «ya estaba en camino una ayuda»… que, sinceramente, nadie sabe muy bien cuál puede ser. Imagino que no es maldad, sino irresponsabilidad lo que está detrás de esa lata de gasolina arrojada al fuego que estos días ha arrasado Irán.
A estas alturas, el presidente ya le habrá pedido al general Caine, su jefe de Estado Mayor, opciones militares para cumplir su palabra. No me gustaría estar en la piel del militar. La última vez que el mundo –y nunca mejor dicho porque fue la ONU quien lo ordenó– intentó proteger a un pueblo de su propio líder –en Libia, en 2011– aquello terminó como el Rosario de la Aurora. Y lo que entonces se pedía era mucho más sencillo. No hace falta ser militar para intuir que no es lo mismo implementar una zona de vuelo prohibido que distinguir a los asesinos de las víctimas en las calles de Teherán.
No sé qué habrá propuesto el general Caine para sacar del apuro a su presidente. Cualquier demostración de fuerza daría la razón al régimen, que siempre culpa a los EE.UU. e Israel de orquestar las manifestaciones. Solo un efecto verdaderamente decisivo podría compensar esa baza gratis para Jamenei. ¿Cuál sería ese efecto? La destrucción de los cuarteles de la Guardia Revolucionaria o las comisarías de Policía que Israel dejó en pie hace medio año no serviría para gran cosa. Llovería sobre mojado.
¿La muerte del propio líder supremo? Podría ser, si es que el hombre se deja encontrar en algún lugar que pueda ser atacado. Si yo fuera él, me mantendría fuera del alcance de los misiles de Trump en alguna mezquita llena de público, bajo un gran hospital de maternidad o, echándole algo más de imaginación, en algún punto particularmente crítico de la central nuclear de Bushehr.
Aparte del líder supremo, el único objetivo que quizá podría poner de rodillas al régimen chií es el petróleo. Pero la primera víctima colateral sería la economía mundial, porque Irán respondería cerrando el estrecho de Ormuz. Por esa razón, las instalaciones petrolíferas iraníes quedaron libres de ataques en junio del año pasado y nada hace suponer que ahora las cosas serían diferentes.
Quizá lo mejor para todos sea que Trump, que ya ha ordenado un castigo arancelario del 25 % a quienes hagan negocios con Irán –esperemos que en esto no dé marcha atrás– siga los consejos de Netanyahu y de las monarquías árabes y levante el pie del acelerador. Ninguno de sus socios ve nada que ganar en un ataque a Irán a estas alturas. No cabe olvidar que, como un telón de fondo, persiste la amenaza de guerra civil en un país cuatro veces más poblado que Siria. Una guerra civil que llenaría el planeta de refugiados y que, como ocurrió en Siria, podría terminar con un remedio quizá peor que la enfermedad.
Persiste la amenaza de guerra civil en un país cuatro veces más poblado que Siria
Es verdad que el magnate ha prometido al menos en siete ocasiones bombardear la República Islámica si reprimía las protestas con armas letales. ¿Cumple Trump sus promesas en ocasiones como esta? Frente a las palabras de críticos y defensores está la realidad de los hechos: a veces sí y a veces no. Además, él nunca ha tenido dificultad en rebajar el listón de lo que considera una victoria. Bien podría conformarse con la promesa que, como si se tratara de una ofrenda de paz a él dirigida, acaba de hacer el régimen de que no ejecutará a los manifestantes detenidos. No es mucho, pero es mejor que nada y la retórica del presidente ya empieza a señalar en esa dirección.
Con un buen baño de barniz, esta podría ser para el magnate la novena guerra que ha conseguido parar. ¿Y qué pasará en Irán? La liberación tendrá que esperar, pero nadie debería creer que al presidente Trump, el hombre que reconoce que antepone su idea de la moral a la legalidad internacional, le importan los iraníes más que los venezolanos.