El año de Trump 2.0: el bueno, el feo y el malo
Pocos presidentes han generado un torbellino económico, político y social tan intenso en tan poco tiempo. Trump 2.0 es más asertivo que su versión anterior. Asume conscientemente que su proyecto implica transgredir tradiciones, formas e incluso tensar los límites de la Constitución
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, en Mar-a-Lago, Florida
Cualquier análisis honesto sobre el desempeño de Donald Trump en su primer año tras su regreso al Despacho Oval exige una advertencia inicial, especialmente dirigida al lector español. En la Unión Europea –y muy particularmente en su ecosistema mediático subvencionado–, Trump no se analiza: se demoniza. No se debaten políticas; se imparten exorcismos. Cada acto de su Presidencia es, por definición, «fascista», «autoritario», «nazi» o «irracional». El contenido y el contexto son irrelevantes. Basta el quién.
Europa no discute a Trump porque hacerlo exigiría una introspección que no está dispuesta a asumir. Resulta más cómodo convertirlo en caricatura que aceptar que muchas de sus críticas describen con precisión quirúrgica las patologías del Viejo Continente.
La hipocresía es casi pornográfica. Gobiernos que legislan a golpe de decreto, que persiguen penalmente a adversarios políticos, que colonizan fiscalías y tribunales constitucionales, que censuran opiniones incómodas bajo el paraguas de la «desinformación», que han arrestado a miles de ciudadanos por simples publicaciones en redes sociales, y que pretenden regular la vida de sus ciudadanos incluso en los rincones más íntimos de sus alcobas, se erigen en árbitros morales del liberalismo político.
Bruselas –un poder tecnocrático sin mandato popular directo, sin rendición de cuentas efectiva y con pulsiones regulatorias absolutistas– se permite hablar de «deriva autoritaria» cuando Estados Unidos ejerce su soberanía y rompe dogmas establecidos. Europa no teme a Trump porque sea autoritario. Lo teme porque es un espejo incómodo.
Este reflejo confirma que el llamado Trump Derangement Syndrome no es un «meme», sino una patología política europea. Precisamente por eso, analizar a Trump 2.0 con rigor en su primer aniversario no es una provocación: es una necesidad.
La lógica Trump: shock, ruptura y desplazamiento
Desde un punto de vista general, tanto lo bueno como lo malo –y lo feo– responden a un patrón común. Trump entiende perfectamente la ventana de Overton. Su táctica consiste en lanzar propuestas o acciones extremas, disruptivas y, a menudo, aparentemente irracionales que desestabilizan el statu quo, descolocan a adversarios internos y externos y desplazan el marco de lo políticamente negociable.
Mediante amenazas maximalistas, ultimátums o declaraciones incendiarias, Trump provoca shocks, obliga a reaccionar emocionalmente y fragmenta las posiciones previas de sus oponentes, que pasan a la defensiva intentando explicar por qué lo «imposible» ya no lo es tanto. El objetivo no es ganar la propuesta original, sino destruir el tablero anterior y crear uno nuevo donde las viejas líneas rojas dejan de existir y cualquier concesión obtenida parece razonable frente al caos previo.
Con esta lente –la de Sergio Leone– analicemos su primer año: el bueno, el malo y el feo.
The Good: lo que no debía funcionar… y funcionó
Trump regresó al poder decidido a dinamitar consensos que habían dejado de ser acuerdos para convertirse en dogmas. En muchos frentes, el resultado ha sido notablemente mejor de lo que pronosticaban los expertos.
En el plano cultural, su victoria es innegable. Trump no solo ha ganado batallas simbólicas: ha cambiado el terreno de juego. El colapso del andamiaje de la DEI y de la ortodoxia woke no es un accidente, sino la consecuencia lógica de haber impuesto durante años una ingeniería social incompatible con sociedades abiertas y economías competitivas. Lo que antes se imponía por intimidación moral hoy vuelve a discutirse. Y eso, en sí mismo, ya es una victoria.
En el plano económico, el fracaso del consenso tecnocrático ha sido especialmente humillante. Durante meses se repitió el mantra: los aranceles provocarían inflación, destruirían empleo y frenarían el crecimiento. Nada de eso ha ocurrido. Al cierre del primer año de Trump 2.0, Estados Unidos muestra un crecimiento sólido del PIB (4,6 %), una inflación más contenida (2,7 %) y un aumento de los salarios reales, especialmente en los tramos medios y bajos. No porque Trump sea un genio macroeconómico, sino porque el dogma anti-industrial, anti-arancel y anti-soberanía comercial era intelectualmente endeble desde el principio.
Los efectos desregulatorios –todavía incompletos– empiezan a traducirse en mayor actividad económica. A ello se suma una estrategia comercial pragmática: compensar desequilibrios en la balanza comercial con compromisos de inversión directa. Más de 1,75 billones de dólares en inversión comprometida, junto con más de un billón adicional en compromisos de compras, no son cifras menores.
La Big Beautiful Bill, cuyos efectos comenzaron el 1 de enero de este año, devolverá alrededor de 500.000 millones de dólares a los bolsillos de los contribuyentes estadounidenses. Es cierto que no vino acompañada de una reducción del gasto –de eso hablaremos después–, pero su impacto multiplicador sobre la economía real será probablemente mayor que el de casi cualquier otra medida de la Administración.
En política exterior, los augurios eran apocalípticos. Trump, al dinamitar el multilateralismo de pacotilla, nos conduciría a la Tercera Guerra Mundial. Un año después, la realidad apunta en otra dirección. Al exponer la doble moral de los autoproclamados defensores del Derecho Internacional, Trump ha devuelto a la diplomacia una verdad incómoda: el poder existe y fingir que no tiene consecuencias no lo hace desaparecer.
