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AnálisisJosé Manuel González Rubines

La Doctrina Monroe y la Hispanidad: de compartir herencia a compartir futuro

O el mundo hispano se integra como espacio geopolítico, o seguirá integrado —a trozos, y muchas veces a la fuerza— en proyectos ajenos que raramente se diseñan pensando en nuestro interés

Caricatura política de Victor Gillam de 1896 que representa al Tío Sam de pie con un rifle entre los europeos y los hispanoamericanos

Trump saca del museo la Doctrina Monroe y habla de ella como si sus bases se hubieran escrito ayer, mientras se lleva a ser juzgado en Nueva York al dictador de Venezuela y exige la anexión de Groenlandia. Gustavo Petro, por su parte, sugiere —y no es la primera vez— revivir la Gran Colombia como una confederación de naciones autónomas. Para aderezar, Claudia Sheinbaum, en un castellano impecable y melódico, insiste de vez en cuando en que España debe «pedir perdón por la conquista de México». Indudablemente, hay ideas que no mueren, sino que hibernan como osos en espera de la coyuntura adecuada para volver al mundo.

Kevin D. Roberts, presidente de la Fundación Heritage y uno de los ideólogos más influyentes del movimiento conservador estadounidense y del trumpismo en particular, ha hablado en numerosas ocasiones de la vuelta al «sentido común» en política. Para la actual Casa Blanca, pensar y actuar en clave de «América para los americanos» es, sencillamente, un ejercicio de sentido común, más allá de lo que pueda parecer a otros.

Mientras este reordenamiento del tablero ocurre, España observa el retorno de los viejos impulsos con una mezcla extraña de nostalgia, resignación y culpa: nostalgia, porque se vuelve una y otra vez al refugio sentimental de la Hispanidad; resignación, porque se asume que los grandes movimientos geopolíticos se deciden sin ella; y culpa, porque tras décadas de Leyenda Negra, no pocos españoles han terminado por creérsela.

Estas actitudes, repetidas con variaciones a un lado y otro del océano, son un error colosal. En la arena de los pesos pesados internacionales no hay espacio para comunidades históricas que se conciban como «familias culturales» pero actúen como archipiélagos políticos. El mundo hispano es quizás la mejor demostración: países con elementos comunes suficientes para ser potencia, pero sin el corpus necesario para serlo.

España y las naciones hispanoamericanas comparten mucho más que el riquísimo castellano. Tienen una matriz cultural de raíz cristiana, en particular católica, un sustrato jurídico, un repertorio institucional, un modo de entender la vida pública, redes educativas, empresariales y migratorias, y una memoria histórica que, gestionada con justeza y verdad, podría convertirse en activo estratégico. Hablamos, además, de una comunidad que supera los quinientos millones de personas y cuyo peso demográfico y económico es evidente.

Sin embargo, lo decisivo no es el potencial, sino la potencia. Y la potencia solo existe cuando la nostalgia se traduce en mecanismos concretos políticos, económicos, culturales, educativos, de seguridad, etc.

Aquí aparece la afrenta al «sentido común»: esos mecanismos apenas existen. En torno a la Hispanidad, además de excelentes aportes para desmontar la Leyenda Negra y excepciones en proyectos que tienden puentes reales, lo que predomina es una liturgia cultural que se usa más o menos según el gobierno de turno. Pero la geopolítica no se ordena con debates históricos —estos son el mantel, no el plato fuerte—, sino con instituciones, coordinación y capacidad operativa.

En España, el tema aparece con frecuencia creciente en el discurso de la derecha: VOX insiste en la «Iberosfera» y el PP reivindica el vínculo con Hispanoamérica. Sin embargo, ambas apelaciones suelen quedarse en lo discursivo, sin una proyección clara en lo material.

El mundo hispano ha entrado en el siglo XXI como una suma de países vulnerables ante las presiones de otros. Siguiendo el ejemplo inicial, la resurrección de la Doctrina Monroe se ha corporeizado en presión comercial, exigencias sobre infraestructuras críticas y negociación asimétrica en cuestiones vitales. Por no hablar de las otras potencias en juego, como China y Rusia, que plantean desafíos igual o más complejos.

Conviene despejar un posible malentendido: un proyecto de articulación hispánica no sería contra nadie, sino por y para nosotros. Enfocarlo como una cruzada contra Washington, Pekín o Moscú sería reducirlo a reacción y traicionar su sentido estratégico, justamente el tipo de impulso que, en sus mejores momentos, ha caracterizado a las grandes gestas hispanas.

El orden internacional de posguerra se tambalea y amenaza con desmoronarse. ¿Seguirá la hispano siendo una zona dispersa y, por tanto, periférica? Para muchos, entre los que me incluyo, la respuesta es clara. Pero para llevar a cabo un proyecto de tal magnitud, que tendrá casi todo el viento en contra, hacen falta inteligencia y coraje. Esta no es empresa para pigmeos políticos.

Uno de los obstáculos más citados es la asimetría entre nuestros países, pero basta recordar que esa asimetría existía entre las naciones de este continente antes de constituir la Unión Europea en un área cuya historia está marcada por siglos de guerras. La integración no exige igualdad previa, sino instituciones capaces de administrar las diferencias y mecanismos que las conviertan en complementariedad.

En cualquier caso, un proceso semejante tendría que ser gradual y sectorial. Comenzaría por donde los intereses comunes son evidentes —seguridad, movilidad, homologación profesional, cooperación tecnológica y educativa— y crecería en la medida en que la estructura demuestre utilidad. Nada florece si no beneficia a todas sus partes más de lo que las perjudica.

Visto como ha sido el primer cuarto de este siglo, el dilema es brutal en su sencillez: o el mundo hispano se integra como espacio geopolítico, o seguirá integrado —a trozos, y muchas veces a la fuerza— en proyectos ajenos que raramente se diseñan pensando en nuestro interés. La pregunta, por tanto, no es si compartimos herencia, es si vamos a compartir futuro.