España y su defensa: no aprendemos
Yo no sé si el ministro de Exteriores se engaña o nos engaña. ¿No entiende su oficio el jefe de nuestra diplomacia o cree que somos nosotros quienes no estamos maduros para comprenderlo?
La Fuerza de Infantería de Marina FIMAR_RIII, desplegada en Rumanía, en el marco del Batallón Multinacional de la OTAN
Donald Trump quiere hacer grande a los Estados Unidos y nada como Groenlandia para cumplir ese objetivo. Lo mismo quiere Vladimir Putin para Rusia y, a falta de progresos reales en el frente, lo demuestra cada día matando ucranianos en sus casas, en sus calles y en sus trenes. Xi Jinping, por no ser menos, quiere engrandecer China y, aunque en Taiwán elige contenerse, no ocurre lo mismo en el mar de China Meridional. Solo los ignorantes –alguno he leído defender esa tesis– creen que el mar no se posee.
Quizá porque todo se contagia –y el mal más que ninguna otra cosa– las ansias de grandeza no se limitan a las superpotencias. Benjamin Netanyahu, sin ir más lejos, se da bastante maña para recuperar poco a poco, bocado a bocado, lo que él considera su tierra prometida. Más cerca de España, el rey Mohamed VI también sueña con el Gran Marruecos y, al menos en el Sáhara Occidental –siempre se empieza por lo más fácil– su Gobierno está consiguiendo hacer sus sueños realidad.
El mundo tiene el tamaño que tiene. Hay que estar ciego para no entender que cada pueblo que consigue un trozo mayor de la tarta, aunque sea lejos de España, empequeñece a los demás. Incluso en Europa, tanto tiempo de vacaciones estratégicas, la realidad se impone. La Unión despierta estos días de su letargo y reconoce que su apuesta por el llamado «poder blando» ha fracasado.
Las negociaciones sobre la guerra de Ucrania, hasta ahora inútiles para cualquier otra cosa, sirven para recordárnoslo cada día: aunque seamos los europeos quienes hoy pagamos la factura del apoyo a Kiev, aunque quizá mañana seamos el siguiente bocado de la tarta rusa –un dulce, por cierto, delicioso, que no quiero ser acusado de rusofobia– Trump y Putin ni siquiera nos invitan a sentarnos a la mesa donde, además de debatir el futuro de Ucrania, se da carta de naturaleza al orden bajo el que vivirán nuestros hijos. Y, como nos recordó en Davos Mark Carney, el primer ministro de Canadá, el que no está en la mesa está en el menú.
Presionados desde el este y desde el oeste, todos los líderes europeos empiezan a reconocer que nuestra razón se va a medir con la vara de nuestra fuerza; que nuestros argumentos no valen lo que las «cartas» de Trump o las botas de los soldados rusos; que nuestra voz no se va a escuchar sin el altavoz que da el poder militar. Todos se ocupan, algunos muy activamente, de explicar a la ciudadanía los riesgos que corremos y la necesidad de invertir en nuestra defensa. ¿Todos? No. Como en las historias de Astérix el galo, hay un rincón de Europa donde la realidad no consigue penetrar. Y ese es España.
De camino a Bruselas, nuestro ministro de Asuntos Exteriores acaba de declarar solemnemente la siguiente banalidad: «Más que nunca se tiene que afirmar nuestra defensa de los valores más básicos de la construcción europea que tienen un reflejo muy claro en la esfera internacional. El derecho internacional, los principios de la Carta de Naciones Unidas y sobre todo el rechazo del uso de la fuerza o de la amenaza del uso de la fuerza como un instrumento de la política exterior».
He sido educado para creer que la defensa nacional es cosa de todos. Por eso, evito en lo posible enredarme en los asuntos de la política de partidos. Cuando lo hago, como en estas líneas, crea el lector que escribiría lo mismo cualquiera que fuera el color del desafortunado ministro, que parece haberse inspirado en lugares comunes de hace una década en lugar de mirar por la ventana y ver cómo ha cambiado el mundo en los últimos cinco años. No fueron los principios de la Carta de la ONU los que obligaron a Trump a retirar la amenaza de emplear la fuerza para apoderarse de Groenlandia, sino el despliegue de un puñado de soldados de ocho naciones europeas entre las que nosotros nos escaqueamos. No son los valores básicos de la construcción europea los que van a parar a Putin en Ucrania, y nadie –salvo quizás el propio Albares– está pensando en el despliegue de abogados para dar garantías a Kiev en el improbable caso de un acuerdo de alto el fuego.
Yo no sé si el ministro se engaña o nos engaña. ¿No entiende su oficio el jefe de nuestra diplomacia o cree que somos nosotros quienes no estamos maduros para comprenderlo? Apuesto por lo segundo porque estoy convencido de que, además de confiar en sus derechos como ciudadano y en su rechazo firme, frontal y contundente al delito… el hombre cierra la puerta de su casa al salir. Puede que hasta con llave. Por eso pienso que, si prefiere no cerrar la nuestra, lo menos que podría hacer es explicarnos sus motivos.