Ser o no ser: Putin y la guerra del frío
Aprovechando que la atención del mundo se centra estos días en Irán, es justo reconocer que el Kremlin ha sabido salir del apuro tirando por la calle del medio, reconociendo la conversación pero restándole toda importancia
Un militar ucraniano del 33.er regimiento de asalto independiente en un lugar no revelado de la región de Zaporiyia
La petición que Donald Trump le ha hecho a Vladimir Putin de interrumpir los bombardeos de Kiev durante la ola de frío que estos días vive Ucrania debe de haber puesto al Kremlin en una posición difícil. En su fuero interno, el dictador ruso seguro que ha pensado que esas cosas no se le hacen a un amigo. ¿Cómo puede un criminal prometer que va a interrumpir crímenes que asegura que nunca ha cometido?
Es verdad que, durante los últimos cuatro años, el antiguo espía ha cambiado mucho de opinión. No vaya el lector a creer que eso solo ocurre en los EE.UU. o en España. A Putin no le importa asegurar que el Kremlin respeta el derecho internacional… pero que donde ponga la bota un soldado ruso, eso es Rusia. No le importa decir que la suya no es una guerra de conquista… pero que no terminará hasta que Ucrania le ceda los territorios que apetece. Sin embargo, hay una burra de la que nunca ha querido bajarse: la de que, a pesar de todas las evidencias que tenemos ante nuestros ojos, su Ejército no ataca objetivos civiles.
Aprovechando que la atención del mundo se centra estos días en Irán, es justo reconocer que el Kremlin ha sabido salir del apuro tirando por la calle del medio, reconociendo la conversación pero restándole toda importancia. Y es que nadie, ni siquiera Putin, quiere enfadar a Trump. Una pena que el magnate no aproveche toda esa energía, toda esa capacidad que tiene para hacer que pasen cosas en la esfera internacional, en beneficio de cualquier otra cosa que no sea su propia imagen.
Pero volvamos a Moscú, que de Washington ya estarán cansados los lectores. A mí, las mentiras del Kremlin casi siempre me divierten incluso más de lo que me irritan. En España, que me toca más cerca, me pasa al revés.
Hace unos días, el infame ministro Serguéi Lavrov –quién le ha visto y quién le ve– presumió orgulloso en una rueda de prensa de un logro histórico: «Por nuestra iniciativa, respaldada por el Grupo de Amigos en Defensa de la Carta de la ONU» –fundado hace cinco años por países del tenor de Argelia, Angola, Bielorrusia, Bolivia, Camboya, China, Cuba, Corea del Norte, Eritrea, Irán, Laos, Nicaragua, Rusia, la Siria de Al-Assad y la Venezuela de Maduro– «la Asamblea General declaró el Día Internacional de Lucha contra el Colonialismo». Y se quedó tan ancho. Solo le faltó cerrar su declaración con la pregunta que Chico Marx, disfrazado de Groucho, hacía en Sopa de Ganso: «¿A quién va a creer usted, a mí o a sus propios ojos?»
No sé qué pensará el rusoplanismo militante de los Amigos de la Carta de la ONU, y todavía menos lo que dirá sobre esta tregua que no es, en la guerra del frío que no existe. Aunque las filas del rusoplanismo, en su día prietas y combativas, también habrán sido diezmadas después de cuatro años de guerra y mentiras, alguno queda por ahí. Lo sé porque todavía me encuentro con personas que, después de algunas palabras amables sobre mis artículos en El Debate –la cortesía sigue siendo la norma en el mundo de la milicia– presumen de ser rusoplanistas. Mi respuesta, desgastada por el uso, siempre es la misma: si lo suyo es pecado, mejor que acudan a un sacerdote; si es ignorancia, se cura con facilidad leyendo la prensa rusa.
El abandono de Jersón
Y a eso vamos, a la prensa rusa. Allí, la consigna del Kremlin, que en el terreno de la información siempre persigue la cuadratura del círculo, no puede estar más clara: se prohíbe hablar de los bombardeos a las ciudades –el Ministerio solo reconoce ataques a la infraestructura de las Fuerzas Armadas de Ucrania– pero se anima a exagerar sus efectos. No hay día en el que no se llenen infinidad de páginas describiendo la miserable vida de los habitantes de Kiev, a los que algo –nada se dice sobre lo que puede haber sido– parece haberles dejado en pleno invierno sin luz, calefacción, agua corriente o alcantarillado.
No he encontrado estos días mejor ejemplo de esta contradicción que este breve artículo del Izvestia, cuyos titulares incluyo como copia de pantalla –por si algún rusoplanista quiere cuestionar su veracidad– pero que transcribo literalmente a continuación.
Captura de pantalla del artículo del medio ruso 'Izvestia'
Dice así el artículo en cuestión: El gobernador de la región de Jersón, Volodymyr Saldo –obviamente, el periódico se refiere al gobernador de la zona ocupada por Rusia– «declaró el 31 de enero que la vida en Jersón, bajo el control de las Fuerzas Armadas de Ucrania, se está volviendo más difícil y que la gente sigue abandonando la ciudad debido al régimen represivo de la administración ucraniana».
«La gente sigue yéndose porque vivir en una ciudad bajo control militar y con interrupciones en los servicios públicos se está volviendo cada vez más difícil, señaló Saldo en una entrevista con TASS».
«Según él, los habitantes locales deciden abandonar la ciudad debido a los problemas comunales y al régimen represivo de la administración ucraniana».
Hasta este párrafo, lo que hemos leído es, simplemente, propaganda de guerra. Todos los bandos de todas las contiendas demonizan al enemigo como parte de su esfuerzo bélico. Pero el Izvestia no lo deja ahí. Las consignas del Kremlin le obligan a añadir unas líneas más, que son las que convierten todo lo anterior en una payasada sin sentido:
«El 20 de enero, Saldo informó que solo un barrio de Jersón contaba con calefacción y agua corriente. Señaló que todos los demás barrios de Jersón sufrían cortes de electricidad repentinos y esporádicos. Mientras tanto, muchas viviendas no tiene calefacción; la gente se calienta como puede».
Lo dicho, ni una palabra de los bombardeos a las instalaciones que suministran electricidad o gas a las ciudades ucranianas. Ni la menor mención a la campaña que trata de rendir Ucrania por el frío. Sería confesar algo que habría sido hasta benigno en la Segunda Guerra Mundial, pero que desde 1977 constituye un crimen de guerra. Sin embargo –pensará el ecléctico espía convertido en dictador– ¡tampoco hay por qué renunciar a convencer a los lectores rusos de que el pueblo ucraniano no podrá resistir mucho más! En la guerra, la esperanza casi siempre vale más que la pólvora.
¿Cómo reciben los rusos estas noticias contradictorias? Imagino que bien. La mayoría está deseando que termine la guerra. ¿Y los rusoplanistas? Alguno habrá que, en su afán por alabar al dictador ruso, presuma de que su ídolo ha superado a un Shakespeare que sonaba a woke cuando se planteaba el dilema existencial de Hamlet. ¿Por qué tener que decidir si en la Rusia de Putin se puede ser y no ser a la vez?