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Plaza del ayuntamiento de Copenhague, Dinamarca

«Groenlandia no se vende»: Dinamarca responde desde la calle a las ambiciones de Trump

Muchos daneses insisten en que Groenlandia no es únicamente una cuestión de política exterior, sino de principios: el sentimiento dominante no es el miedo, sino la incredulidad mezclada con orgullo nacional

En el centro de Copenhague, bajo la luz gris del invierno escandinavo, los puestos de café y las tiendas del Strøget (la arteria peatonal más concurrida) están llenos de conversaciones sobre una misma frase: «Greenland is not for sale» (Groenlandia no está en venta).

La propuesta —o amenaza, como muchos la llaman— de Donald Trump de querer hacerse con Groenlandia ha caído como un jarro de agua fría en la sociedad danesa. No solo por lo improbable de la idea, sino por lo que implica: una percepción de desprecio hacia la soberanía, la historia y la relación entre aliados.

Áslakur, uno de los daneses que se manifestaba contra las intenciones de Trump en GroenlandiaPilar L. Arreaza

En la calle, la reacción es inmediata y visceral. «Es absurdo», dice a El Debate un estudiante universitario que camina con prisa hacia la biblioteca. «No estamos hablando de una empresa, sino de un territorio y de personas». A su alrededor, otros asienten sin necesidad de intervenir. El consenso parece amplio y transversal.

«Suena a otra época»

La indignación no distingue edades. En una panadería del barrio de Nørrebro, una mujer mayor comenta mientras paga: «Siempre hemos visto a Estados Unidos como un aliado, pero esto suena a otra época, como si el mundo aún se pudiera repartir en un mapa». Para ella, la idea no es solo ofensiva, sino anacrónica.

Una camiseta en contra de Trump

El sentimiento dominante no es el miedo, sino la incredulidad mezclada con orgullo nacional. Muchos daneses insisten en que la cuestión no es negociable: Groenlandia forma parte del Reino de Dinamarca, pero, sobre todo, es el hogar de un pueblo que tiene derecho a decidir su propio futuro.

Ese malestar ha salido de las conversaciones privadas a los espacios públicos. En los últimos días, las calles han sido escenario de concentraciones espontáneas y marchas organizadas. Las pancartas eran claras y directas, algunas serias, otras cargadas de ironía. El humor, tan presente en la cultura danesa, se ha convertido también en una forma de protesta.

Manifestantes a favor de mantener la soberanía danesa en Groenlandia el pasado 17 de eneroRitzau Scanpix via AFP

Presión de los grandes contra los pequeños

Sin embargo, más allá de las risas y los lemas ingeniosos, subyace una preocupación real. Muchos ciudadanos temen que este episodio marque un antes y un después en la relación con Estados Unidos. «No se trata solo de Trump», explica una dependienta en una tienda del centro. «Se trata de qué tipo de mundo estamos aceptando, uno donde los países grandes presionan a los pequeños».

Anna camina por la calle StrøgetPilar L. Arreaza

En los cafés, el debate se amplía: defensa, geopolítica, el papel del Ártico en el futuro, la OTAN. Pero incluso cuando la conversación se vuelve técnica, vuelve siempre al mismo punto: el respeto. «Cooperar no es imponer».

Andreas protestaba contra el intento de EE.UU. de comprar GroenlandiaPilar L. Arreaza

A medida que avanza el día, la nieve parece haber parado y la ciudad sigue funcionando con su habitual calma nórdica, pero bajo esa superficie serena hay un tema constante. No es solo una reacción emocional, es un debate sobre límites, soberanía y respeto mutuo. Muchos daneses insisten en que Groenlandia no es únicamente una cuestión de política exterior, sino de principios, y la idea de que alguien pueda «quedarse» con Groenlandia ha tocado una fibra profunda en la sociedad danesa: la de la dignidad, la soberanía y el derecho a decidir.

En Dinamarca, al menos en la calle, el mensaje es unánime y claro: Groenlandia no se vende, no se compra y no se negocia sin su gente.