Requiem por la legalidad internacional
Del fracaso de la ONU han sido responsables tanto los líderes que la han apuñalado por la espalda como los que han preferido mirar para otro lado cuando les convenía
Miembros del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, en la sede de Nueva York
«Entre todos la mataron y ella sola se murió». No hay mejor forma de expresar lo que le ha ocurrido a esa frágil criatura de la humanidad que, durante su breve vida –no ha llegado a los 80 años y la mayor parte de ese tiempo ha estado gravemente enferma– ha sido la legalidad internacional.
¿Era predecible el derrumbe del orden creado alrededor de la Carta de las Naciones Unidas? Imagino que sí. En la historia de las naciones, la ley natural ha sido casi siempre la del más fuerte. Solo los horrores de la guerra, que en el siglo XX alcanzaron casi por igual a vencedores y vencidos, fueron capaces de convencernos de que era necesario un orden diferente.
Por un breve espacio de tiempo, la guerra dejó de ser la continuación de la política por otros medios y, aunque solo fuera en teoría, se convirtió en un crimen contra la humanidad. Por desgracia, olvidados los horrores del pasado, casi parece inevitable que los pueblos de la tierra volvamos a las andadas, fatalmente atraídos por los becerros de oro que, revestidos de cualquiera de los ropajes de que pueda vestirse el supremacismo –religión, ideología, raza o cultura– nos ponen delante líderes atolondrados y agresivos.
No ha sido solo Trump
Para la historia seguramente quedará que ha sido el presidente Donald Trump quién escribió el certificado de defunción del orden creado en 1945. No es posible entender de otra manera sus recientes declaraciones, en las que reconoce que él no respeta otro límite que el de su propia moralidad. ¿Y qué pasa con la moralidad de los demás? Eso –diría el magnate– depende de las «cartas» que tengan.
Sin embargo, no es el magnate el único culpable. Ni siquiera el principal. Trump era un perfecto desconocido cuando George W. Bush invadió Irak y todavía estaba presentando programas de televisión cuando Vladimir Putin se apoderó de Crimea.
Para muchos españoles, el desprecio de Trump por la legalidad internacional está hasta cierto punto justificado por el fracaso del orden amparado por la ONU, su Carta fundacional o la Declaración Universal de Derechos Humanos. No está bien asesinar a narcotraficantes sin leerles sus derechos, pero tampoco es cosa de mirar para otro lado y dejarles hacer.
Ocho décadas después de la creación de las Naciones Unidas, los pueblos de la Tierra a menudo se ven entre la espada del desorden y la pared de la complacencia con el mal. ¿Cómo no aplaudir la caída de Nicolás Maduro? ¿Cómo no rechazar el desprecio de Washington por la soberanía de las naciones que comparten su mismo hemisferio?
Con todo, no ha sido Maduro el primer líder extranjero capturado por los EE.UU., ni ha sido Venezuela el primer país que ha visto su régimen derribado por cualquiera de las grandes potencias, de manera abierta o clandestina. El mal viene de muy lejos. Del fracaso de la ONU han sido responsables tanto los líderes que la han apuñalado por la espalda como los que han preferido mirar para otro lado cuando les convenía.
Sin embargo, el mayor porcentaje de la culpa recae en quienes han ejercido en beneficio propio el derecho de veto en el Consejo de Seguridad. Unas más y otros menos –en función de su fuerza, más que de su voluntad– todas las grandes potencias han abusado de ese derecho, de por sí abusivo.
¿Cuál es la alternativa?
Habrá quien recuerde ahora una reflexión de Rabindranath Tagore que, en su tiempo, llegó a llenar incontables páginas de los libros de autoayuda: «Si lloras por haber perdido el sol, las lágrimas no te dejarán ver las estrellas». Por desgracia, no parece aplicable a este caso concreto. ¿Cuáles son las estrellas que deberían consolarnos de nuestra pérdida? ¿Las de la bandera norteamericana, a la que Trump trata desesperadamente de añadir alguna más sin otro propósito que el de adornar su legado?
Trump, siempre Trump, presenta estos días su Junta de Paz, un hipotético reemplazo para la ONU en el que él no solo tendría derecho de veto sino la Presidencia perpetua. Trump, con su propia moralidad como guía. La moralidad de alguien que ha sido hallado culpable de comprar el silencio de una prostituta con fondos electorales. La moralidad de alguien a quien hemos oído pedir al secretario de Estado de Georgia, compañero de partido y responsable de certificar los resultados en su circunscripción, que le «encontrara» los 11.000 votos que le faltaban para imponerse a Biden en las elecciones de 2020.
La Junta de Paz, como la mayoría de los proyectos del presidente Trump, va a fracasar. No del todo en la franja de Gaza, pero sí en su ridículo empeño de sustituir a la ONU. Sin embargo, la alternativa es el vacío. Nos esperan largos años en los que solo podremos confiar en nosotros mismos y en nuestra capacidad disuasoria. Solos y vulnerables o, preferiblemente, en compañía de quienes se vean en una situación parecida a la nuestra.
Nos esperan largos años en los que solo podremos confiar en nosotros mismos y en nuestra capacidad disuasoria
Ciegos ante esta realidad, todavía hay en España quienes verían complacidos que Donald Trump nos presidiera en sus ratos libres, como dice hacerlo en Venezuela. Muchos de ellos, sin embargo, desprecian a Ábalos y Koldo por sus líos con prostitutas y reprochan a la camarilla Cerdán la presunta manipulación de las primarias del PSOE. ¿Cuál es la diferencia?
Seguramente, la perspectiva. Para la mayoría de los seres humanos, no es lo mismo nuestro becerro de oro que el de los demás. Y, mientras esa sea nuestra moralidad, ¿cómo podemos decir que somos mejores que el presidente Trump? ¿cómo podemos esperar que sobreviva más ley que la del embudo?