Asia sigue siendo su asignatura pendiente
En Oriente Medio, ha debilitado a Irán como principal fuerza desestabilizadora, incluso a costa de pactos incómodos, como en Siria. En las Américas, la captura de Nicolás Maduro marca un punto de inflexión histórico. Queda mucho por hacer, pero el primer paso ha sido firme. En Europa, confieso que la crudeza con la que describe a una Unión esclerótica me produce un cierto placer intelectual: el diagnóstico es duro, pero certero. Asia, sin embargo, sigue siendo su asignatura pendiente.
The Bad: cuando el martillo se usa sin bisturí
Aquí emerge el principal talón de Aquiles de Trump 2.0: confundir la demolición necesaria con la ocupación permanente del solar. La crítica a la colonización ideológica de instituciones clave –el llamado deep state o estado administrativo– estaba, en gran medida, justificada. Pretender sustituirlo por un aparato igualmente politizado, pero de signo contrario, no tanto.
Trump acierta en el diagnóstico, pero a menudo fracasa en la cirugía. Donde harían falta precisión, tiempos y aliados, opta por choques frontales que generan resistencias. En universidades, agencias federales o en política migratoria, el problema no es el objetivo, sino el ímpetu de arrasar con todo sin construir consensos mínimos que garanticen durabilidad.
En política migratoria, además, los shows de fuerza innecesarios –más propios de un reality show que de una gestión institucional profesional– han generado rechazo en sectores amplios de la población, pese a que el fondo de la política no difiere sustancialmente de la aplicada por Obama y por otras administraciones anteriores.
Y luego está el elefante en la habitación: el déficit. Trump gobierna como si el ajuste fiscal fuera un problema para su sucesor. La deuda federal crece, el gasto estructural se consolida y el debate se aplaza. Que otras economías occidentales estén igual de endeudadas no es consuelo alguno. Es, simplemente, una irresponsabilidad compartida.
Incluso en ámbitos donde el diagnóstico es impecable –como el sesgo ideológico de las universidades de élite–, Trump vuelve a excederse en la ejecución. Revertir políticas woke era no solo legítimo sino necesario. Imponer soluciones idénticas en sentido contrario, utilizando la financiación federal como instrumento de chantaje, es cruzar una línea peligrosa.
Finalmente, en política internacional, hay señales inquietantes. La deferencia hacia Rusia en Ucrania y hacia China en materia arancelaria alimenta la percepción de que Trump es duro con los débiles y ambiguo con los fuertes. Sus aciertos frente a Irán o Venezuela palidecen frente a los riesgos sistémicos que estos titubeos pueden generar.
The Ugly: ego, ofensas y enemigos innecesarios
Ahondando en lo anterior, si algo marca la Presidencia de Trump en su primer aniversario son las formas –o, mejor dicho, la ausencia de ellas–. Trump, con su tendencia a comportarse como un elefante en una cacharrería, ofende innecesariamente y, sobre todo, cuando no conviene. Groenlandia, Zelenski, María Corina Machado o Macron ilustran cómo se generan adversarios donde había aliados potenciales.
Distintos actores han reaccionado de manera dispar, con consecuencias igualmente diferentes. Machado ha sido, probablemente, la única que ha sabido leer correctamente a Trump y a su narcisismo para avanzar sus propios objetivos. Si había que regalarle simbólicamente una medalla –o incluso el Nobel– para conseguir su atención y avanzar la causa de una transición democrática en Venezuela, se hacía. Zelenski, en cambio, quizá envalentonado por malos consejos de sus socios europeos, optó por la superioridad moral y salió escaldado.
Machado ha sido, probablemente, la única que ha sabido leer correctamente a Trump y a su narcisismo para avanzar sus propios objetivos
Pero el problema de fondo no es la reacción de sus interlocutores. Con sus formas, Trump no solo no maximiza sus objetivos declarados bajo el lema America First, sino que, en demasiadas ocasiones, termina dañando sus propios intereses estratégicos. Genera resistencias donde no eran necesarias y erosiona capital político que luego echa en falta cuando realmente lo necesita.
Conclusión
Solo llevamos 12 meses. Y, objetivamente, pocos presidentes han generado un torbellino económico, político y social tan intenso en tan poco tiempo. Trump 2.0 es más asertivo que su versión anterior. Asume conscientemente que su proyecto implica transgredir tradiciones, formas e incluso tensar los límites de la Constitución. Pero, a diferencia de su primer mandato, parece haber interiorizado que, si cruza determinadas líneas, será función del Tribunal Supremo recortarle. Pero el lo intentará.
Mientras tanto, avanza sin pausa. Trump sabe que tiene una ventana temporal limitada para ejecutar su estrategia. Su apuesta es clara: que sus últimos dos años, ya como pato cojo, sean una etapa de cosecha. El riesgo evidente es que los anticuerpos que genera –especialmente por sus formas– conviertan ese periodo en un infierno político, con un Congreso hostil y un margen de maniobra cada vez más constreñido por las cortes federales.
Trump es consciente de que su legado será juzgado, para bien o para mal, en el plano internacional. Pero también sabe algo mucho más inmediato y determinante: debe sobrevivir políticamente a los midterms. Y eso, si la historia sirve de precedente, dependerá de una variable muy concreta y muy poco ideológica: que el crecimiento económico llegue de forma tangible a las cuentas corrientes de los votantes.