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Aquilino Cayuela
AnálisisAquilino Cayuela

La guerra de Ucrania y la crisis de Europa

Europa está viviendo también un cambio político, en buena parte, fruto de esta guerra que nos afecta a todos. Los ciudadanos quieren cada vez más superar la crisis europea de los rígidos parámetros establecidos en la cúpula de la Unión Europea

Act. 24 feb. 2026 - 07:39

Europa fracturada

Una ilustración de una Europa fracturadaIA

Se cumplen ya cuatro años desde la invasión de Rusia sobre Ucrania. Esta guerra ha desbaratado ya las expectativas mundiales generadas en los últimos treinta años.

Un conflicto que muchos analistas anticiparon que sería breve y devastador para Kiev y ha resultado prolongado y costoso para ambas partes. La capacidad de Ucrania para defender su territorio, innovar militarmente y movilizar a Estados Unidos y los países europeos ha superado con creces la mayoría de las previsiones.

Por su parte, Rusia ha tenido un rendimiento militar distinto al esperado, pero ha regenerado sus fuerzas, mejorado sus tácticas con el tiempo y mantenido su economía a niveles que han sorprendido incluso a los observadores más perspicaces.

A medida que continúa la mayor guerra terrestre en Europa desde la Segunda Guerra Mundial, y con la incertidumbre de cualquier paz futura o incluso alto el fuego, ha arrastrado al continente a una sucesión de crisis inesperadas y crecientes.

La guerra en Ucrania ha sido una lección trágica y costosa sobre los conflictos del siglo XXI. Ambas partes han movilizado y remodelado sus sociedades, han atacado una serie de objetivos importantes y han sufrido pérdidas devastadoras. Los conflictos entre grandes potencias del futuro serían, sin duda, aún más destructivas.

La guerra en Ucrania ha sido una lección trágica y costosa sobre los conflictos del siglo XXI

La guerra ha sumido al conjunto de Europa occidental en una concatenación de crisis que afectan a su autonomía energética, a su autonomía de defensa y, lo que es más profundo a su propia identidad, a la misma identidad de la Unión Europea que como bien recordaba hace unos día el secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, debe replantearse seriamente:

«Estados Unidos y Europa –decía– formamos parte de una misma civilización: la civilización occidental. Estamos unidos por los lazos más profundos que pueden compartir las naciones, forjados por siglos de historia común, fe cristiana, cultura, patrimonio, lengua, ascendencia y los sacrificios que nuestros antepasados hicieron juntos por la civilización común que hemos heredado».

«Por eso –añadía Rubio– el presidente Trump exige seriedad y reciprocidad a nuestros amigos aquí en Europa. La razón, amigos míos, es porque nos importa profundamente. Creemos que Europa debe sobrevivir, porque las dos grandes guerras del siglo pasado nos sirven como recordatorio constante de que, en última instancia, nuestro destino está y siempre estará entrelazado con el suyo, porque sabemos sabemos que el destino de Europa nunca será irrelevante para nuestro propio destino».

Aseveraba que Estados Unidos está con Europa pero que solo «puede defender a sus aliados y socios con un nivel de riesgo aceptable, Estados Unidos reforzará su capacidad de disuasión al hacer que su intervención sea más creíble a los ojos de sus adversarios».

Por encima de todo, la invasión de Ucrania ha demostrado a Estados Unidos que necesita una nueva teoría de la victoria para las guerras en las que grandes potencias agresoras atacan a aliados o cuasi aliados de Estados Unidos. Solo vinculando amenazas creíbles, calibrando la escalada y gestionando las alianzas de la coalición podrán Washington y sus aliados prevalecer en guerras que siguen siendo limitadas en intensidad y alcance, pero que, no obstante, causan enormes pérdidas.

Pero, por encima de todo, ha mostrado a la Unión Europea que debe despertar del sueño. Sabemos hace tiempo que los propósitos de la Agenda 2030 son ya inviables, que no estábamos en el «fin de la historia», ni habíamos alcanzado el espejismo ilustrado de «la paz perpetua». Estos cuatro años nos despiertan del ensueño de un cúmulo de errores: La ONU no ha tenido respuesta ni papel en todo esto. Al mismo tiempo, no podemos anteponer un hipotético orden mundial a los intereses vitales de nuestros pueblos y nuestras naciones, se requiere de un mayor soberanismo por parte de las naciones y los pueblos.

Sabemos hace tiempo que los propósitos de la Agenda 2030 son ya inviables, que no estábamos en el «fin de la historia»

La gran inmigración es y sigue siendo una crisis, sin precedentes que está erosionando y desestabilizando las sociedades de todo Occidente. Ya no es viable un mundo sin fronteras, porque amenaza de forma inminente la cohesión de nuestras sociedades, la continuidad de nuestra cultura y el futuro de nuestras naciones.

La globalización fue una elección política consciente y una iniciativa económica que, ahora vemos que despojó a nuestras naciones de su riqueza, de su capacidad productiva y, con ello de su independencia. Algo particularmente sangrante en Europa occidental.

Europa se ha convertido, como defendía el canciller alemán, Friedrich Merz, también hace unos días, en un «continente sin cualidades» y mientras que Estados Unidos se está adaptando a esta nueva dinámica a un ritmo rápido, la Unión Europea sigue aparentemente bloqueada.

Por eso el canciller Merz llamaba a Alemania a «fortalecerse militar, política, económica y tecnológicamente», reduciendo así sus dependencias y frenando la proliferación de la burocracia y la regulación europeas.

Europa está viviendo también un cambio político, en buena parte, fruto de esta guerra que nos afecta a todos. Los ciudadanos quieren cada vez más superar la crisis europea de los rígidos parámetros establecidos en la cúpula de la Unión Europea.

Mientras no se supere el bucle ideológico y se destinen los recursos a atender la realidad de las personas de a pie, y mientras no recuperemos nuestro sentido de pertenencia de formar parte de una gran civilización, que tiene todas las razones para estar orgullosa de su historia, no podremos hacer frente a las crisis presentes y futuras.

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